Amos Oz. Versos de vida y muerte (novela) - Razón Pública
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Amos Oz. Versos de vida y muerte (novela)

Escrito por Fernando Urueta

Versos de vida y muerte, la más reciente novela del escritor israelí Amos Oz (Jerusalén, 1939), se publicó en hebreo en el 2007.

Fernando Urueta

En el 2008 fue traducida al español y al francés, y en el 2009, al inglés y al alemán. Aunque Oz ha ganado un importante reconocimiento dentro y fuera de su país, sobre todo por su postura en el conflicto palestino-israelí, este libro ha suscitado muy poco interés en comparación con Una historia de amor y oscuridad, su obra más autobiográfica y quizá también más política. La falta de interés por Versos de vida y muerte puede deberse, justamente, a que no cumple las expectativas políticas que genera cada nuevo libro de Oz.

Esta breve novela sondea la gestación de una historia en la mente de un escritor. Al mismo tiempo, pero en otro plano, sus características formales le permiten al lector rastrear las circunstancias de la escritura. Con no poca razón se ha dicho que este libro es la poética del escritor israelí. Unas palabras de Oz en "Sobre el goce de escribir y el compromiso" (2002) podrían servir como epígrafe del libro: "En aquellos casos -muy frecuentes- en que oigo más de una voz dentro de mí sobre algún tema, en que puedo ver más de una, en ocasiones más de dos perspectivas, en que puedo oír una pequeña discusión dentro de mí, comprendo que estoy embarazado de una historia. Y al decir embarazado de una historia o una novela tengo que añadir de inmediato que en ella se producen muchos más abortos provocados y espontáneos que alumbramientos". El tema de esta novela es, precisamente, un escritor embarazado de una historia. Sus rasgos formales aluden a los abortos y alumbramientos en que, a la hora de escribir, se resuelve ese embarazo.

El autor, protagonista sin nombre de Versos de vida y muerte, es un escritor famoso de cuarenta y tantos años. La narración lo encuentra en una calurosa tarde de verano en Tel Aviv, a comienzos de los años ochenta, justo en el momento en que se dirige a una velada literaria en la que se hablará sobre su último libro, y lo deja en su casa en la madrugada del día siguiente. Esa única noche en que transcurre la novela se le va imaginando historias sobre las personas con que se cruza, primero en un café mientras mata el tiempo antes de la velada literaria, luego en el centro cultural y más tarde deambulando por las calles de la ciudad. Esas historias surgen de una mirada a sus caras, a sus gestos, a sus ropas; de una frase o un fragmento de frase escuchados al azar: pequeñas puntadas que sirven para coser vidas enteras. La narración oscila entre la gestación de estas historias en la mente del autor y la narración de los acontecimientos de la noche. Poco a poco, sin embargo, las historias que él sueña se superponen a su propia historia. Las últimas veinte o treinta páginas del libro no vemos qué hace el autor más allá de ampliar y corregir mentalmente la descripción, la caracterización y las relaciones de los personajes que ha creado.

El libro termina antes de que el autor se enfrente a la hoja en blanco, de modo que no sabemos cómo se resuelve su embarazo. Pero la forma del libro sí alude al proceso de escritura. De hecho, Versos de vida y muerte es una novela en proceso. Que el libro no pase de las ciento veinte páginas, que la narración se divida en fragmentos y que el protagonista tenga un nombre genérico, como a la espera de hallar uno propio, son algunos indicios de esto. Los cambios en el tiempo verbal de la narración son huellas del estado más o menos inacabado de la escritura: en muchos pasajes se narra en futuro ("el autor se sentará en un pequeño café", "el autor propondrá a Ruhele Reznick acompañarla hasta su casa") para generar la impresión de que la redacción es provisional, algo así como anotaciones aún por desarrollar. Ciertos giros con los que se abrevian palabras o pensamientos del personaje del autor, como "etcétera, etcétera" o "y todo eso…", le imprimen a la escritura el matiz de un apunte (aunque esos giros son, al mismo tiempo, signos de la ironía del narrador con respecto al personaje).

El carácter inconcluso de la forma es muy claro a mitad de la novela. Tras la velada, el autor deja a Ruhele Reznick (la mujer encargada de leer fragmentos del nuevo libro durante la presentación) en la puerta de su edificio. Camina un rato por las calles vecinas y, de repente, a media noche, vuelve sobre sus pasos. Entra al edificio, pero antes de subir escucha ruidos, así que huye y termina deambulando nuevamente por las calles. O tal vez se empeñe en subir hasta el piso de Ruhele, e incluso pegue la oreja a la puerta y tantee el picaporte. La puerta está cerrada y no se escucha nada. Pero también es posible que mientras agarra el picaporte le llegue un ruido desde dentro, huya despavorido, sortee las escaleras de dos en dos, se estrelle contra un armario y caiga con gran estrépito a los pies de un vecino, que tal vez lo reconozca por las fotografías en los periódicos. O quizá el autor no huya al oír ese ruido, sino que se quede petrificado y al cabo de un rato deslice una nota por debajo de la puerta. O tal vez, justo cuando el autor está por escapar, Ruhele abra la puerta porque ha notado el movimiento del picaporte y a pesar del miedo ha echado un vistazo por la mirilla y cuando ha visto quién era ha abierto enseguida. (Lo que sucede inmediatamente después, el tragicómico enredo erótico entre el autor y Ruhele, narrado desde ambos puntos de vista, es una de las mejores partes del libro.)

