António Lobo Antunes: silbar en la oscuridad
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António Lobo Antunes: silbar en la oscuridad

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Ante la reiterada pregunta ansiosa de sus padres sobre lo que haría de su vida, siempre respondió: “silbar en la oscuridad”. Magnífica definición del oficio de escribir.

Cuando se conoció la noticia de la muerte de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), el pasado 5 de marzo, tras varios años inmerso en el túnel de la demencia senil, recordé la novela Sostiene Pereira, del escritor italiano Antonio Tabucchi. En esta novela, situada en los años de la dictadura de Salazar en Portugal, Pereira, el protagonista, se debate con los obituarios fallidos que anticipadamente le encarga al refugiado político Monteiro Rossi para su periódico Lisboa. Con Lobo Antunes pasa algo similar: no hay necrología que valga porque el escritor portugués fue sembrando fragmentos dispersos de su propia oda fúnebre en sus más de cuarenta libros, principalmente novelas, casi todos ellos traducidos al español. 

En una crónica de finales de los años 1990 (cuyo título, António 56 ½, es un guiño a su edad en ese entonces), Antunes dejó uno de sus más precoces autorretratos fúnebres. “Se había jugado entero en el acto de escribir, sirviéndose de cada novela para corregir la anterior en busca del libro que no corregiría nunca, con tanta intensidad que no lograba acordarse de los acontecimientos que habían tenido lugar mientras las producía”. Los buenos escritores suelen ser escritores totales, en la manera como consagran cada parte de su tiempo y de su ser a su oficio. Desde 1979, cuando publicó sus primeros libros, Memoria de elefante y En el culo del mundo, Lobo Antunes llevó hasta el paroxismo esta idea de vivir exclusivamente para escribir. En otro de sus textos cuenta que, ante la reiterada pregunta ansiosa de sus padres sobre lo que haría de su vida, siempre respondió: “silbar en la oscuridad”. Magnífica definición del oficio de escribir. La crónica acaba así: “me apetece hacer de cada página un barquito de papel y dejarlo navegar por las zanjas con la esperanza de que otra mano las reciba como una especie de India adonde he llegado por azar, junto con el leve eco de un silbido en la oscuridad”. 

Foto: Penguin Libros

Un escritor bisagra

Tras haber estudiado medicina sin mucha convicción ni dedicación, Antunes fue movilizado a Angola entre 1968 y 1971 como médico de las Fuerzas Armadas portuguesas, que luchaban contra los movimientos independentistas africanos, en uno de los últimos conflictos coloniales del siglo XX. Después se especializó en psiquiatría y ejerció durante varios años en un hospital de Lisboa, sin dejar de escribir. Estas dos experiencias, el absurdo de una guerra injusta y las frágiles aristas del ser humano, constituyen los dos pilares de su escritura. En una perspectiva histórica, la obra de Lobo Antunes funciona como una bisagra entre el Portugal imperialista, que se derrumbó con la caída del régimen de Salazar tras la revolución de los claveles en 1974, y esa Europa que, con un Portugal que entró a destiempo en 1986, se confrontó a una descolonización cuya fractura aún es palpable en las sociedades contemporáneas. Como afirmó el ensayista Eduardo Lourenço, nadie como Lobo Antunes supo practicar, gracias a las posibilidades de la ficción, ese psicoanálisis visceral de todos los traumas históricos de la segunda mitad del siglo XX en Portugal.

En cuarenta años de carrera, Antonio Lobo Antunes construyó un universo ficcional único que sin duda transformó el arte de la novela. Su influencia en otros escritores no se limita a Portugal, sino que se extiende a todo el mundo. Tal vez las novelas del llamado ciclo polifónico de la década de 1990 (como El orden natural de las cosas, Manual de inquisidores y El esplendor de Portugal) sean aquellas que pasarán a la historia entre los libros más importantes del siglo XX, por la forma como conjugan la pluralidad de voces narrativas y la profusión de los recuerdos en una compleja estructura narrativa sinfónica (varias veces referida por el propio escritor). 

En sus últimas entrevistas, Antunes repitió hasta la saciedad la provocadora fórmula que iba adecuando según el contexto: “Nadie escribe como yo (tampoco yo)”. Puede que a ese hombre a la vez huraño, sensible, malcriado, soberbio y genial se le puedan reprochar muchas cosas. Pero la coherencia en su visión de la escritura no es una de ellas. Lobo Antunes llevó hasta las últimas consecuencias su propia idea de la literatura, ajeno a imperativos comerciales o tendencias literarias. De hecho, es curioso que siempre haya querido presentarse como un escritor alejado de sus contemporáneos, como un ovni sin genealogía, y que sobre todo haya disimulado cuidadosamente las muchas obras y autores que ejercieron alguna influencia en su manera de escribir. 

