Razón Pública

Foto: Congreso de la República 2026-2030

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Las declaraciones de los partidos representados en el Congreso esta semana confirman la existencia de mayorías oficialistas en ambas cámaras. Esto no significa que el presidente De la Espriella obtendrá un apoyo automático a todas sus iniciativas.

Unas mayorías cómodas en ambas cámaras

Si las peleas entre el Gobierno y Centro Democrático para la presidencia del Senado pudieron dejar dudas sobre el apoyo del que gozará el Gobierno en el Congreso, las declaraciones de esta semana de los partidos confirman que arranca con una coalición mayoritaria. Conforme a lo estipulado en el estatuto de la oposición, cada bancada se pronunció eligiendo el oficialismo, la oposición o la independencia frente al gobierno De la Espriella. Podrá cambiar de posición una sola vez durante el período de cuatro años del Congreso. Desde luego, estas declaraciones no constituyen un estricto compromiso a votar siempre a favor o en contra de las iniciativas del Gobierno, pero nos dan unas indicaciones útiles de la relación de fuerza, sobre todo en un contexto de fragmentación creciente que hace difícil la lectura del panorama. 

El resultado de estas declaraciones es contundente. El Gobierno contará con mayorías bastante amplias en ambas cámaras. En el Senado, puede contar con 63 congresistas para lograr la mayoría absoluta de 52 votos.

Al apoyo de los partidos de derecha, como Centro Democrático y Salvación Nacional, se suman los partidos tradicionales (Liberal, Conservador, Cambio Radical y La U) y algunas otras pequeñas formaciones. En la oposición, se sumaron al Pacto Histórico solo dos senadores más de En Marcha y el MAIS, lo que suma 28 congresistas, apenas más de una cuarta parte del Congreso. 

Con estos números, el Gobierno podría incluso darse el lujo de pasarse del apoyo de alguna u otra fuerza política. Sólo la defección de Centro Democrático o del partido Liberal, los dos socios más grandes del oficialismo, podría teóricamente hacerle perder la mayoría, aunque siempre podría buscar compensar estas pérdidas con votos de los independientes.

Por el lado de la Cámara, el panorama es muy parecido, con 107 representantes oficialistas por una mayoría absoluta de 92 miembros. La mayoría es algo más ajustada que en el Senado, pero sigue siendo confortable, sobre todo porque clasificamos por defecto como independientes a todos los representantes de las Citrep, a pesar de que algunos de ellos ya declararon su intención de colaborar con el Gobierno. Ahí también, Centro Democrático y el Partido Liberal son en principio los únicos socios necesarios del Gobierno para lograr la mayoría. 

Más allá de los números

Con estas cifras, el gobierno De la Espriella parece asegurado de cierta tranquilidad para lanzar su agenda legislativa; sin embargo, el ministro Rodrigo Lara, que llevará la batuta, no podrá perder de vista que estas mayorías no son automáticas. Esto es así no solo porque, como lo recordamos, el estatuto de la oposición no condiciona el voto de los partidos, sino también porque las mismas bancadas no siempre votan unidas. En realidad, la indisciplina es más la regla que la excepción a pesar de la ley de bancadas, particularmente en los partidos tradicionales que constituyen el grueso de la mayoría del presidente De la Espriella. 

El oficialismo está constituido por dos alas muy distintas. Por un lado, están los partidos de derecha como Centro Democrático, Salvación Nacional y Creemos, que comparten muchas de las propuestas del Gobierno por cercanía ideológica. En este caso, el apoyo debería ser más sólido. Sin embargo, las tensiones que hemos observado el mes pasado entre el presidente y Álvaro Uribe, quien sigue siendo la referencia del principal partido de derecha, Centro Democrático, podrían complicar la ecuación, sobre todo si De la Espriella insiste en impulsar su propio partido, Defensores de la Patria, que ya goza de personería jurídica, y trata de empujarlo en las elecciones locales del próximo año. Esto podría desembocar en una guerra de las derechas que podría fragilizar la mayoría gubernamental. 

La otra ala de la coalición es constituida de los partidos tradicionales, para quienes el oficialismo es una vocación. Ahí, el apoyo al Gobierno resultará más frágil porque se obtendrá no tanto con base en cercanías programáticas, sino con beneficios para los territorios de los congresistas y sus redes de apoyo, lo que resulta complicado en tiempos de limitaciones presupuestales. Por lo demás, los tradicionales raras veces actúan en bancada, y si el Gobierno puede en general contar con ellos en casos graves como, por ejemplo, para evitar mociones de censura, son previsibles disidencias sobre proyectos claves. Hacer avanzar la agenda de descentralización puede ser un asunto clave para lograr consolidar estos apoyos por parte del Gobierno.

Una tribuna para la oposición

Por el lado de la oposición, por más que el Pacto Histórico haya logrado las mayores bancadas en ambas cámaras, parece bien aislado. Las declaraciones confirmaron que nadie puede disputarle la vocería de la oposición, con un centro que sale de las elecciones debilitado y más fragmentado que nunca. Pero significa también que no tiene muchas posibilidades de lograr los acercamientos necesarios con otras fuerzas para oponerse eficazmente al Gobierno. Para eso, tendría que acercarse a congresistas de los partidos tradicionales, lo que resultará difícil, particularmente sobre temas político-ideológicos como los que se anuncian en el marco de la llamada “guerra cultural” anunciada por el Gobierno. 

Con todo, como ya vimos, el Gobierno no la tendrá necesariamente tan fácil cuando se trate de tocar a los intereses de los políticos, o si empieza a perder popularidad. Empezaremos a ver en los próximos días cómo estas nuevas relaciones de fuerza operan en el marco del debate clave sobre el presupuesto.   

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Pruebas PISA

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¿Y si los malos resultados de PISA 2025 no fueran solo una falla de los sistemas educativos en el mundo? Detrás de la caída de las capacidades lectoras más pronunciada en la historia de la prueba asoma una manera distinta de procesar el mundo, el posalfabetismo.

Lo que dice PISA 2025

El 8 de septiembre pasado se publicaron los resultados correspondientes al año 2025 del Informe del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (Informe PISA), de la OCDE. En Colombia nos hemos acostumbrado, lamentablemente, a leer cada nueva entrega como la confirmación de un retroceso. En la última década hemos caído en todos los indicadores.

Los resultados publicados este año muestran también una caída generalizada del desempeño educativo en todo el mundo. El 20% de los estudiantes presenta bajo rendimiento en las tres áreas evaluadas (ciencias, matemáticas y lectura), frente al 16% de 2022. La caída más pronunciada, e histórica, en el promedio de los países de la OCDE corresponde a las competencias lectoras que descendieron, entre 2015 y 2025, 28 puntos. Otro aspecto interesante que resalta el Informe tiene que ver con el incremento de “lectores apresurados”, que son los que responden rápido y mal:    pasaron del 7% en 2018 a 11% en 2025. Menos atención y más desconocimiento.

Todo esto se constituye en la mayor alerta del Informe. Estamos formando una generación de jóvenes con grandes dificultades para comprender textos sin importar su complejidad. Jóvenes que no tienen las herramientas cognitivas adecuadas para leer textos largos, evaluar y conectar información proveniente de diferentes fuentes y, sobre todo, realizar tareas que requieren atención y reflexión crítica.

Los resultados, además, muestran que los jóvenes con mayores ventajas socioeconómicas experimentaron la caída más pronunciada en la capacidad lectora (20 puntos frente a 4 de los más desfavorecidos). Algunos mencionan que esto puede ser un efecto derivado del uso intensivo de inteligencia artificial generativa, a la que ese grupo accede con mayor facilidad en sus tareas formativas. Cerca del 46% de los estudiantes de los países de la OCDE utilizan IA semanalmente para “ayudarse” en su aprendizaje. Según el Informe, el 56% de los estudiantes colombianos utilizan en IA para sus tareas formativas. Es el porcentaje más alto en Latinoamérica.  

En definitiva, tres de cada cuatro sistemas educativos en el mundo registraron una caída significativa en el desempeño de lectura entre 2018 y 2025.