Los pasos en falso del personaje son pasos en falso del narrador. El personaje parece no querer dejar que moldeen su historia; el narrador parece dudar sobre cuáles alternativas debe desechar y cuál camino debe seguir el relato. Tras unas páginas de desconcierto, la narración retoma el curso normal. Pero queda la sensación de que el libro ha ido tomando forma, no en una sucesión ordenada, sino como un rompecabezas que el narrador compone dándole un poco de forma a los bordes, uniendo algunas fichas por allí, dejando sueltas otras que deben ir por allá, armando las figuras del primer plano… El autor describe esto comparando su trabajo con el de un fotógrafo: "Tal vez sea así: escribes sobre ellos", los desconocidos con los que se cruza, "como un fotógrafo de la época de las fotografías en sepia, un fotógrafo de reuniones familiares. Vas y vienes entre los personajes, charlas con todos, confraternizas, gastas bromas, les apremias a que se coloquen de una vez en sus sitios, sitúas a los altos de pie formando un semicírculo, delante haces sentar a los bajos, a las mujeres y a los niños, reduces los espacios que los separan, juntas una cabeza a otra, pasas dos o tres veces entre las filas y con habilidad vas estirando un cuello, el pico de una camisa, los pliegues de algunas mangas, las cintas de unas trenzas, te retiras hacia detrás de tu cámara, que está dispuesta sobre un trípode, metes la cabeza en la manga negra, cierras los ojos, cuentas en voz alta hasta tres, aprietas por fin el botón y así conviertes a todos en espectros (el único que no ha obedecido es el gato gris de Miriam de Nehorait, se ha negado a quedarse petrificado en su sitio, quizás ha olido la presencia de Joselito, por eso se ha quedado atrapado para siempre en una esquina de la foto con tres o cuatro rabos. Lizaveta Kunitzin ha pestañeado y ha salido con los ojos guiñados. La calva del colaboracionista, el señor León, devuelve una especie de brillo enfermizo. El joven poeta Yuval Dahán se ha olvidado de sonreír, pero Charlie sonríe con todas sus fuerzas, Ruhele Reznick dirige la mirada hacia la punta de sus zapatos, y Lusi, la dama de honor de la reina de los mares, muestra un ligero y encantador estrabismo en su ojo izquierdo)".

La imagen de la fotografía ayuda a entender que la narración no toma forma en una sucesión ordenada, que el narrador debe ir tanteando aquí y allá, corrigiendo, modificando, y que lo que escribe no está del todo en sus manos: los personajes no son completamente moldeables, porque tienen más o menos vida propia. El símil también alude a la distancia del narrador con respecto a sus personajes. Cuando era joven, así lo recuerda el autor, vertía en el papel las historias tal y como las soñaba: con una mezcla de emoción y desespero. Y sentía una enorme curiosidad por "comprender por qué las personas se hacen unas a otras, y a sí mismas, cosas que no pretendían hacer". El ansia de comprender a los demás es incansable en el autor, pero con los años se ha apoderado de él un temor físico al contacto real con extraños: "hasta un ligero roce casual lo atemoriza. Hasta el contacto de una mano extraña en el hombro. Hasta la necesidad de respirar el aire que quizás ha estado antes en los pulmones de otros". Por eso, aunque siente vergüenza de mirar a las personas como si solo existiesen para que él las utilice en sus relatos, las sigue mirando. Sin embargo, ahora las ve a cierta distancia, con la cabeza metida en la anticuada manga de la máquina de fotos, y escribe sobre ellas para tocarlas sin ser tocado y para que ellas lo toquen sin que lo toquen en realidad.

El autor le aconseja esta distancia, que cabría llamar ironía, al joven poeta Yuval Dahán, uno de los personajes que ha forjado mentalmente durante la velada literaria. Imagina que Yuval le envía una muestra de poemas y luego imagina cuál sería su respuesta: "He leído tus poemas con interés y he encontrado en ellos mucha seriedad, originalidad, frescura lingüística, pero ante todo debes refrenar el exceso de emoción y escribir poemas desde una cierta distancia. Escribir como si tú, el hombre que escribe los poemas, y tú, el joven que sufre, no fueseis una sola persona sino dos personas distintas, y como si el hombre que escribe mirara al joven que sufre con una mirada fría, distante, y también algo divertida. Podrías intentar escribir, por ejemplo, como si hubiese cien años entre tú y él, es decir, entre el hombre que está en el poema y el hombre que escribe el poema, entre lo que le duele a él y el tiempo de su escritura". Algo parecido ha hecho Oz en este libro. Ha escrito como si él, el hombre que escribe Versos de vida y muerte, y él, el escritor que goza y padece la imaginación y la escritura, no fuesen la misma persona sino dos personas distintas; como si de verdad hubiera un cuarto de siglo entre él y él, es decir, entre el escritor de cuarenta y pico que aparece en la novela y el hombre de setenta que la escribe. El resultado es una divertida historia sobre la manía imaginativa de un escritor y una sugestiva reflexión sobre la escritura.

 

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