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Antisionismo y antisemitismo no son lo mismo

Escrito por Pedro Valenzuela

Ahora que en todo el mundo se rechazan las acciones militares de Israel en Gaza, es importante distinguir bien entre el derecho internacional y el racismo antijudío. Piedad Córdoba y Antonio Caballero

Pedro Valenzuela*

Confusión de términos

El título de este artículo hace referencia a dos fenómenos diferentes.

  • Por antisemitismo debe entenderse el sentimiento de rechazo u odio hacia los judíos, sobre la base de una percepción estereotipada de esta comunidad, que puede tener expresiones retóricas o físicas.
  • Por antisionismo debe entenderse la oposición a la existencia de un Estado judío en la Palestina histórica.

El antisemitismo es mucho más antiguo que el antisionismo, dado que el movimiento sionista solo surgió a finales del siglo XIX en Europa Central y Oriental como reacción a los pogromos en la Rusia imperial y a las manifestaciones antisemitas en otros países europeos (como el caso Dreyfus en Francia).

Por antisemitismo debe entenderse el sentimiento de rechazo u odio hacia los judíos, sobre la base de una percepción estereotipada de esta comunidad, que puede tener expresiones retóricas o físicas. 

En años recientes el antisemitismo ha experimentado un renacimiento importante y ha adquirido expresiones violentas. El informe de 2013 de la Organización por la Seguridad y la Coperación Europea (OSCE) sobre crímenes de odio reporta amenazas, ataques físicos letales o que causan heridas, daño a propiedades de judíos (incluyendo el incendio de un supermercado kosher), grafitis, desecración de tumbas y atentados y vandalismo contra sinagogas y monumentos de conmemoración del Holocausto, incluyendo la pintada de esvásticas y esloganes asociados con el nazismo.

Con demasiada frecuencia, sectores sionistas califican de antisemita cualquier manifestación de oposición a Israel y sus políticas. Además de deslegitimar las críticas, despojándolas de cualquier peso moral, esta estrategia le permite a Israel evadir el debate y no afrontar su responsabilidad por crímenes contra los palestinos y por sus políticas violatorias de las normas internacionales.

Lo cierto es que no es antisemitismo oponerse a la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania o Jerusalén o a la construcción del muro y la bantustanización del territorio palestino.


Delegados del Primer Congreso Zionista en Basel,
Suiza, en 1897.
Foto: Wikimedia Commons

Tampoco lo es rechazar las operaciones militares en Gaza ni exigir de Israel el comportamiento exigido a otros Estados (por ejemplo, dar cumplimiento a las múltiples resoluciones aprobadas por Naciones Unidas o respetar el DIH en la conducción de las operaciones militares). Ni siquiera, en principio, puede considerarse antisemita la oposición a la existencia de un Estado “judío”.

El antisemitismo parece exacerbarse cada vez que se recrudece el conflicto entre palestinos e israelíes. Pero lo que era antes una posición asociada casi exclusivamente con sectores políticos de derecha (nazis, neonazis, Ku Klux Klan), es cada vez más evidente en sectores políticos de izquierda.

En diferentes fases del conflicto, incluyendo las ofensivas contra Gaza, buena parte de las críticas legítimas a las políticas de Israel van acompañadas de imágenes o afirmaciones abierta o veladamente antisemitas.

Notablemente, se reproducen estereotipos como la conspiración judía para controlar el mundo, se niega el Holocausto o se minimiza su magnitud, se da a entender que todos los judíos en Israel y otros países apoyan las decisiones del gobierno israelí y se reproducen acríticamente aseveraciones sobre el poder de los judíos como colectividad.

Lugares comunes falsos

El poder del “lobby judío” aparece continuamente en los comentarios contra la política de Israel. Sin embargo, este supuesto poder ha sido seriamente discutido por algunos de los críticos más severos de Israel.

– Noam Chomsky, por ejemplo, argumenta que las afirmaciones sobre su capacidad para determinar la política estadounidense en la región se basan en el uso “muy selectivo” de la evidencia y que buena parte de esa “evidencia” se reduce a afirmaciones infundadas.

El temor a ser señalados como insolidarios con el pueblo palestino o a ser acusados de cohonestar las acciones de Israel no debe hacernos claudicar en el rechazo a la promoción de cualquier forma de “racismo” o de discurso de odio.

-Por su parte, Norman Finkelstein considera “inconcebible” que la orientación fundamental de la política estadounidense hacia el Medio Oriente sería diferente si no existiera el lobby israelí, aunque reconoce que el cabildeo puede elevar el umbral para una intervención de Estados Unidos en el sentido, por ejemplo, de obligar a Israel a abandonar los territorios ocupados.

-Y el autor palestino Joseph Massad afirma que el lobby judío no es el principal responsable de las políticas estadounidenses hacia los palestinos y el mundo árabe.

Hasta donde tengo conocimiento, las expresiones físicas de antisemitismo no han sido corrientes en Colombia. Pero en rechazo a los recientes eventos en Gaza, sectores afines a la causa palestina han recurrido a manifestaciones antisemitas tomadas de otros contextos.