 La trampa algorítmica

Es claro que delegar parte de nuestras tareas y esfuerzos a los sistemas de IA nos facilita la vida y nos hace más eficientes, al ofrecernos tiempo para muchas cosas más. También es cierto que delegar en exceso o delegar ciertas tareas cognitivas fundamentales nos está llevando a una trampa algorítmica mental de la que será difícil salir. Una trampa que genera una descarga cognitiva en todo tipo de personas y edades hacia una menor capacidad para la atención sostenida, memoria, pensamiento lógico y, en general, menor capacidad de comprensión de situaciones mínimamente complejas. Es un fenómeno que ya está impactando radicalmente en nuestras democracias y la vida en comunidad.

En los últimos meses varios profesores de algunas universidades de élite en Estados Unidos han señalado la dificultad que presentan los estudiantes para leer textos largos y comprender su contenido. La decisión de muchos de ellos ha sido “acortar” las lecturas obligatorias, buscando menos resistencia hacia esa actividad. Esto parece mostrar que, en la actualidad, el “forcejeo” intelectual con problemas o lecturas difíciles es una forma de aprender demasiado exigente para algunos estudiantes y también para algunos profesores.

Presenciamos un declive de la lectura, ayudado por el mayor uso de la IA y por unas redes sociales enfocadas principalmente en comunicar a partir de imágenes y videos. Un informe de la OCDE (2024), que a mi modo de ver complementa los resultados de PISA, concluyó que la comprensión lectora de los adultos ha disminuido en los últimos diez años. Después de evaluar más de 160.000 personas en 31 países, el estudio encontró que uno de cada cinco adultos apenas es capaz de comprender textos breves y sencillos. Es decir, el 18% de los adultos, en los países de la OCDE, no alcanza los niveles más básicos en competencias lectoras.   

Leer no es natural

Por supuesto que leer no es un acto natural. Por milenios fuimos una especie eminentemente oral. Gran parte del conocimiento solo se compartía a través de cantos y relatos que, para no desaparecer en el mismo momento en que se pronunciaban, se apoyaban en estrategias nemotécnicas de todo tipo. La lectura y la escritura son más bien una tecnología humana reciente en nuestra historia evolutiva, que nos ha permitido estructurar nuestro cerebro en torno a capacidades cognitivas complejas como la atención, el razonamiento lógico, la reflexión y la capacidad de comprender otras perspectivas.

Leer es mucho más que una habilidad para comunicarse. La palabra escrita tiende a utilizar estructuras y vocabulario más complejos que la comunicación hablada. Los lectores pueden retornar a los textos para diseccionarlos, encontrar nuevos significados y, por supuesto, comprenderlos mejor. Eso es un ejercicio de reflexión y de pensamiento lógico fundamental para nuestras capacidades cognitivas. Es precisamente lo que se debilita cuando la lectura se reduce a su mínima expresión, como los posts breves y superficiales de las redes sociales o como cuando delegamos en la IA el trabajo de leer, escribir y resumir.

Foto: Resultados prueba lectura PISA 2025

Menos de un minuto de atención

Vivimos en un mundo construido a partir de la distracción. La investigadora de la Universidad de California Gloria Mark encontró un descenso en la capacidad de atención de las personas en entornos laborales de dos minutos y medio en 2004 a 47 segundos dos décadas después. Este cambio afecta de raíz nuestros trabajos, la manera como aprendemos e incluso el modo como sostenemos una conversación. 

Nuestro cerebro ha interiorizado el patrón definido por las plataformas diseñadas para interrumpir, hasta el punto de que aprendió a anticipar la propia interrupción y en muchas ocasiones genera un impulso que nos lleva a cambiar de foco automáticamente, sin que aparezca previamente la distracción.

Un mundo de estas características no tiene espacio ni tiempo para la lectura de libros largos y complejos. A lo sumo, fomenta una lectura fragmentada, superficial, de estructuras simples y que tiende al olvido.

Más textos, menos lectura

La gran paradoja reside en que hoy producimos y consumimos, también gracias a la IA, más textos que en las décadas pasadas. Hoy un número mayor de libros son publicados cada año, los nuevos artículos científicos se cuentan por varios cientos de miles mensualmente, la información y la desinformación inundan nuestros dispositivos cada segundo. Consumimos contenidos escritos y audiovisuales de manera bulímica. Pero, en general ¿qué tipo de lecturas hacemos? Las más superficiales y fragmentadas a las que se puede acceder.

Aún más preocupante, la escritura, ese viejo acto de revisar lo que supuestamente conocemos para comprenderlo mejor mientras nos esforzamos por organizar palabras y frases una tras otra, también la estamos delegando. Para muchos ya no hay esfuerzo al escribir, ya no existe el pánico de la hoja en blanco, porque la IA lo hace mejor que la mayoría de nosotros.

Los textos de la IA son claros, con una prosa sencilla y convincente, pero al mismo tiempo algo superficiales y, sobre todo, poco originales; abusan de estructuras repetitivas y formas homogéneas. La escritura se está convirtiendo en una manera aburrida e impersonal de comunicarse.

Creo que delegar la escritura en la IA nos evita el gran esfuerzo mental, el pánico y la preocupación de la fecha límite, pero también nos limita la capacidad de interrogarnos a nosotros mismos sobre lo que sabemos o no, la capacidad de construir nuestras propias opiniones y, en definitiva, de habitar un mundo más interesante, construido por nuestras dudas e intereses que hacen posible nuestra capacidad de pensarlo y experimentarlo.

El posalfabetismo llegó

Aunque en declive, la lectura no va a desaparecer (de la escritura humana no estoy tan seguro). Como lo postula el interesante artículo de Rose Horowitch en The Atlantic, la lectura se está transformando de maneras que aún no somos conscientes. Tal vez ya entramos a una fase de posalfabetismo, como lo anticipó el teórico de la comunicación Marshall McLuhan en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando sostuvo que por causa del exacerbado consumo de programas de televisión el mundo occidental entraría a una posalfabetización en donde la lectura se integraría y adaptaría a otras formas de información y comunicación.

Muchos de los que conocemos hoy son personas posalfabetizadas, no solo todo los más jóvenes. Se comunican con dinámicas en donde la escritura y la lectura no son siempre centrales. Es bien sabido que alguien como Donald Trump, el presidente del país más poderoso del mundo, no lee informes, ni siquiera breves cartas informativas; explota el poder de las redes sociales y, últimamente, se comunica más con imágenes generadas por IA. Los influenciadores dominan la opinión en el mundo y solo una fracción muy pequeña de ellos lo hace mediante la escritura. Es probable que a ninguno de ellos le vaya bien en las pruebas PISA.

El declive de la lectura, expresado con contundencia en el reciente Informe PISA, nos lleva a una conclusión poco esperanzadora: en comparación con décadas anteriores, el modo de pensamiento que estamos cultivando actualmente en nuestros jóvenes, e incluso en nosotros mismos, es menos racional, menos profundo, menos analítico y menos sofisticado. Esto, como sucedió cuando pasamos de un pensamiento dominado por la oralidad a otro centrado en la escritura y la lectura complejas, habrá de modificar la forma de acceder al conocimiento, de comprender el mundo y, por ende, de actuar en defensa de nuestra libertad.

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Gustavo Silva

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Gustavo Silva

*PhD en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Investigador del Instituto de Neurociencias en la Universidad El Bosque. Fue director de la Editorial Universidad Nacional de Colombia y vicerrector de investigaciones de la Universidad El Bosque.

Foto: Señal de comunicación en Colombia

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Las prevenciones durante la campaña electoral acerca de la libertad de expresión, el derecho a la comunicación y el acceso a la información han ido tomando forma. La desarticulada propaganda política del nuevo gobierno ha puesto en riesgo la independencia editorial, la calidad de la información, así como el mismo ejercicio del periodismo, a veces con la complacencia de un sector de la prensa, con la consiguiente afectación de los valores democráticos.

Los continuos bandazos, correcciones e improvisaciones del actual gobierno impiden hablar formalmente de un régimen de comunicación, que por ahora descansa en la estrategia de propaganda política emocional utilizada en campaña; la imitación de acciones y decisiones de otros países como Estados Unidos, Argentina y El Salvador; la reactividad frente al vértigo informativo, y el sustento de un amplio sector de la gran “prensa amiga” que no se ha atrevido a cuestionar actuaciones o decisiones, por lo menos, polémicas. La Libertad de expresión corre riesgo.

No contaminarse, primera estrategia 

La coincidencia del terremoto en el occidente del país con el inicio del nuevo gobierno sirvió, a la vez, como mampara para disimular el desconocimiento de la gestión pública de los recién llegados, solo empecinados en acusar y denunciar a su antecesor pese al carísimo error de no haber adelantado el empalme, pero también como un paréntesis en la expectativa y la atención por el cumplimiento de las promesas de campaña. 