Es difícil resumir cuarenta años de escritura y tantos libros en unas pocas líneas. Pero, esquematizando el itinerario de la obra de Lobo Antunes, se destacan tres momentos capitales. Una primera etapa autobiográfica, centrada en la experiencia brutal de la guerra en África y en la crisis existencial de una consciencia huérfana que, mientras busca su propia voz literaria, “flota entre dos continentes en busca de un espacio donde anclar” (En el culo del mundo). Poco a poco, y visiblemente alimentado por las historias de la práctica psiquiátrica, la narración es ocupada por una multiplicidad de identidades y relatos que una entidad superior, unas veces visible y otras invisible (la mano que escribe), va orquestando en la trama. 

Finalmente, como en la obra de Pirandello, ante la invasión de esos personajes en busca de un autor, la escritura abandona progresivamente las balizas del hilo narrativo para dejarse llevar por la cohabitación de voces desprovistas de individualidad, pero con una fuerza poética notable, visiones que pululan en la conciencia de una mente cada vez más ajena al mundo real. Si se observa con atención, la progresión de la escritura de Lobo Antunes (tanto en la forma como en el contenido) es un fiel reflejo de su propia vida. En sus últimos libros sobresalen los temas de la pérdida de la memoria y de la finitud del tiempo, en un mundo que se desvanece ante los ojos de esas figuras espectrales, muchas veces marcadas por la enfermedad. 

Foto: Penguin Libros

El zahorí y la enfermedad de la escritura

¿Que la obra de Lobo Antunes es hermética? Ciertamente no es un camino de rosas, como de hecho acontece con Proust, Joyce y Faulkner, sólo para dar algunos ejemplos. Pero su complejidad no reside ni en la erudición (que la hay), ni en los temas que trata (sus personajes y situaciones son mayoritariamente prosaicos), sino en el pacto implícito que establece con su lector sobre la manera de agenciar las voces y los recuerdos, por más íntimos que estos sean. Quien no esté en disposición de adentrarse en las profundidades de la conciencia y de la memoria que esconden los traumas individuales y colectivos de la humanidad, efectivamente tendrá dificultad en seguir los trillos narrativos de sus libros. 

En una de sus crónicas más reveladoras, el escritor se define a sí mismo como un zahorí, esa figura con facultades para descubrir los manantiales subterráneos. Según Antunes, escribir sería entonces “caminar con la vara, buscando, hasta que la vara se inclina y anuncia /-Aquí / y entonces uno se detiene y cava. Y todo está, allí al fondo, esperando”. Naturalmente, mientras menos superficial sea esa materia bruta que el escritor luego moldeará con talento, más provechosa será la experiencia para los lectores que sepan ser pacientes en la oscuridad. “No estoy en el mundo para ayudar a mis admiradores a cruzar la calle”, dirá sin complejos en otro texto. Antunes tomó de Conrad la imagen de la gran literatura como una enfermedad. Si al comienzo la escritura es una experiencia de la dolencia, al final el lector no tiene más remedio que contagiarse a su vez: “Me gustaría que las novelas no estuviesen en las librerías al lado de las otras, sino apartadas y en una caja cerrada herméticamente, para no contagiar a las narraciones ajenas o a los lectores desprevenidos […] Y, una vez acabado el viaje / y cerrado el libro / convaleced”. En efecto, no es fácil salir indemne de un libro de Lobo Antunes. A veces, no se aguanta esa enfermedad y son necesarios remedios. Otras veces, se desarrollan anticuerpos y esa memoria inmunológica se prolonga durante varios libros. Pero puede aparecer otra variante y, ahí sí, hay que comenzar de nuevo. 

No Nobel

Desde hace ya varios años, la pregunta sobre por qué Lobo Antunes nunca obtuvo el premio Nobel de literatura se volvió un lugar común en el mundo de las letras. Desde que José Saramago fue el primer escritor portugués en recibir el prestigiado galardón, en 1998, cada año esta interrogación salía a flote. El propio Lobo Antunes se refirió en muchas ocasiones a este tema, con una mezcla de admiración, envidia, indiferencia o resignación, según el momento en que lo dijo. Independientemente de si lo merecía o no (todo premio es un acto subjetivo y no el resultado de cualquier tipo de in/justicia), lo cierto es que Lobo Antunes hizo de su obra su vida entera. Y viceversa. Ambidiestro, escribía a mano durante horas y días. Decía que las primeras versiones de sus libros, torrenciales y con una caligrafía ilegible, le eran dictadas por un ángel a su mano (izquierda). Las últimas versiones, “que la cabeza y la mano trabajan y trabajan con una paciencia de orfebre”, eran compuestas (con la mano derecha) en una letra gigantesca e infantil para enviarlas a las editoras. En 2002, le dijo a la periodista española María Luisa Blanco que “vivir es como escribir sin corregir”. António Lobo Antunes dedicó gran parte de su existencia a escribir y corregir un libro infinito, hasta que su cabeza ya no fuera de esta vida.

Acerca del autor

Felipe Cammaert
fcammaert@razonpublica.org | + posts

*Investigador en el Centro de Lenguas, Literaturas y Culturas (CLLC) de la Universidad de Aveiro (Portugal) y traductor literario.

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Felipe Cammaert

*Investigador en el Centro de Lenguas, Literaturas y Culturas (CLLC) de la Universidad de Aveiro (Portugal) y traductor literario.

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