A través de las redes sociales he recibido, entre otras, la foto de una protesta en París donde un grupo con la bandera palestina rodea la base de una estatua decorada con la esvástica.

También una caricatura que muestra a un judío, representado según el esterotipo antisemita tradicional, celebrando el bombardeo de Gaza. Así como dos fotos donde mujeres con el rostro cubierto por velos portan carteles en los que se lee: “Los judíos no han aprendido. Necesitan la esvástiva más que nunca” y “Dios bendiga a Hitler”.

Otras expresiones son menos claras, pero el uso selectivo de la historia y las medias verdades dejan entrever un sesgo antisemita. Por ejemplo, en el artículo titulado “Del horror de Auschwitz al terror en Gaza”, Piedad Córdoba denuncia la complicidad del sionismo con el nazismo, sobre la base del  Acuerdo de Haavara que permitió la salida de varios miles de judíos alemanes hacia Palestina.

Pero este “acuerdo de transferencia” se firmó en agosto de 1933, es decir, apenas meses después de la llegada de los nazis al poder y mucho antes de que el régimen adoptara las políticas más represivas contra los judíos y, por supuesto, la decisión de exterminarlos físicamente.


Vandalismo nazi en el poblado de Châtelet en Bélgica.
Foto: Wikimedia commons

Y aunque se mantuvo hasta 1939, se trató de una estrategia para ayudar a judíos a escapar de la persecución en un momento en que los países europeos y Estados Unidos no tenían la política más generosa para acogerlos.

Por otro lado, en su afán por demostrar apoyo a la causa palestina, la autora ni siquiera menciona los hechos relacionados con el Gran Muftí de Jerusalén, el clérigo Suní al Husseini, que constituyen una muestra mucho más clara de colusión con el régimen nazi.

A falta de una discusión que la matice o explique claramente su significado, abiertamente antisemita resulta la siguiente afirmación del mismo artículo: “Nunca se imaginó el pueblo judío que después de ser perseguido por los nazis bajo su ideología de la raza suprema ellos también se convertirían en perseguidores de un pueblo adulando (sic) también la supremacía de su raza” (énfasis añadido).

Antes del Holocausto, el sionismo era un movimiento sumamente débil, particularmente en Europa Occidental y mucho más entre los judíos alemanes, y la mayoría de judíos europeos prefería emigrar a otras partes de Europa o de América antes que a Palestina. El Holocausto convenció a millones de judíos no sionistas o abiertamente antisionistas de que no había alternativa diferente a la del establecimiento de su propio Estado.

Pese a las advertencias de su autor, también es posible detectar este sesgo en la columna “Cúpula de hierro” de Antonio Caballero. En ella, el autor explica “el terco rechazo de los propios judíos a su asimilación con otros pueblos (…)” sobre la base de “(…) la convicción que tienen los judíos de ser un pueblo superior a los demás, elegido por Dios”. 

El autor pasa por alto algunos hechos importantes. Por ejemplo, que en buena parte de Europa los judíos eran obligados a vivir en sitios específicamente señalados para ello, mucho antes de que los nazis decidieran crear guetos en distintas ciudades europeas. O que únicamente se les permitía el ejercicio de ciertas profesiones y que sus derechos ciudadanos solo empezaron a reconocerse plenamente después de la Revolución francesa, en un proceso lento y nunca acabado.

En Alemania, por ejemplo, su emancipación se reconoció en 1871, mientras que en otros países (España, Portugal, Rusia y Rumania) solo se alcanzó en el siglo XX. Por supuesto, la emancipación no significó el fin de la discriminación, y el antisemitismo encontró en la seudo ciencia que reeemplazó el criterio religioso por el criterio biológico una nueva justificación.

Es decir, que la no asimilación no se debió exclusivamente a la “terquedad” de los judíos, sino también a la renuencia de los pueblos europeos cristianos a asociarse con ellos. Por otro lado, debe recordarse que la población judía más asimilada de Europa vivía precisamente en Alemania en la época de ascenso del nazismo.

¿Críticas a Israel o racismo?

No es nada fácil, como me ha quedado absolutamente claro estos días, oponerse a las expresiones antisemitas cuando aún permanecen frescas las huellas de destrucción y muerte de la ofensiva israelí en Gaza.

Pero el temor a ser señalados como insolidarios con el pueblo palestino o a ser acusados de cohonestar las acciones de Israel no debe hacernos claudicar en el rechazo a la promoción de cualquier forma de “racismo” o de discurso de odio.

La conducta del gobierno israelí no nos exime de condenar expresiones antisemitas con la excusa de que de esta manera se le hace el juego a Israel. Las críticas a Israel deben formularse de tal manera que no generen la aceptación social del antisemitismo y de potenciales perpetradores de violencia contra judíos por el hecho de serlo.

La circulación de fotos o de cualquier tipo de expresión antisemita, o la participación en marchas de solidaridad en las que se corea “Hamas, Hamas, todos los judíos a las cámaras de gas” (“Hamás, Hamás, y todos los judíos a los hornos”), como en Holanda, deben reconocerse como lo que son: muestras de permisividad con el antisemitismo y de indiferencia moral.​

 

 *Profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana.

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