Fue una tregua que dilapidaron con decisiones propagandísticas ideologizadas ante la oferta de apoyo de rescatistas extranjeros, que dilataron los procesos de búsqueda de vida bajo los escombros en las horas cruciales y por el abuso del show de la presencialidad con besos, balones y autobombo de funcionarios, excepción hecha del ministro de Vivienda, de vacaciones en Santa Marta, en reemplazo de la urgente ejecución, hasta el punto de que cinco semanas después siguen los diagnósticos y los anuncios mientras el gerente del llamado “Fondo Milagro” aún no ha podido hacerse cargo de los recursos, olvidando la experiencia del Forec en el terremoto de Armenia, siguiendo esa pretendida y terca estrategia de no contaminarse con lo hecho en el pasado, a pesar de la urgencia de soluciones. 

Es una estrategia convertida en veda y costosa en términos reputacionales a la hora de los nombramientos y desnombramientos de funcionarios, más allá de sus calidades profesionales, como en caso de Carolina Soto en la ANI, por vínculos con el anterior gobierno. No ha sucedido lo mismo con otros cargos, al romper con la promesa de la extrema coherencia, prometidos para los nunca y contradichos de manera reiterada, comenzando por la ingenua confesión del mismo vicepresidente de ser tataranieto y biznieto de cancilleres.  

La desconcertante invocación religiosa 

Desde la misma posesión, la invocación religiosa, por la cual el presidente tuvo que pedir perdón a medias, ha estado presente en actos públicos y privados, hechos públicos intencionalmente, dirigidos a un país creyente en el 95%, en mayor o menor medida y en diferentes congregaciones, religiones, ritos o creencias, que busca esencialmente: 

  • Apoyo de votantes y prosélitos disciplinados.
  • Partidos de respaldo en el Legislativo.
  • Fieles que incidan en la opinión pública con movilizaciones, en redes y que den su aprobación, como se vio en el inédito guarismo de 80,6% de sectores evangélicos en la reciente medición de AtlasIntel.
  • Custodios de la agenda provida y de familia tradicional, que a su vez es la base de la llamada batalla cultural que ha llevado a extremos y polarizaciones la directora del ICBF y que es la cruzada del Ministerio de Educación.

Esas exposiciones han venido acompañadas de lemas polisémicos como el de “Viva Cristo Rey”, cuyo origen se remonta al Papa Pío XI a propósito del avance del comunismo, los totalitarismos en Europa y el laicismo, y que luego fue utilizada con fines políticos y religiosos en la Guerra Cristera en México por el carlismo y el franquismo en España, y en Colombia, como sustrato ideológico, por Laureano Gómez durante la violencia política, y que tiene descendientes en el actual gobierno como el ministro Miguel Gómez y Nicolás Gómez Arenas, además del senador Enrique Gómez, lo que despierta especulaciones y polémicas en medio de la creciente polarización.

Foto: Control de la información

Batalla cultural o batalla por el relato

La extrema derecha, en Argentina y Colombia especialmente, adaptó el concepto de izquierda  de Hegemonía cultural de Antonio Gramsci, y de la mano de autores como Agustín Lage y Axel Kaiser ha pretendido incidir en la construcción del relato político, comunicacional, lingüístico, educativo y cultural en frentes como el religioso, los contenidos digitales, identidad y género, y el paradójico discurso nacionalista, que raya en la xenofobia, como se está viendo en la persecución a migrantes, mientras se inclina a las decisiones e intereses de Estados Unidos en asuntos militares, geoestratégicos y mineros.

Con ese fin utilizan la táctica del neolenguaje que mediante el desguace de denominaciones busca crear una realidad alternativa; así, disolver la representación diferenciada de niños y niñas, mediante el genérico de niñez, no solo desmantela el ingente trabajo por cerrar brechas y desigualdades de género desde el mismo acto de nombrar, sino que invisibiliza a una parte de la población, inveteradamente discriminada.

Algo similar pretende el reemplazo del vocablo campesino por productor agrario, que niega de tajo a quince millones de colombianos y sus movilizaciones por sus derechos o necesidades, o de reforma agraria por acceso a tierras en otro intento por desvincular del presente una urgencia por injusticias y violencias heredadas.

Negar o borrar parece ser la consigna, como pasó con los murales en Inravisión, el silencio digital de la revista Gaceta y el silenciamiento temporal de las veinte emisoras de paz en pleno terremoto, cuando más se necesitaban en territorios donde esos eran los únicos medios de información. De las veinte reaparecieron 16 con el nuevo nombre de Emisoras de la reconciliación, y con una nueva línea editorial y de contenidos.

El algoritmo, la desintermediación y las emociones 

Sabida desde campaña la estrategia de apuntar a las emociones para moldear las percepciones, los asesores de marketing han ensayado múltiples técnicas de manera desordenada, siguiendo, como se ha dicho antes, las trazas probadas en otras latitudes. Una de ellas es la desintermediación que comenzó con el aislamiento velado de los medios, hoy circunscritos a la reproducción de comunicados, versiones, alocuciones, puestas en escena, espectáculo, histrionismo, música, colores, bots y manejo sensorial.

La imagen continua del presidente y funcionarios en los territorios trata de llenar el vacío de la falta de soluciones efectivas frente a la tragedia del terremoto, como lo han manifestado editoriales de medios en Manizales, funcionarios y ciudadanía en Pereira y otros municipios, para no mencionar la insatisfacción de las provincias ya cansadas de censos, diagnósticos y cifras contradictorias entre diferentes entidades.

Priman el tiempo futuro indefinido de los anuncios, el uso del plural mayestático y las perspectivas procuracionales sin comprometerse de manera indirecta mediante chivos expiatorios como alcaldes y gobernadores señalados de no entregar reportes, en el caso del terremoto; o de contradecir la política de paz, o de guerra, del Gobierno, como en el caso del gobernador de Nariño; o con plazos perentorios e incumplibles, como con la exigencia de resultados operacionales a ministros y funcionarios encargados del orden público. Sobresalen los gestos y las expresiones pretendidamente militares que antes que seducir buscan obediencia.

La estrategia apunta a que el algoritmo replique acciones populistas como donar el primer sueldo presidencial, una serenata, o que los ministros se vayan de turismo a las zonas afectadas, y en paralelo, como lo denunció el periodista Camilo García, crear relatos con un ejército de reporteros virtuales en escenarios imaginados y situaciones ficcionadas con inteligencia artificial con la idea de incidir en la percepción sin posibilidades de contrastación.

Pero, sobre todo, apunta a emociones primarias como el asco y el miedo, como con la exposición cruel e inhumana de bolsas con cadáveres de armados ilegales con la idea de manifestar autoridad y superioridad al tiempo que cosifican y minusvaloran a los dados de baja, entre los cuales podrían estar menores de edad; imágenes que ya cumplieron su cometido no obstante las decisiones de jueces que, por ahora, les han puestos cortapisas.

No han tenido la misma incidencia issues creados para tal fin como el Libro de la verdad, que pretendió tapar la falta de empalme, construir una línea de base para el actual gobierno e instalar un espejo retrovisor permanente para justificar acciones y decisiones. Portales como Colombiacheck, Cuestión Pública y el Reporte Coronell, entre otros, han mostrado que de los 23 presuntos hitos, 19 ya habían sido denunciados por medios de comunicación, y en por lo menos dos de los cuatro restantes no se configura lo que denuncia la publicación. 

Ambigüedades y otras técnicas propagandísticas 

La saturación de versiones, anuncios y promesas con la caja de resonancia de las redes sociales ha contribuido a que las audiencias se hayan olvidado de la coherencia de los mensajes, sus efectos e incluso de la veracidad de los mismos; esa saturación deviene cansancio y luego desinterés, más si está adobada de ambigüedades, como en el caso de la denominada alianza militar con Estados Unidos, de la cual han dado cuenta voceros estadounidenses antes que colombianos.

El resultado es una acumulación indiferenciada que mezclada con el astro turfing masivo o campañas de desinformación impide saber qué es rumor, qué es verdad y qué es verificable, como en el caso del cabecilla Bendito menor y la forma como fue dado de baja, las visitas de funcionarios estadounidenses y la exportación de minerales raros, que configuran la técnica de la contradicción estratégica para disuadir a las audiencias de preguntar o conocer qué fue exactamente lo que sucedió.

