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Aciertos y desaciertos sobre las disidencias de las FARC

Escrito por Frédéric Massé
Implementación acuerdo de paz 2020

Frederic_Masse_Razon_Publica¿Será verdad que quienes no entregaron las armas o volvieron a empuñarlas son criminales sin ideologías?

 Frédéric Massé*

Interpretaciones sesgadas

El filósofo francés Henri Bergson escribió: “De diez errores políticos, hay nueve que simplemente consisten en creer que lo que ha dejado de ser cierto sigue siendo cierto. Pero el décimo, que es probablemente el más grave, consiste en dejar de creer cierto lo que, sin embargo, lo es todavía”.

Algo parecido está ocurriendo con las FARC: durante muchos años, esta guerrilla fue romantizada por unos y satanizada por otros. Mientras que los primeros la veían como una especie de Robin Hood colombiano al servicio de los pobres, los segundos la reducían a un grupo narcoterrorista codicioso, que había renunciado por completo a su ideología política. El proceso de paz hizo que sus valores políticos recobraran importancia, pero también que las alusiones a sus negocios sucios fueran interpretadas como un ataque a la paz.

Actualmente, si bien algunos informes intentaron abrir el debate sobre su naturaleza y denominación (ver por ejemplo el informe 30 de la FIP de octubre de 2018, o el informe 40 de International Crisis Group sobre América Latina), el segundo sesgo prevalece en muchas declaraciones e informes que describen a las disidencias de las FARC como simples bandas criminales motivadas exclusivamente por el lucro. Así pues, mientras que durante las negociaciones de paz era políticamente incorrecto recriminar a las FARC por haber perdido parte de su ideología y caído en actividades criminales, en nuestros días, lo políticamente correcto es afirmar que los que se salieron del proceso de paz son criminales irredentos que no tienen ideología alguna. En otras palabras, el sesgo cambió, pero no desapareció.

¿Cómo explicar el sesgo actual?

Para comprender el sesgo actual, es importante recordar que la desmovilización de los grupos paramilitares abrió el debate en torno al carácter político y antisubversivo de los grupos herederos de los grupos paramilitares: mientras que unos sostenían que esos neoparamilitares eran iguales que sus antecesores, otros decían que su razón de ser había cambiado drásticamente y, por ende, ya no eran grupos paramilitares en el sentido etimológico de la palabra.

Así mismo, es importante recordar que los primeros comandantes de las FARC que se declararon en contra de los acuerdos provenían de frentes guerrilleros involucrados en el narcotráfico, por lo cual no era descabellado pensar que, tras la firma del tratado, seguirían envueltos en ese negocio.

A mi modo de ver, el anuncio de Iván Márquez, Jesús Santrich, el Paisa, Romaña y otros cabecillas de las FARC de retomar las armas justificaba volver a abrir el debate sobre sus motivaciones ideológicas. Sin embargo, la opinión pública dio por sentado que todos ellos no eran más que unos bandidos mentirosos guiados por el dinero y el interés personal a pesar de que unos meses atrás daban fe de su genuina redención a favor de la paz. Puede ser… Pero esa explicación no es completamente satisfactoria.

Márquez y Santrich

Foto: Facebook Iván Márquez
Aunque se ha dicho que las intenciones de Márquez y Santrich de no continuar con el acuerdo de paz se deben a intereses económicos, podrá haber una razón política?

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¿Y las motivaciones políticas?

¿Qué diferencia hay entre el Iván Márquez que se unió a la lucha armada a finales de los años 80 y el Iván Márquez que, después de participar activamente en las recientes negociaciones de paz, decidió volver al monte? ¿Y qué hay de aquellos comandantes guerrilleros que se apartaron del proceso apenas firmados los acuerdos de paz o inclusive antes de su firma? ¿Será que personajes como alias Iván Mordisco, Julián Chollo, Gentil Duarte, Grannobles, Euclides Mora y John 40 cambiaron de opinión a medida que avanzaban las negociaciones? Aunque es posible que algunos hayan retomado las armas para escapar de la justicia, no hay que descartar las razones políticas de tajo.

En nuestros días, lo políticamente correcto es afirmar que los que se salieron del proceso de paz son criminales irredentos que no tienen ideología alguna.

Según ellos, el Estado traicionó el Acuerdo y, por eso, “se vieron empujados a retomar el camino del legítimo derecho a la rebelión armada”. Afirmaciones como esas son comunes en la historia de los conflictos armados y de los procesos de paz. De hecho, en Colombia, muchos de los actos fundacionales de los movimientos guerrilleros ocurrieron después de una supuesta traición: Marquetalia, la UP y el bombardeo de Casa Verde son algunos ejemplos.

Aunque el discurso puede sonar trillado, sería un error no verlo más allá de la retórica, pues las frustraciones y los rencores que engendran las traiciones suelen convertirse en convicciones. Recordemos, por ejemplo, las palabras de Gentil Duarte en su carta a alias Guacho del 2 de noviembre de 2011, invitándolo a “mantener en alto las banderas que dejaron los camaradas Manuel Marulanda, Jacobo Arenas, Alfonso Cano, y Jorge Briceño y a seguir forjando el auténtico ejército revolucionario de las FARC-EP (…) en defensa de los intereses de todos los desposeídos de este glorioso pueblo de Colombia y a cosechar los mejores éxitos en contra de este maldito régimen”.

