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Acoso sexual en Colombia: mitos y malentendidos

Escrito por Mauricio Rubio
Jorge Armando Otálora, ex-Defensor del pueblo.

Jorge Armando Otálora, ex-Defensor del pueblo.

Mauricio-Rubio-Razonpublica.jpg - 4.35 kBNo prosperó la denuncia de Astrid Cristancho contra su jefe, el entonces Defensor del Pueblo. ¿Tomó la Corte la decisión correcta?, ¿qué entendemos en Colombia por acoso sexual?

Mauricio Rubio*

Los hechos

En enero de 2016, Jorge Armando Otálora, defensor del pueblo, renunció a su cargo tras una columna en la que Daniel Coronell lo acusaba de acoso sexual contra Astrid Cristancho, su secretaria privada.

Cristancho hubiese podido liderar el #MeToo en Colombia. Pero su actuación ante la justicia, reforzada con un verdugo privado, fue infundada: a esa conclusión llegó la Corte Suprema de Justicia al precluír una “exhaustiva indagación preliminar” contra Otálora; aceptó que era gritón y malhablado, pero no acosador sexual. Armada de activismo tardío, la demandante pretendía “ponerle límites al abuso de poder y a la violencia sexual contra las mujeres”. Como era previsible, la demanda no prosperó.

Cristancho conoció a Otálora cuando era profesor universitario, siete años antes de trabajar juntos. Según ella, desde que le dio su número de teléfono empezaron las llamadas “groseras, obscenas y fastidiosas”. Viajó a Inglaterra y al volver supo que su contacto, recién nombrado defensor del pueblo, necesitaba secretaria privada.

Pese a lo sucedido anteriormente, “con todas sus prevenciones” solicitó y obtuvo el cargo. Paralelamente, inició una relación amorosa, con invitaciones del nuevo jefe que al principio rechazaba pero que luego aceptó. Esperaba que así “él dejará de agredirla con su comportamiento ácido y ofensivo”; cedió a las propuestas por “instinto de conservación”.

“Hay muchas más mujeres que son víctimas de los hombres que al revés, pero también hay verdugos-mujeres y arpías de todo tipo”.

Para manejar la situación, y congraciarse con su superior, “trató de convencerse a sí misma y a los demás de su admiración por él, aparentando una relación”. El primer encuentro sexual, que ella recuerda “tenuemente”, fue en el apartamento de él, luego de compartir un vino y besarlo “más por pesar que por afecto”. Con el tiempo las cosas se decantaron.

Los chats entre ellos, más de tres mil, muestran que viajaban y se las arreglaban para estar juntos. “Ven y nos arrunchamos… Estoy en mi habitación, déjame la puerta abierta, ya voy”. La denunciante recordó una estadía en Puerto Rico en la que quedó “complacida en su intimidad”. A pesar del recio carácter de Otálora, en otros viajes se sintió “halagada y realizada como mujer”.

Lo visitaba frecuentemente en su casa, a veces hasta el amanecer. El vínculo afectivo lo confirmaron todos los testigos. Nadie corroboró la versión del acoso sexual. Personas tan distintas como la empleada doméstica de Otálora, el responsable de su seguridad o el dueño de un restaurante que frecuentaban ratifican que eran pareja.

Otro indicio del romance son los celos, la “animadversión con toda mujer bonita que se acercara al defensor”. En un viaje revisó su celular y se molestó por otras relaciones de su jefe. Tal vez esa misma desconfianza la hizo aparecer como maltratadora dentro de la institución.

El detonante de la renuncia habría sido la negativa de Otálora a que ella se fuera a estudiar en Suiza con licencia no remunerada. Hubo pataleta con retaliación. Un testigo anota que Cristancho le preguntó “si no tenía amigos en el Congreso para hacerle alguna jugada política y sacarlo”. Otra colega cuenta que desde antes de su renuncia ella “vaticinaba un escándalo que envolvería al defensor”; su estrecha relación con los medios, y en particular con el poderoso columnista que precipitó la caída sigue siendo opaca.

Un argumento contundente a favor de Otálora es que, a pesar del escándalo y de su trayectoria en la alta burocracia, no han aparecido otras mujeres acusándolo. La indagación preliminar precluyó sin víctimas adicionales. La implacable lógica del #MeToo, “al caído caerle”, no operó.

‘Feminismo’ sin matices

Ícono de la campaña #Metoo.
Ícono de la campaña #Metoo.
Foto: TVO.org

En 2016 Cristancho afirmó compungida en una entrevista  que había más mujeres acosadas por el defensor. Todas negaron ante la justicia la acusación.

La denunciante y su abogada distorsionaron la evidencia y sólo vieron en Otálora al macho caricaturesco que acosa subordinadas. Para ellas, la providencia de la Corte carece de enfoque de género, seguramente entendido como esa aproximación simplista que considera a la mujer siempre sometida e inocente.

Le interesa: Feminismo, víctimas e inocencia.

Contra esa falacia, generalista y contraevidente, la filósofa y feminista francesa Elizabeth Badinter replica: “hay muchas más mujeres que son víctimas de los hombres que al revés, pero también hay verdugos-mujeres y arpías de todo tipo”.

La providencia de la Corte no deja dudas sobre la sagacidad, vileza y mala fe de la supuesta víctima. La entrevista reciente que le hizo su zar mediático protector es de antología: tanto del periodismo investigativo como del feminismo posverdad.