La incapacidad de construcción de un enemigo 

A diferencia de otros contextos de nuestra historia y de lo que ocurre en otras latitudes, la propaganda del Gobierno ha sido inconsistente en la construcción de un enemigo creíble. De tumbo en tumbo ha intentado configurarlo en la figura de Petro, del gobierno anterior que parece desarticulado en la oposición, en los grupos armados ilegales, en los emigrantes, en los abanderados de las luchas por la identidad y género, en la política y partidos tradicionales que contradictoriamente se ha enquistado en la actual administración, y en conceptos abstractos como la corrupción y la inseguridad. Aquí, los medios, anticipadamente favorables, impidieron que se convirtieran en el objeto de ataques y agresiones como sucede en otros países.

Esa dispersión, fruto de la inexperiencia y el desconocimiento, también se ha puesto de manifiesto en la incapacidad de fijar en la mente de los ciudadanos una agenda de gestión por el incumplimiento de plazos prometidos en campaña como los noventa decretos que, se suponía, marcarían la hoja de ruta del Gobierno y que por ahora están dedicados a nombramientos de funcionarios. Sufren sus efectos el ministro del Interior, dedicado más a la contienda digital, y el vicepresidente, de cuya función real, aparte del histrionismo y la viajadera, hasta ahora se va teniendo claridad.

¿Y el periodismo y la libertad de prensa? 

La preocupación por el presente y el futuro del periodismo fruto de las decisiones sobre el régimen de comunicación en ciernes del actual gobierno, apenas está comenzado a manifestarse en sectores independientes, porque sectores de la gran prensa parecen no darse por aludidos.

Pero los síntomas están escalando:

  • La presunta injerencia del Gobierno en el despido de periodistas y caricaturistas críticos es tan grave como si los medios, por congraciarse o recibir prebendas, lo hacen motu proprio, o como si la presión de empresas a través de la pauta publicitaria está obligando a tomar decisiones.
  • La opinión, las publicaciones de contenidos en redes personales de periodistas y el énfasis en afirmaciones que afectan al Gobierno son motivo de agresiones, descalificaciones y estigmatizaciones por parte de funcionarios, seguidores y bodegas digitales afines.
  • La directiva presidencial sobre comunicaciones y las publicaciones precedentes afectan sensiblemente el desempeño periodístico porque lo limitan, lo menosprecian y ni siquiera lo tienen en cuenta cuando prescinden o minimizan las ruedas de prensa o declaraciones de altos funcionarios, pero sobre todo cuando evitan las preguntas, y preguntar es el oficio del periodista.
  • La centralización de la información periodística afecta el acceso oportuno a la información. Desconoce la esencia del trabajo periodístico, en tiempos, modo y circunstancias, y contamina de desconfianza la transparencia de esos contenidos, sometidos a veedurías y controles perturbadores.
  • Ya se presentan casos de negación a entrega de documentos e información, con la disculpa de las directivas presidenciales. Lo que sumado a violaciones de la libertad de expresión como “la instrumentalización de la prensa, un incremento de amenazas, desplazamientos y exilios han profundizado la autocensura y el silenciamiento en los territorios”, como documenta la FLIP.
  • La cancelación de la rueda de prensa del director del DANE sienta un precedente alarmante porque deja la duda de si fue por la directiva o porque ya había manifestado en un video que descartaba la manipulación de datos en el gobierno anterior.
  • La incertidumbre por la aparición de un vocero para temas principales con una concepción obsoleta de esa figura; pensado, por su rigidez, para medios tradicionales, porque su estatus aún no está reglamentado en propiedad y porque, como en el caso de la medición de AtlasIntel, no informa sino opina. 
  • La desaparición temporal de los datos públicos durante la emergencia del terremoto y, como ya se mencionó, la contradicción entre entidades oficiales y con las organizaciones que les hacen seguimiento.

Y, como si lo anterior fuera poco, han revivido las amenazas contra periodistas como en Arauca, por ser supuestamente altoparlantes del ELN

En los últimos 48 meses ha habido más de 2.000 ataques contra 870 periodistas, diez asesinatos, en los 32 departamentos del país, según la FLIP. Cada dos días un periodista es amenazado en Colombia.

Y aumenta el descontento por la complacencia, silencio o indiferencia de algunos medios, periodistas y líderes de opinión frente a este panorama que se agrava día a día.

¿Qué hacer?

Frente a medidas propagandísticas similares, hay ejemplos de qué hacer en el periodismo internacional, como en la Argentina de los Kirchner de hace tres lustros y la de hoy, o como en Estados Unidos de la época de desintermediación de Obama y la de hoy:

  • Acuerdo para realizar publicaciones comunes con símbolos como la transparencia, el acceso a la información y el derecho a preguntar.
  • Protestas presenciales, virtuales, epistolares y periodísticas.
  • Denuncias ante organismos internacionales como la CIDH, CPJ, RSF.
  • Boicot a fotos o posteos oficiales de eventos donde no fue admitida la prensa o parte de ella.
  • Presión en las escasas ruedas de prensa oficiales.
  • Soporte de gremios periodísticos locales e internacionales.
  • Alianzas con colectivos de defensa de los derechos humanos.
  • Apoyo mediante compra de ejemplares o suscripciones a medios independientes.
  • Lobby en eventos internacionales.

En últimas, es legal que los gobiernos hagan uso de la propaganda oficial o de medidas de cuidado informativo reputacional, pero es legítimo que la prensa, como faro de la democracia, defienda su genuino derecho a obtener información transparente, oportuna y verídica para garantizar el derecho de los ciudadanos a recibir esa información para tomar decisiones adecuadas, es decir, a ejercer el pleno derecho a su libertad. Así está consagrado constitucionalmente. 

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Mario Morales

Escrito por:

Mario Morales

*Analista, columnista y profesor de la Universidad Javeriana. @marioemorales www.mariomorales.info

Foto: Edificio Ecopetrol

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Ecopetrol enfrenta seis retos que definirán su futuro: recuperar su gobierno corporativo, volver al corazón de su negocio, reponer reservas y rentabilidad, decidir qué activos conservar y cuáles vender, y financiar la transición energética sin debilitarse.

Recuperar el gobierno corporativo

ECOPETROL sigue siendo la joya de la Corona. Como Grupo empresarial es el más importante del país, uno de sus principales activos estratégicos y una fuente insustituible de ingresos para la Nación. Por ello, lo que ocurra con ella trasciende a la propia empresa: compromete las finanzas públicas, la seguridad y soberanía energética y, desde luego, el futuro de la Transición energética.

De allí que la primera y principal tarea sea recuperar su gobierno corporativo. Es indispensable restablecer la independencia y autonomía de su Junta Directiva, reintegrándola con personas serias, idóneas y conocedoras de la industria de los hidrocarburos. Sólo así será posible restaurar la reputación de ECOPETROL, tan averiada como está y con ella recuperar su valor.

ECOPETROL debe ser administrada con criterios empresariales, técnicos y financieros. El Estado, como accionista mayoritario, está en todo su derecho de fijar las grandes orientaciones estratégicas de la compañía, pero ello no puede confundirse con la interferencia indebida en las acciones y decisiones que corresponden a sus órganos de gobierno y administración.

Volver al corazón del negocio

El segundo gran reto consiste en volver a centrarse en el corazón de su negocio. Ello no significa abandonar ni desdeñar la Transición energética, en la que se involucró tempranamente desde la administración Bayón, cuando puso en marcha su Estrategia 2040, Energía que transforma. Esta debe continuar y profundizarse, tal y como lo vienen haciendo todas las empresas petroleras en el resto del mundo, así como el compromiso de ECOPETROL con la reducción de su huella de carbono y la estrategia de diversificación que venía desarrollando.

Pero una cosa es diversificar y otra muy distinta desnaturalizar la empresa. Por muchos años todavía, la exploración, producción, transporte y refinación de hidrocarburos seguirán siendo el soporte fundamental de sus ingresos, de su flujo de caja y de sus utilidades.

Y aquí se presenta una paradoja que no puede soslayarse: para financiar la transición energética se necesitan los recursos que genera el negocio de los hidrocarburos. No tiene sentido marchitar prematuramente la fuente de los recursos con los cuales se pretende financiar la transición. Por ello he sostenido que la transición energética debe ser gradual, responsable y sostenible. No se trata de escoger entre petróleo o energías renovables. Se trata de utilizar inteligentemente la renta proveniente de los primeros para apalancar las segundas.

