A propósito del fallo: Un país grande no es siempre un gran país - Razón Pública
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A propósito del fallo: Un país grande no es siempre un gran país

Escrito por Francisco Thoumi
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Francisco_ThoumiReflexiones en contravía sobre si Colombia perdió o no unas riquezas que nunca valoró. Somos un país de rentistas donde el progreso no depende del ahorro, de la innovación y de un Estado capaz de regular la explotación de los recursos naturales.

Francisco E. Thoumi*

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El resultado fue un desarrollo comercial relativamente importante, pero estrechamente asociado con el contrabando, especialmente de electrodomésticos, de licores y de cigarrillos.    Foto: panoramio.com

De turismo barato y contrabando

La reciente sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) — que le otorga a Nicaragua parte del territorio marítimo donde hasta la fecha Colombia había ejercido soberanía — ha dado lugar a que muchos colombianos se sientan despojados de una pertenencia entrañable y valiosa, al punto que el expresidente Uribe — el presidente de la Ley y el Orden — recomendó no acatar la sentencia porque al país no le conviene.

El caso de San Andrés y Providencia es lamentable. Durante mucho tiempo, los lazos de los raizales con el resto del país fueron muy débiles. Racial y culturalmente eran muy distintos. Hablaban inglés, eran herejes (perdón, protestantes), la mayoría tenía ancestros africanos, aunque algunos también tenían antepasados ingleses y chinos. Durante los años cincuenta se los reconocía principalmente por integrar la selección Colombia de baloncesto.

Y justamente por esa época, el gobierno militar de Rojas Pinilla (1953–1957) decidió “desarrollar” el archipiélago. Una opción era promover el turismo internacional y generar divisas. Además, muy pocos colombianos tenían la capacidad económica para ir de vacaciones a los centros turísticos del Caribe.

Pero se optó por una estrategia populista: usar las islas para impulsar el turismo nacional, menos lujoso, pero con magníficas playas. Aun así, seguía siendo muy costoso para la mayoría de los colombianos. Por ese motivo, se crearon incentivos para que la gente viajara a las islas: se convirtió en zona franca donde los colombianos podían adquirir artículos importados, sin pagar impuestos y hasta por un cierto monto, pero con la condición de haber pasado un número mínimo de días en las islas.

Para estirar la cuota máxima de compras por persona, muchos comerciantes pronto descubrieron que podían subfacturar sus ventas, generando así un contrabando técnico. El resultado fue un desarrollo comercial relativamente importante, pero estrechamente asociado con el contrabando, especialmente de electrodomésticos, de licores y de cigarrillos. No en vano, los centros donde se vende contrabando abiertamente en las ciudades colombianas se llaman San Andresitos

Sin embargo, con la apertura comercial y el abandono del modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones, este extraño arreglo cambió hace más de 20 años.

Haciendo de abogado del diablo, cabe preguntarse: ¿cuál ha sido realmente la contribución de San Andrés y Providencia al bienestar del resto de Colombia? Es difícil argumentar que ésta haya sido sustancial.

El tipo de comercio que se desarrolló en San Andrés no solo propició el contrabando, sino que además creó vínculos con la zona franca de Colón, en Panamá, bien conocida por su protagonismo con el contrabando internacional y el lavado de activos, otra razón para dudar acerca de los beneficios aportados por tal estrategia para el conjunto del país.

Riquezas naturales, desarrollo y Estado

Me propongo demostrar cómo, aunque la reacción de la mayoría de los colombianos resulta comprensible desde un punto de vista emocional, al evaluarla desde una perspectiva racional, la decisión de la CIJ no necesariamente es buena o mala: depende de ciertos factores, como qué se entiende por la riqueza de un país, qué debería ser una nación, así como cuál debe ser el papel del Estado.

 

Francisco_Thoumi_pais_desarrolloEl Gobierno militar de Rojas Pinilla (1953–1957) decidió “desarrollar” el archipiélago. Una opción era promover el turismo internacional y generar divisas.

Foto: oscarhumbertogomez.com

El concepto tradicional e intuitivo de riqueza para un colombiano promedio es bastante simple: ¡entre más recursos naturales tenga un país, mejor! Esto explica por qué en Colombia, ante la existencia de enormes baldíos, la meta de muchas personas todavía es acumular propiedad sobre grandes extensiones de tierra. La inserción a la economía mundial por medio de la minería durante la última década también refleja esta característica del ethos colombiano: en efecto, la conquista del territorio aún no ha terminado y continúa la búsqueda de El Dorado.