Ya es común dar por descontado que en cualquier conflicto de género la fémina es víctima total, sin matices; se niega de plano la posibilidad de mujeres manipuladoras. Esta pretensión desafía el sentido común, la historia de la humanidad y alguna evidencia disponible. En el 2015 hicimos en el Externado una encuesta a más de 800 estudiantes de varias universidades bogotanas. A la pregunta “¿cree usted que algunas alumnas utilizan sus encantos para obtener buenas notas?”, uno de cada cinco hombres y una de cada tres mujeres respondieron que esa situación ocurría con mucha frecuencia. Tan sólo el 12 por ciento afirmó que esto nunca sucedía.

Mujeres manipuladoras

La encuesta también indagó por el conocimiento personal de casos en los que existiera la firme sospecha de esa práctica. Los rumores parecen pesar bastante, pero las cifras son tercas: 14 por ciento de los encuestados sabían de muchos casos; el 60 por ciento conocía por lo menos uno. Además, hay una alta correlación de este tráfico de notas con las relaciones afectivas o sexuales entre profesores y alumnas. 

En síntesis, los atajos extracurriculares para mejorar calificaciones en la universidad no son simple leyenda. Sería ingenuo suponer que tales costumbres no vienen desde el colegio, o que no se utilizan después en el mercado laboral, como hizo Astrid Cristancho: sus ardides los reconoció ella misma ante la justicia.

Esa turbia dinámica ayudaría a explicar el limitado alcance del #MeToo en Colombia. Así sean poquísimas, las mujeres trepadoras logran enredar y hacer difusa la frontera de las estrategias válidas para mejorar notas o alcanzar ascensos laborales. La confusión en la universidad la consolida el ritual, común en algunas facultades, del cambio de atuendo femenino para presentar exámenes orales: el escote baja, la falda sube. Esa taimada, peculiar y bien establecida variante del acoso, sumada a la percepción de que cualquier norma sexual es represión retrógrada, también permitiría dar cuenta del sorprendentemente bajo reporte de acoso sexual laboral que arroja la última Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS).

Una de cada seis encuestadas dijo haber sido acosadas alguna vez, pero tan sólo 4 por ciento de ellas lo fueron en el lugar de trabajo, contra 40 por ciento en el hogar, 26 por ciento en la calle y 11 por ciento en el transporte público. Así, menos del 1 por ciento de las colombianas habrían sufrido acoso en su trabajo. Es la primera vez que me resisto a creer, por inverosímil, un dato de la ENDS: conozco por referencia directa una decena de casos y el número de mis amigas está bien lejos de mil.

Acosos ocultos

Acoso.
Acoso.  
Foto: Acoso-Pixabay

Fuera de destacar la importancia de recoger información precisa sobre este nubarrón del mercado laboral, planteo unas conjeturas sobre por qué es algo tan poco visible en Colombia.

La primera es que, a cualquier víctima de violación por el padrastro o el tío, le deben parecer un simple juego los piropos, insinuaciones o toqueteos del jefe.

Si las colombianas que trabajan se dividen en los bandos tradicionales –derecha, centro e izquierda– otra especulación es que las primeras, educadas con valores conservadores y religiosos, evitarían el acoso a la más mínima insinuación, incluso antes, con una actitud recatada y arisca. Las de centro e izquierda serían intolerantes, incorruptibles.

Algunas progresistas, por el contrario, apenas estarían empezando a distinguir el acoso sexual de las confiancitas del compañero jefe, un tipo chévere y liberado. Hay testimonios del #MeToo que muestran esa confusión. Además, al insistir que las mujeres nunca yerran, que no tienen por qué enfrentar adversarios en un juicio, que los abusos masculinos son una tara cultural y que la autoridad –policiva y judicial–es aliada del capitalismo explotador, el feminismo de estirpe marxista desprestigió las denuncias, los procesos que revictimizan y las sanciones penales por represivas. 

Ya es común dar por descontado que en cualquier conflicto de género la fémina es víctima total, sin matices;

La imperdonable indiferencia ante las acusaciones de las reinsertadas de la Rosa Blanca recuerda que la disonancia ante el acoso es aguda, y está inmersa en el clasismo: un pornoselfi de Otálora en una hamaca generó mayor rechazo que los detalles sobre reclutamiento de niñas para los comandantes, violaciones y abortos forzados en la selva. Si la paz con las FARC justifica silenciar crímenes sexuales, ¿para qué importunar la rutina de oficina por los hostigamientos de un manilargo? Imposible pretender que semejante enredo mental no corroa el ánimo de denunciar.

Puede leer: La guerra inscrita en los cuerpos de las mujeres

La actitud vacilante de Cristancho refleja ambigüedad ideológica, falta de principios y franca incapacidad para definir los límites de la liberación sexual al impulsar una carrera. Únicamente el feminismo progre podía ofrecerle la esperanza de transitar sin obstáculos de reina de belleza a profesional astuta para terminar acosada por su jefe novio y, encima, activista. La militancia tiende a transformar cualquier diagnóstico en una ideología rígida, simplista, incapaz de enfrentar dilemas. Contradicciones como una mujer manipuladora se evaden silenciándolas. Por eso las hordas que clamaron por el linchamiento del defensor en 2016 han callado tras el fallo que niega el acoso, sin siquiera pedirle disculpas al damnificado.

A Astrid Cristancho le salió el tiro por la culata, no solo por incongruente sino por ingenua. Hasta una denuncia honesta hubiese tenido dificultades para avanzar ante una justicia plagada de magistrados que dictan cátedra en facultades en donde las alumnas presentan exámenes finales con atuendo especial, adaptado al gusto del profe. Contra esa colombianísima tradición no bastan un Coronell y unas barras bravas: se requieren víctimas reales aliadas, y entender la mecánica del #MeToo.

*Economista y sociólogo, investigador de la Universidad Externado de Colombia y columnista de El Espectador.  Intereses: Asuntos de pareja, feminismo, LGBT, justicia, prostitución. @mauriciorubiop1

 

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