Debemos aprender del nuevo rico de la cuadra, Guyana, que pasa por una prosperidad económica sin precedentes por cuenta de los hidrocarburos. Según su vicepresidente Bharrat Jagdeo, el desarrollo del sector de petróleo y gas permite obtener los recursos necesarios para financiar las cuantiosas inversiones que exige la adaptación al cambio climático. Este es un ejemplo digno de imitar.

Reponer las reservas

Uno de los mayores desafíos que enfrenta ECOPETROL es garantizar la reposición de sus reservas probadas y así ampliar el limitado horizonte de la autosuficiencia. Una empresa petrolera que no explora termina consumiéndose a sí misma. Cada barril que produce debe procurar reemplazarlo con nuevas reservas.

De allí la necesidad de reanudar las rondas para la adjudicación de áreas y la celebración de nuevos contratos de exploración y explotación de hidrocarburos. Mi planteamiento es claro e inequívoco, llegó la hora de poner término a la moratoria sobre la utilización de la técnica del fracking para desarrollar los yacimientos no convencionales (YNC) en rocas generadoras.

La discusión no puede reducirse a si Colombia debe producir petróleo y gas o prescindir de ellos. Mientras la economía los demande y lo están demandando, la verdadera disyuntiva es otra: producirlos nosotros o importarlos. Por el hecho de que Colombia los deje de producir el mundo no los va a dejar de consumir. Mientras exista esa demanda, habrá oferta. Y no tendría sentido renunciar a nuestros recursos para terminar comprándolos en el exterior, sacrificando divisas, regalías, impuestos, empleo e ingresos para las regiones.

La ANH debe volver a lo suyo

La recuperación de ECOPETROL debe ir acompañada de la recuperación de la Agencia Nacional de Hidrocarburos. La ANH fue creada por ley para administrar integralmente los recursos hidrocarburíferos de propiedad de la Nación y promover su aprovechamiento. Sin embargo, mediante la Resolución 40234 de 2023 se le asignaron funciones que, a mi juicio, la apartaron de su cometido principal, hasta llevarla a ocuparse de la denominada “ronda Colombia eólica Costa afuera”, mientras soslayaba su misión, la de abrir rondas para asignar nuevos bloques para la exploración y explotación de hidrocarburos.

Colombia necesita una ANH concentrada en conocer el potencial de sus cuencas, promover la exploración, atraer inversión y administrar eficientemente sus recursos de petróleo y gas.

La señal de las utilidades

La evolución de los resultados financieros de ECOPETROL no puede pasar inadvertida. Las utilidades alcanzaron el récord de $33,4 billones en 2022, para descender a $19 billones en 2023, $14,9 billones en 2024 y $9 billones en 2025. En el primer trimestre de 2026 la utilidad fue de $2,9 billones, una caída del 7,7 % frente a igual período de 2025, mientras la producción reportada por ECOPETROL descendió 2,7 %. Igual han caído también las exportaciones, justo en una coyuntura de altos precios.

Desde luego, los resultados de una petrolera están sometidos a la volatilidad de los precios internacionales del crudo, así como al comportamiento de la tasa de cambio y no toda disminución de las utilidades es atribuible a la gestión de la compañía. Pero precisamente por ello cobra mayor importancia aquello que sí está bajo su control: eficiencia, costos, inversiones, incorporación de reservas y productividad.

Hay una cifra particularmente inquietante. El que he denominado umbral del dolor”, esto es, el break-even o precio de equilibrio, pasó según las cifras oficiales de US$31 por barril en 2022 a US$52 en 2025. Entretanto, el costo de levantamiento fue de US$12,20 por barril en 2025. Mientras más alto sea ese umbral, más vulnerable queda ECOPETROL frente a las oscilaciones del precio en el mercado petrolero internacional.

Foto: Exploración minera en Colombia

No darse un tiro en el pie

En este contexto adquiere especial importancia el futuro de la operación del Permian en Estados Unidos. Se trata de uno de los activos más rentables del portafolio de ECOPETROL. Es cierto que los yacimientos no convencionales presentan una elevada productividad inicial y una declinación relativamente rápida, lo cual obliga a perforar nuevos pozos continuamente para mantener la producción y demanda inversión permanente. Por ello, como suelo decir, no hay que quedarse viendo la foto; hay que ver la película que se está rodando.

Pero desprenderse de un activo rentable justamente cuando ECOPETROL necesita fortalecer sus reservas, su producción y su caja sería contradictorio. Se estima que una eventual salida del Permian implicaría renunciar a más de 200 millones de barriles de reservas y cerca de 100.000 barriles diarios de producción, además del costo, de US $400 millones, aproximadamente, en que se incurriría como penalización.

Por ello considero que ECOPETROL debe mantener su presencia en el Permian, explorar las posibilidades de ampliarla a Oslo, otro yacimiento en la misma cuenca, cuya negociación truncó la interferencia del presidente Petro en la decisión de la Junta Directiva, por el prejuicio contra la técnica del fracking. Según la evaluación que había hecho la administración de ECOPETROL de este negocio, su adquisición del 49% de los activos de CrownRock, le habría significado a ECOPETROL un incremento en sus reservas probadas del 9%, en la producción de 65.000 barriles/día y en sus utilidades en un 14%. 

En mi concepto las nuevas directivas de ECOPETROL deberían retomar la negociación del mismo, ya que se trata de un proyecto atractivo para la empresa. Igualmente debe examinar oportunidades en otras provincias petroleras de gran potencial, como Vaca Muerta en Argentina. Vender el Permian, en las actuales circunstancias, sería darse un tiro en el pie.

¿Y qué hacer con ISA?

Distinto es el análisis sobre ISA. Me opuse en su momento a su privatización, que la intentó el exministro Alberto Carrasquilla, porque la transmisión de energía es estratégica y consideraba conveniente que permaneciera bajo control estatal. Ante la necesidad de recursos fiscales durante la crisis provocada por la pandemia y ante la férrea oposición del Congreso de la República, se encontró una fórmula que permitió obtenerlos sin que ISA saliera de la órbita pública: su adquisición por parte de ECOPETROL.

En aquel momento me pareció una decisión correcta. Pero las circunstancias han cambiado. ISA no pertenece al corazón de ECOPETROL. Cumplido el propósito que justificó aquella operación, considero razonable estudiar su venta, especialmente si puede permanecer en manos públicas. Ello, en caso de que se concrete la operación con el Grupo Energía Bogotá, que ha manifestado su interés en adquirirla. Los recursos obtenidos podrían fortalecer el portafolio de inversiones de ECOPETROL, particularmente en exploración, producción y reposición de reservas. No se trata de vender por el prurito de vender. Se trata de reasignar capital hacia donde produzca mayor valor para la empresa y para su accionista mayoritario, que es la Nación. En este mismo sentido, considero que ECOPETROL debería reversar la adquisición de varios parques eólicos que están varados en La Guajira. Zapatero a tus zapatos.

Una ventana de oportunidad

Hay otro frente que Colombia no debería ignorar: Venezuela. 

Nuestros dos países compiten en mercados similares de crudos pesados, pero esa circunstancia, lejos de impedir la cooperación, puede hacerla más conveniente. He planteado explorar la reanudación de los entendimientos entre ECOPETROL y PDVSA. En el documento sostengo que la flexibilización de las sanciones estadounidenses, particularmente a PDVSA, que está en la inefable lista OFAC, del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, abre una ventana de oportunidad para examinar posibilidades de participación en la reactivación de la industria petrolera venezolana.

ECOPETROL es una multilatina, tiene experiencia internacional y Colombia posee una ventaja geográfica que ningún otro país puede replicar. Las oportunidades deben evaluarse, naturalmente, con absoluto rigor técnico, financiero, jurídico y geopolítico. Pero no deberían descartarse de antemano.

Fortalecer para transformar

El debate sobre ECOPETROL se ha planteado equivocadamente como una disyuntiva entre pasado y futuro, entre hidrocarburos y energías limpias. Esa es una falsa dicotomía. ECOPETROL debe continuar transformándose, pero para transformarse primero tiene que fortalecerse. Una compañía debilitada, con menores reservas, menor producción, mayores costos y menores utilidades tendrá menos capacidad, no más, para acometer las cuantiosas inversiones que demanda la transición energética.