Pero en el mundo actual la riqueza que lleva al desarrollo social y económico sostenible se fundamenta y se crea sobre otras bases: para que un gran territorio con una abundante dotación de recursos naturales contribuya efectivamente al bienestar de una sociedad es necesario que el Estado tenga la capacidad institucional y financiera para manejarlos. De otra forma, dicha abundancia simplemente conduce a inestabilidad social y a grandes conflictos internos.

Cuando la economía se concentra en extraer recursos naturales, se fortalecen las creencias atávicas sobre la acumulación de riqueza. La confianza en los recursos naturales como fuente de riqueza contribuye a crear expectativas de enriquecimiento rápido: la riqueza se “encuentra” o “se captura” y es el resultado de la audacia, la buena suerte o la intervención divina, pero no del trabajo constante, el ahorro lento y metódico, y la innovación para producir bienes y servicios que la sociedad demanda.

Más aun, como la explotación de muchos recursos naturales es intensiva en capital y en tecnología, es poco el empleo que se genera. Por ello no sorprende que la desigualdad en Colombia haya aumentado, a pesar de tasas razonables de crecimiento del PIB durante la última década y de que la pobreza haya disminuido en los últimos tres años.

El desarrollo económico moderno se fundamenta en otras fuentes: el conocimiento, la información y la capacidad de organización, de tal manera que miembros de un grupo productivo cooperan para lograr sinergias que permitan innovar, generar valor y responder rápidamente a los cambios en los mercados. Este modo de desarrollo exige una amplia cohesión social, donde prevalezca el respeto por los demás: solo así se puede generar confianza, es decir, capital social para disminuir los costos de transacción, garantizar los derechos de propiedad y permitir que el país compita efectivamente y sea respetado en el concierto de naciones.

Las grandes fluctuaciones en los precios mundiales de los recursos naturales constituyen un gran desafío para el manejo de la macroeconomía. Se necesitan gobiernos dotados de instituciones sólidas y transparentes, con una gran capacidad de planificación para ahorrar en el extranjero en tiempos de precios altos y sostener el gasto público cuando los precios bajan.

Esta es la única forma de evitar la revaluación de la tasa de cambio, el aumento en las importaciones de bienes y servicios transables internacionalmente, la disminución de las exportaciones de otros sectores no basados en los recursos naturales, la desindustrialización y el debilitamiento de la agricultura.

Desafortunadamente, todos estos síntomas están hoy presentes en Colombia: de ahora en adelante, el crecimiento económico dependerá del vaivén de las exportaciones de recursos naturales, del sector de servicios no transables internacionalmente, de la finca raíz y del gobierno.

La geografía como maldición

La historia de Colombia es un ejemplo clásico de un país que no ha logrado administrar satisfactoriamente ni su territorio ni sus recursos naturales. La geografía colombiana — una de las más bellas e interesantes del mundo — ha resultado una maldición, porque no ha permitido integrar al país física, institucional ni culturalmente.

 

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¿Sobre qué áreas puede el Estado colombiano ejercer una gobernabilidad efectiva para garantizar que la  mayoría de los ciudadanos tengan un

bienestar razonable?

Foto: prensa-latina.cu

Ha sido un gran obstáculo al desarrollo social y económico del país, además de que ha hecho imposible que los colombianos se sientan agentes activos ante el Estado, es decir, que sean ciudadanos de verdad.

El gobierno central siempre ha tenido grandes dificultades para ejercer la soberanía plena en gran parte del país: control del territorio, monopolio de la fuerza y de las fuentes del derecho.

Durante mucho tiempo la falta de control territorial del gobierno central no fue muy grave. En efecto, es posible afirmar que Colombia no se desmembró, simplemente porque la mayoría de las regiones estaban tan aisladas del mundo que no eran viables como países independientes. Pero claro, la única región viable como país sí se independizó: Panamá.

Las guerrillas son otro ejemplo de este fenómeno. Durante mucho tiempo, las FARC ocupaban ciertas zonas del territorio nacional, que algunos llamaron con ironía “repúblicas independientes”: ellas no podían salir de esas zonas, pero el Estado tampoco entraba.

En el mundo actual, los vacíos de poder resultan insostenibles: si el Estado no ejerce su soberanía, otros organismos lo suplantan. Los cambios tecnológicos que hoy integran al mundo, el aumento en la educación de la población, la emigración colombiana (especialmente paisa) hacia Estados Unidos agravaron las fragilidades estructurales e institucionales del país, lo que facilitó el desarrollo de la industria de drogas ilegales e hicieron que las actividades económicas ilegales se consideren ahora un problema global, cuando antes se percibían desde el exterior solo como las peculiaridades de un país primitivo.