Esa postura se veía venir, pues existe un dilema bien conocido en las negociaciones de paz: o las partes intentan obtener el máximo de sus reivindicaciones en el acuerdo o buscan negociar garantías para que las reivindicaciones que no pudieron incluir en los acuerdos sean incluidas en la agenda parlamentaria o en la ejecutiva tanto a nivel nacional como a nivel regional. En Colombia, las FARC no obtuvieron ni lo uno ni lo otro y el Partido de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común no logró convencer a la gente de que, por la vía democrática y pacífica, lograría lo que no logró por la vía armada en las elecciones de 2017 ni en las de 2019.

Por otra parte, si bien desde el comienzo del proceso de paz, las FARC admitieron que no harían la revolución por decreto, muchos se quedaron con la duda de si seguirían pensando hacerla de forma pacífica o si realmente abandonarían la idea. A propósito, vale la pena recordar una frase que Jeff Goodwin y Theda Skocpol consignaron en Politics and Society hace ya 30 años: “La urna de votación puede no ser siempre el ataúd de la conciencia de clase…pero sí ha demostrado ser el ataúd de los movimientos revolucionarios”.

Observatorio de Paz Valle del Cauca

Foto: Observatorio de Paz Valle del Cauca
La FARC fue una guerrilla romantizada y satanizada a la vez.

De allí la insistencia de la disidencia de Iván Márquez en convocar una Asamblea Constituyente que les permita renegociar y recuperar lo que no pudieron incluir en los acuerdos y así mostrar mayores resultados a sus simpatizantes en vista de elecciones futuras. Una Asamblea Constituyente era y sigue siendo percibida como una especie de salvavidas o de seguro político para que puedan influir en el futuro política del país.

¿Hasta qué punto son diferentes las nuevas disidencias de las FARC y la antigua guerrilla? El hecho de que este movimiento haya estado involucrado en economías ilícitas y actividades criminales y que su decisión de retomar las armas sea controversial, impopular y radical no implica que no existan motivaciones políticas importantes.

“La lucha sigue” escribió Jesús Santrich en su prólogo al libro de Iván Márquez. Por muy nostálgico que suene su discurso, las disidencias de las FARC mantendrán la combinación de las diferentes formas de lucha, alzando la bandera del movimiento bolivariano para la Nueva Colombia.

Debo aclarar que no pretendo justificarlas, presentarlas como víctimas ni hacerles apología. Mucho menos, reforzar la idea de que los más radicales tenían un plan premeditado para engañar al Estado ni desprestigiar al partido de la FARC que sigue cumpliendo con los acuerdos.

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Una explicación diferente

Autores como Jeffrey Paige postulan que las divisiones entre los moderados modernos y los tradicionalistas radicales son las que finalmente dan paso a la democratización o la pacificación de un país. Otros como el filósofo René Girard van más allá al proponer que, desde las sociedades primitivas, todas las crisis se resuelven mediante chivos expiatorios, lo cual quiere decir que no es posible lograr un consenso o un pacto sin señalar cabezas de turco.

El hecho de que este movimiento haya estado involucrado en economías ilícitas y actividades criminales y que su decisión de retomar las armas sea controversial, impopular y radical no implica que no existan motivaciones políticas importantes.

Esta idea me permite proponer una explicación distinta del proceso de paz y sus dificultades actuales. La paz se pactó sobre la base de una doble exclusión y una doble acusación: los elementos más radicales de cada lado—por un lado, los uribistas y, por otro, los disidentes de las FARC—fueron señalados de ser “enemigos camuflados” de la paz y acabaron siendo excluidos o autoexcluyéndose.

Fiscalía General de la Nación

Foto: Fiscalía General de la Nación
Negar la realidad política de las disidencias podría ser un gran error.

La firma de los acuerdos fue posible gracias a consensos y compromisos que se establecieron de forma paulatina. Así pues, la paz se firmó sobre un equilibrio frágil, y rápidamente los sectores radicales se volvieron tan visibles y ruidosos que el sacrificio de los chivos del que habla Girard, no se pudo llevar a cabo. Como consecuencia, algunos excombatientes decidieron retomar las armas para seguir su lucha revolucionaria.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer decía que “toda la verdad tiene tres etapas. Primera es ridiculizada, después se le opone violentamente y, finalmente, se acepta como si siempre hubiera sido evidente por sí misma”. Hoy en día, muchos reconocen la existencia de las disidencias como si siempre hubieran sido evidentes.

Ya sea que el actual gobierno decida combatirlas o que el gobierno entrante escoja negociar con ellas, es importante—al igual que con el ELN—tratar de entender la razón de ser de las disidencias y las reivindicaciones que persiguen, pues por anacrónicos que suenen sus discursos, ellas—o por lo menos una parte—siguen teniendo motivaciones políticas. Negar esa realidad será, cuando menos, contraproducente.

* Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de París III, codirector de la Red CORAL (Red de Monitoreo del Crimen Organizado en América Latina).

 

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