El país necesita una ECOPETROL sólida, rentable, eficiente, bien gobernada y capaz de competir. Una empresa que explore, produzca y reponga reservas; que aproveche sus activos rentables; que racionalice aquellos que no hacen parte de su negocio medular y que, con las utilidades provenientes de su actividad tradicional, financie progresivamente su transformación. La transición energética no se hace destruyendo el puente antes de llegar a la otra orilla.

Por eso, antes de pretender convertir a ECOPETROL en lo que todavía no es, debemos garantizar que haga cada vez mejor aquello que durante décadas ha sabido hacer, al tiempo que prepara responsablemente su futuro. Recuperar su gobierno corporativo, recuperar las reservas, recuperar la rentabilidad y recuperar el rumbo. Esos son los retos. Y todo empieza por una premisa elemental: ¡ECOPETROL debe volver a lo suyo!

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Amylkar Acosta

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Amylkar Acosta

* Economista de profesión. Miembro de Número de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia. Ex presidente del Congreso de la República y ex ministro de Minas y Energía. Docente e investigador de las universidades Externado, Los Andes y del Rosario. 45 obras publicadas y columnista de los principales diarios del país.

Foto: Plenaria Reforma Tributaria Bogotá

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Bogotá necesita más ingresos, pero no todos contribuirán por igual. El nuevo paquete fiscal grava con fuerza algunas actividades mientras concede beneficios al gran capital y deja intactas inequidades que afectan a cientos de miles de hogares.

El Proyecto de Acuerdo 724 de 2026 llegó al Concejo de Bogotá en medio de un año preelectoral, con un sismo de por medio que algunos concejales usaron como excusa para pedir una pausa, y con un reclamo de fondo: ¿quién paga y quién gana con esta reforma?

La Administración Distrital dice que necesita 1,26 billones adicionales en 2027 para sostener la inversión pública de 31,6 billones que ya no puede financiar con más deuda ni con recuperación de cartera. La exposición de motivos es clara; los ingresos tributarios crecieron apenas 0,3% real entre 2023 y 2025, mientras el gasto no para de aumentar. 

Pero el diablo está en los detalles, y los detalles revelan que esta no es una reforma neutra, tiene ganadores claros y perdedores definidos.

Un paquete que es 8,6 a 1

La relación es elocuente; por cada peso que el proyecto concede en exenciones, recauda 8,6 pesos en nuevos impuestos. No es, como algunos han dicho, una reforma de incentivos financiada con eficiencia. Es una reforma en la que la mayoría paga para que el Distrito gaste más y una minoría reciba beneficios.

El grueso del recaudo viene del sector financiero. El ICA de la banca aumentaría de 14 a 21 por mil, lo que suma cerca de 680 mil millones adicionales. Le siguen el comercio de licores y tabaco, que pasa de 13,8 a 21 por mil, y el comercio de vehículos, de 6,9 a 11. La sobretasa de alumbrado —un nuevo impuesto que se suma al predial— recaerá sobre 869.955 predios, con los comercios pagando el 60% del total y los hogares de estratos 4, 5 y 6, el 25%.

Del lado de los beneficios, el proyecto favorece a seis grupos. Los más beneficiados son las grandes empresas que inviertan en activos fijos en 92 actividades priorizadas, los desarrolladores del distrito aeroportuario de Fontibón y Engativá, los fondos de arrendamiento especializado y los propietarios de suelo en renovación urbana. También reciben alivios los morosos que podrán pagar el 50% de intereses y sanciones, y sectores culturales como cines y teatros, a quienes se les elimina un impuesto pequeño.

Los intereses que se defienden

El proyecto protege cuatro intereses. 

El primero y más evidente es la propiedad del suelo y el desarrollo inmobiliario. Tres incentivos reducen el predial sobre suelo urbanizable, renovación urbana y vivienda en arriendo, y otro rebaja la plusvalía. El Distrito deja de capturar parte del valor generado por inversiones públicas como el aeropuerto, la ALO, Regiotram, Metro y Transmilenio. A cambio, exige una certificación sostenible que ya es común en grandes proyectos. En el arrendamiento especializado, ni siquiera impone condiciones sobre canon o vivienda social. El resultado es una transferencia de renta hacia propietarios del suelo y capital inmobiliario institucional.

El segundo interés es el del capital industrial y logístico de gran tamaño, doméstico o extranjero, al que se ofrecen diez años de exención de ICA. La lista de 92 actividades incluye sectores de aglomeración natural en Bogotá, como software, telecomunicaciones, salud y educación superior, que de todas maneras iban a localizarse en la ciudad.

El tercer interés es el de la propia Administración Distrital. La sobretasa de alumbrado, con vigencias futuras hasta 2036, garantiza un flujo de ingresos que respalda un contrato de alumbrado a diez años, comprometiendo a las dos administraciones siguientes. Es un interés institucional legítimo, pero que explica por qué el gobierno insiste en tramitar en 2026 un paquete que no prosperó en 2025.

El cuarto interés, el de los sectores culturales y de publicidad exterior, es el de menor costo y conflicto.

Los que pagan

El proyecto afecta, primero, a la banca, cuyo ICA subiría en cerca de 700 mil millones. Pero la banca no paga sola, la estructura concentrada del sector financiero le permite trasladar el costo a los usuarios. Es previsible que se refleje en mayores tasas de interés en créditos de consumo e hipotecarios, que tienen alta penetración en estratos medios y bajos. La incidencia final, entonces, es menos progresiva de lo que sugiere gravar al sector financiero.

Segundo, al comercio minorista de barrio y a los expendios de licor y tabaco, que enfrentarán una tarifa de 21 por mil y la sobretasa sobre sus locales. Son negocios de bajo margen que solo pueden trasladar el impuesto a precios si sus competidores también lo hacen. Como el consumo de cerveza y cigarrillos se concentra en hogares de ingresos medios y bajos, su incidencia es regresiva.

Tercero, a los hogares de estratos 4, 5 y 6, obligados a pagar la sobretasa de alumbrado. Cuarto, a colegios, universidades y clínicas privadas, que como dotacionales pagarán 0,8 por mil.

Lo que la sobretasa no dice

La sobretasa de alumbrado tiene un problema de diseño que la exposición de motivos no menciona. Aunque se presenta como un tributo progresivo porque excluye a los estratos bajos, sus topes absolutos —600 UVT para predios residenciales y 1.200 UVT para los demás— la vuelven regresiva en la parte alta. Un centro comercial o una torre financiera con avalúo de $100.000 millones pagaría 0,63 por mil, mientras un local de barrio asume el 1 por mil completo. Si el tributo financia un servicio del que se benefician más los predios de mayor valor, debería ser al menos proporcional.

El problema que el proyecto no toca

El proyecto reescribe el régimen de tarifas del predial, pero conserva intacta la estructura preferencial por estratos. Hoy, una vivienda de estrato 2 avaluada en $150 millones paga $150.000; una de estrato 3 con el mismo avalúo paga $450.000, el triple. La estratificación, diseñada para tarifas de servicios públicos, se usa como medida de capacidad de pago. El resultado es que un hogar con un inmueble de menor valor puede pagar más que otro con uno de mayor valor solo por estar en un estrato distinto.

Los saltos son aún más graves. Un predio de estrato 2 que pasa de $187 a $188 millones de avalúo sube de 1 a 3 por mil; el impuesto se triplica por apenas un millón adicional. En estrato 3, pasar de $236 a $237 millones implica salir de la tarifa preferencial y entrar a la general de 5,7 por mil, el pago aumenta 91%.

Una reforma que invoca la progresividad debería corregir este diseño. Pero la explicación es de economía política, los estratos 1 y 2 suman 717.474 predios y aportan apenas el 2,8% del predial; el estrato 3 reúne 663.259 predios y aporta el 10,2%. Reordenar las tarifas por avalúo crearía ganadores y perdedores dentro de los sectores populares, y ningún gobierno quiere tramitar eso en año preelectoral. Por eso el proyecto prefiere crear dos rangos altos para solo 1.570 predios, con baja resistencia política, y evita la discusión que sí mejoraría la progresividad para cientos de miles de hogares.

Foto: Concejo de Bogotá

El desenlace previsible

El proyecto llega al Concejo al cierre del periodo, antes de las elecciones de 2027. La Administración busca aprobar la sobretasa y las vigencias futuras antes de la campaña; los concejales enfrentan el costo de votar una sobretasa y más ICA en año preelectoral. Los gremios del comercio, bares, hoteles e industria buscan pausar y negociar tarifas. La banca, principal afectada, salió por medio de Asobancaria a recordar, sin rubor, que puede trasladar el impuesto a los consumidores.