La violencia y el conflicto interno se convirtieron en asuntos que involucran a otros países. Hoy el Estado colombiano no puede darse el lujo de antaño de no tener presencia real en grandes áreas de su territorio: el costo de ejercer la soberanía resulta muy alto de verdad.

Si tiene éxito el proceso de paz con las guerrillas, no es claro que deba disminuir el presupuesto requerido para mantener el orden público: muy posiblemente se podría reducir el gasto en armamento, pero sería necesario aumentar otros rubros incluyendo justicia, educación, salud e infraestructura en zonas poca pobladas y poco productivas.

Qué caracteriza a un gran país

Un país grande no necesariamente es un gran país. Colombia es un país grande: por su tamaño ocupa el puesto 26 entre 193 países en el mundo. Es además un país con muchos recursos naturales. La cuestión es si Colombia es un gran país y – si no- si tiene el potencial de serlo.

Para responder esta pregunta es necesario definir qué es un gran país. Aunque no creo que haya un consenso al respecto, me atrevo a sugerir que un gran país es aquél cuya gente se identifica de veras con la Nación, con un sentido de pertenencia tal que surge espontáneamente un “nosotros”: gente que valora el bienestar de todos los conciudadanos, aún por encima del de su propia familia inmediata, tal como es el caso para la mayoría de los colombianos. Es el contraste nítido entre el republicanismo cívico y el familismo amoral que han analizado los sociólogos.

En el pasado, podía haber países con una grandeza aparente, cuyas sociedades estaban profundamente estratificadas, había privilegios de castas y grandes diferencias en oportunidades. Estas sociedades se sostenían en pie gracias a ideologías que validaban sus estructuras: por ejemplo, “es mejor ser pobre que rico, porque los pobres irán al cielo y los ricos no”.

Pero hoy los ciudadanos de un gran país exigen igualdad de oportunidades educativas, respeto de parte de las agencias del Estado y del resto de ciudadanos, transparencia en las decisiones del gobierno, acceso a la salud, garantías para poder expresarse, elegir y ser elegidos, invertir, comprar, ahorrar, viajar, y en general, tener una vida tranquila donde puedan desarrollarse humanamente sin temer a sus conciudadanos.

De acuerdo con esta lista, hay pocos grandes países, con verdadera grandeza. Pero queda claro que para tener grandeza no es necesario ser grande en superficie o tener muchos recursos naturales. Lo que sí requiere es tener instituciones — normas de comportamiento y organismos del Estado y de la sociedad civil — honestas, con reglas claras, y que generen cohesión social, empatía, solidaridad y confianza.

Riqueza potencial o bienestar razonable

Colombia es un país grande, pero el ethos que valora los recursos naturales sobre la riqueza creada hace que surja una pugna distributiva por un botín a repartirse entre los pocos ganadores: la lógica del rentismo.

Por eso, desafortunadamente, no es un gran país, aunque tiene el potencial de serlo, sin duda. El problema es ¿cómo crear dicho país? ¿Cómo neutralizar los problemas creados por la concentración excesiva de la extracción de recursos naturales en la economía?

En conclusión, la decisión de la CIJ emocionalmente puede ser lesiva, en la medida en que nadie se resigna fácilmente a perder algo que nunca usó, y quizás aunque nunca lo hubiera usado.

Es posible que existan yacimientos petroleros en las zonas cercanas a las islas y que la decisión de la CIJ haya transferido los derechos económicos sobre esos recursos potenciales a Nicaragua.

Colombia solo intentó explorar seriamente esos yacimientos potenciales hace muy poco tiempo y los mismos pobladores del archipiélago se opusieron por amenazar gravemente otra fuente de riqueza que consideran aún más valiosa: la biodiversidad.

Para que se genere bienestar para la población a partir de los recursos naturales, se requiere que las instituciones colombianas cambien sustancialmente primero. La pregunta relevante no es: ¿cuánto perdió Colombia en términos de recursos naturales?, sino quizás: ¿sobre qué áreas puede el Estado colombiano ejercer una gobernabilidad efectiva para garantizar que la mayoría de los ciudadanos tengan un bienestar razonable?

Mientras no se responda esta pregunta, no será posible saber de veras si Colombia ganó o perdió algo con la decisión de la CIJ.

* El perfil del autor lo encuentra en este link. 

 

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