El desenlace más probable es un acuerdo negociado, bajar las tarifas más visibles —sobretasa residencial, ICA de licores y, quizá, tarifa financiera— y mantener los incentivos, que enfrentan poca oposición porque sus beneficiarios son pocos, bien representados y con costos difusos y diferidos. Así, el trámite tendería a debilitar la parte más defendible de la reforma, los ingresos, y a preservar la más débil, las exenciones.

Para el bogotano común

El ciudadano común no recibe incentivos directos. El alumbrado ya existía, ahora financiado con un tributo nuevo. Las promesas de empleo —entre 143 mil y 215 mil puestos— no explican el método de cálculo. La diferencia entre el empleo en el período 2015-2026 es de cerca de 349 mil empleos, los 215 mil de los incentivos sería el 59% de esta cifra.

Las mejoras procedimentales son reales pero limitadas. Los costos, en cambio, son ciertos: sobretasa, crédito más caro, precios de tienda más altos y menor liquidez para los pequeños negocios.

La progresividad mejora con los rangos altos del predial, la exclusión de estratos bajos en la sobretasa y la mayor tarifa financiera. Pero se debilita con la sobretasa plana y sus topes, el ICA al pequeño comercio de licores, las exenciones al capital y al suelo, la rebaja de plusvalía y, sobre todo, la decisión de no corregir las tarifas prediales por estrato. En síntesis, los mayores beneficiarios son el capital de gran escala y los propietarios de suelo bien ubicado. Para los bogotanos, el balance es débil.

El proyecto se presenta como una apuesta por la competitividad, pero se aparta de una regla clásica de la economía urbana: el teorema de Henry George. En una ciudad de tamaño óptimo la suma de las rentas diferenciales del suelo permite financiar los bienes públicos locales que sostienen la aglomeración. Bogotá y su entorno metropolitano muestran señales de haber superado su escala eficiente. 

El paquete sigue una dirección distinta, reduce la participación en plusvalía y concede exenciones prediales, mientras traslada una parte importante del nuevo recaudo hacia el ICA y, por esa vía, hacia las actividades productivas. En lugar de apoyar el financiamiento urbano en las rentas creadas por la localización y la propia ciudad, grava con mayor intensidad la producción que pretende estimular.

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Alex Smith Araque Solano

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Alex Smith Araque Solano

*PhD en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia. Magister en Economía universidad Nacional de Colombia, Investigador Asociado (I) de MinCiencias.

Foto: Instituto Distrital de Patrimonio Cultural

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¿Cómo decidimos qué debe ser patrimonio en Colombia y qué obligaciones asumimos, en la práctica, después de declararlo? La discusión no debería agotarse en una intervención puntual, también hay que revisar con más rigor la manera como construimos nuestro patrimonio.

La reciente controversia por la intervención de un inmueble diseñado por Rogelio Salmona declarado Bien de Interés Cultural (BIC) del ámbito distrital en Bogotá ha vuelto a poner el patrimonio arquitectónico en el centro del debate público. La reacción de las autoridades ante la afectación de un bien protegido es legítima y necesaria porque toda declaratoria implica obligaciones concretas, entre ellas garantizar que los valores que la justificaron no se alteren de manera arbitraria. En el caso de Altos de Santana, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) confirmó que el inmueble fue declarado BIC en 2010 y que su nivel de intervención protege elementos fundamentales de su arquitectura, entre ellos las circulaciones y las escaleras interiores. El Instituto ya inició actuaciones administrativas y estudia tanto las responsabilidades como la eventual restitución de los elementos afectados.

Hasta ahí, hay relativamente poco que discutir. Pero el episodio abre una pregunta mucho más amplia: ¿cómo decidimos qué debe ser patrimonio en Colombia y qué obligaciones asumimos, en la práctica, después de declararlo? La discusión no debería agotarse en defender o cuestionar una intervención puntual, ni en determinar si la obra de Salmona merece protección, sino aprovechar el caso para revisar con más rigor la manera como construimos nuestro patrimonio.

¿Toda la obra de un maestro debe ser patrimonio?

Una primera pregunta, incómoda pero necesaria, es si el reconocimiento de un arquitecto excepcional debería conducir automáticamente a la protección de toda su obra. El patrimonio no puede construirse solo a partir del prestigio de un autor: cada edificio tiene que valorarse por sus propios atributos históricos, arquitectónicos, urbanos, sociales, estéticos y tecnológicos, además de su autenticidad, su contexto y su estado de conservación. De lo contrario, corremos el riesgo de sustituir una política seria de valoración por un simple canon de autores en el que la obra de un arquitecto reconocido adquiere de inmediato una especie de aura patrimonial, mientras que la de quienes no pertenecen a ese canon queda mucho más expuesta.

Ahí aparece una primera paradoja del caso: mientras una intervención puntual en una obra de Salmona genera una respuesta institucional inmediata y un amplio debate público, otras obras del mismo arquitecto han enfrentado deterioro, abandono o transformaciones silenciosas durante años. La pregunta de fondo es si contamos con una política preventiva y sistemática de conservación, capaz de anticiparse al deterioro, o si seguimos actuando principalmente cuando el daño ya ocurrió y se convirtió en noticia. La propia Procuraduría planteó algo parecido al anunciar una actuación preventiva para verificar si las autoridades distritales ejercieron de manera oportuna y eficaz sus funciones frente a Altos de Santana. Esa pregunta debería extenderse a todo el patrimonio del país.

El daño por acción y el daño por omisión

Hay una distinción que debería ocupar un lugar central en esta discusión. Existe un daño producido por acción: demoler, alterar una fachada, modificar una estructura o intervenir sin autorización elementos originales de un bien protegido. Y existe también un daño producido por omisión: el que aparece cuando una cubierta se deteriora y no se repara, cuando una estructura presenta problemas y nadie los diagnostica, o cuando se conoce un riesgo y no se toman medidas para reducirlo.

El primer tipo de daño suele tener un responsable visible; el segundo se diluye entre instituciones, competencias, presupuestos y trámites, aunque sus consecuencias pueden ser igualmente irreversibles. Una escalera puede modificarse en unas semanas, mientras que un edificio puede perder sus valores patrimoniales lentamente a lo largo de veinte o treinta años, pero en ambos casos terminamos perdiendo autenticidad, integridad y memoria. La diferencia es que el daño por acción provoca indignación inmediata, mientras que el daño por omisión ocurre en silencio. Hemos desarrollado mecanismos razonables para sancionar ciertas intervenciones, pero todavía nos falta fortalecer mucho más los mecanismos para prevenir el deterioro antes de que se vuelva irreversible.

Una ciudad con miles de bienes protegidos

La dimensión del problema es considerable. Según el propio IDPC, Bogotá cuenta actualmente con alrededor de 6.800 BIC declarados individualmente, además de varios sectores de interés urbanístico y cerca de 3.500 hectáreas con algún tipo de declaratoria patrimonial. Frente a un universo de ese tamaño, cabe preguntar si sabemos realmente en qué estado se encuentra cada bien; cuáles presentan deterioro o problemas estructurales; cuáles están expuestos a incendios, inundaciones o terremotos, y qué recursos existen para intervenirlos antes de que el deterioro sea irreversible.

El Ministerio de Cultura contempla entre las funciones de su grupo de patrimonio arquitectónico la identificación de situaciones de riesgo en los BIC nacionales y la formulación de planes de gestión del riesgo y seguimiento de su estado de conservación. Eso demuestra que el problema no es la ausencia absoluta de una política, sino saber hasta qué punto esa política se traduce, en la práctica, en prevención real.

La arquitectura colombiana que ya perdimos

Esta discusión resulta todavía más urgente si pensamos en la arquitectura que ya desapareció. Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena y muchas otras ciudades han perdido durante décadas casas, teatros, hoteles, edificios institucionales, conjuntos residenciales y obras de arquitectura moderna que formaban parte de su historia urbana, pero buena parte de ellos nunca fue declarada patrimonio. Cuando un edificio desaparece antes de ser estudiado y valorado, la política patrimonial llega tarde por definición.

No sabemos con certeza cuántos edificios fueron demolidos porque nunca se inventariaron, ni cuántos inmuebles de las décadas de 1950 a 1980 están hoy amenazados porque todavía no hemos desarrollado una valoración suficiente de la arquitectura moderna colombiana. Colombia no cuenta con una cifra nacional consolidada de cuánto patrimonio arquitectónico se ha perdido por demolición, deterioro, incendios, desastres naturales o transformaciones urbanas, y esa ausencia de información también debería preocuparnos: no podemos proteger adecuadamente aquello que todavía no hemos terminado de identificar. La pérdida patrimonial no comienza cuando llega una retroexcavadora, sino mucho antes, cuando dejamos de investigar, documentar, inventariar y valorar.

Foto: Edificio intervenido de Rogelio Saloma

El mismo problema en las artes

La situación se repite en el patrimonio artístico. Colombia ha realizado importantes declaratorias de obras de Fernando Botero, al reconocer el enorme valor de su producción para la cultura nacional, pero esto debería llevarnos a preguntar si la protección patrimonial refleja realmente la diversidad de nuestra historia del arte. Alejandro Obregón, Luis Caballero, Beatriz González, Cecilia Porras, Édgar Negret y Guillermo Wiedemann fueron igual de decisivos para construir el arte moderno colombiano, y en el arte contemporáneo figuras como Doris Salcedo han contribuido de manera fundamental a la reflexión sobre memoria, violencia y duelo. Una obra como La Violencia, de Obregón, importa mucho más allá de sus cualidades formales: es una representación clave de la relación entre arte, memoria y violencia en el país.

La pregunta no es por qué debemos proteger a Botero, sino por qué no hemos desarrollado con la misma intensidad una discusión patrimonial sobre otras obras fundamentales para comprender nuestra historia cultural. Es necesario distinguir entre valorar a un artista y valorar patrimonialmente su obra: el patrimonio artístico no debería convertirse en un panteón de grandes nombres, sino ser el resultado de una valoración argumentada de obras concretas y de conjuntos representativos de nuestra historia.

Cuando el riesgo no viene del abandono sino de lo nuevo

Hasta aquí hemos hablado de un patrimonio que se pierde por descuido: por lo que no se hace, no se mantiene o no se previene. Pero hay un tercer tipo de amenaza que merece un lugar en esta discusión, porque no viene de la omisión ni de una intervención ilegal sobre un bien ya protegido, sino de un proyecto nuevo que se construye alrededor de ese patrimonio y termina alterando su entorno.

Es lo que está ocurriendo en La Macarena y La Perseverancia con Click Living, el proyecto residencial de la constructora Arquitectura y Concreto que se levanta justo entre dos bienes con protección patrimonial: la Plaza de Mercado de la Perseverancia, en pie desde los años treinta, y el edificio de la Estación de Policía de La Macarena, reconocido por su integración arquitectónica al sector. El desarrollo contempla varias torres de gran altura (se han mencionado trece pisos y cerca de quinientos apartamentos) justo en el corazón de dos barrios que hasta ahora habían conservado una escala baja, calles estrechas y una relación cercana entre la vivienda, la plaza y el espacio público.

El problema no es únicamente normativo. Aunque el proyecto cumpliera cada norma urbanística vigente, cabe preguntar qué le hace a la vida de barrio una torre de esas proporciones cuando se inserta entre una plaza de mercado centenaria y una estación de policía protegida: qué le ocurre a la escala peatonal, a la sombra sobre el espacio público y a la presión inmobiliaria sobre las viviendas vecinas. Ya hay indicios de esa presión: en La Perseverancia, los vecinos han denunciado reducciones injustificadas en el avalúo catastral de sus predios en medio del auge de la construcción en el sector, un síntoma típico de procesos de valorización que terminan expulsando a quienes menos se benefician de ellos.

El caso tiene todavía otra dimensión, más específica del patrimonio arquitectónico. A pocas cuadras de allí se levantan las Torres del Parque, la obra maestra de Rogelio Salmona declarada patrimonio cultural de la Nación en 1995, concebida deliberadamente en diálogo con los cerros, con la Plaza de Toros La Santamaría y con el Parque de la Independencia. Salmona no diseñó solamente un edificio: diseñó una relación visual con su entorno, un perfil urbano pensado para dialogar con la topografía que lo rodea. Introducir en ese mismo sector una masa edificada de trece pisos y cientos de apartamentos, sin una discusión rigurosa sobre su impacto paisajístico, pone en riesgo precisamente ese valor: no la monumentalidad de las Torres del Parque, que seguirá en pie, sino la relación entre esa obra y el paisaje urbano que la hace legible como lo que es.

Este es, en el fondo, el mismo problema que hemos discutido a propósito de la escalera de Altos de Santana, pero visto desde otro ángulo. La declaratoria de un bien protege casi siempre el inmueble mismo: sus muros, sus fachadas, sus elementos originales, pero rara vez protege con la misma fuerza su entorno inmediato, es decir, el perfil urbano, las visuales o la escala del barrio que le da sentido. Por eso es perfectamente posible que un proyecto nuevo no toque un solo ladrillo de un BIC y, sin embargo, termine deteriorando aquello que esa declaratoria pretendía preservar. Es un tercer tipo de daño, distinto al de acción y al de omisión: es un daño por contexto, y nuestro sistema patrimonial apenas comienza a tomárselo en serio.

Por eso el caso de las torres junto a la Perseverancia debería entrar en la misma conversación que abrió la escalera de Salmona. No basta con preguntar si un proyecto respeta los linderos de un BIC o cumple con las cargas urbanísticas que exige la ley. Hay que preguntar también qué les hace a la vida de un barrio, a su memoria y a su paisaje, y si las autoridades patrimoniales tienen hoy herramientas reales para evaluar ese impacto antes de que se conceda la licencia, y no solamente para lamentarlo después de que las torres ya estén construidas.

Los monumentos que tampoco podemos ignorar

El problema adquiere otra dimensión en el espacio público. ¿Qué respuesta hemos dado al deterioro, el vandalismo, el traslado o la transformación de bienes muebles declarados patrimonio nacional? Los monumentos a Cristóbal Colón e Isabel la Católica, los Héroes Ignotos y la escultura de Gonzalo Jiménez de Quesada plantean preguntas que merecen una discusión pública semejante a la del caso Salmona. El de Jiménez de Quesada es especialmente revelador: su derribamiento durante las movilizaciones de 2021 no fue solo la afectación física de una escultura, sino la expresión de un conflicto social sobre la manera como Colombia representa la conquista y a sus protagonistas.

Conservar, sin embargo, no significa necesariamente glorificar. Una sociedad democrática puede decidir trasladar un monumento, contextualizarlo o reinterpretarlo, e incluso modificar su relación con el espacio público, siempre que no confunda la discusión crítica con la destrucción o el abandono. Aprender a gestionar un patrimonio incómodo es también parte de esta tarea.

El patrimonio cultural inmaterial

La misma tensión aparece en el patrimonio cultural inmaterial. Cartagena de Indias es un laboratorio particularmente interesante: en los últimos dos años, cuatro manifestaciones de la ciudad fueron inscritas en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia: la vida de barrio en Getsemaní, Ángeles Somos, las Fiestas de Independencia y las expresiones culturales asociadas a la champeta.

Son manifestaciones fundamentales de la cultura cartagenera, pero su reconocimiento deja abierta otra pregunta: ¿Qué ocurre con las numerosas prácticas, saberes, celebraciones, músicas, oficios y formas de sociabilidad que siguen siendo significativas para las comunidades y no cuentan con el mismo reconocimiento institucional?

El patrimonio cultural existe antes de que una institución lo declare. Las comunidades lo producen, lo practican, lo transforman y lo transmiten mucho antes de que una resolución administrativa lo reconozca. Por eso una política democrática de patrimonio no puede limitarse a decidir qué entra en una lista: tiene que escuchar, investigar, acompañar, identificar riesgos y permitir que las propias comunidades participen realmente en la decisión sobre aquello que consideran digno de preservar.

El problema no es declarar más: es valorar mejor

El debate patrimonial colombiano se ha concentrado demasiado en la declaratoria, pero olvida que declarar no es conservar. Toda declaratoria debería estar acompañada de inventarios actualizados, documentación, diagnósticos de conservación, identificación de riesgos, mantenimiento preventivo, recursos, responsables definidos y mecanismos de seguimiento, porque de poco sirve que un bien aparezca en una lista si no existen condiciones reales para garantizar su conservación. Necesitamos saber quién propone las declaratorias, quién decide, qué criterios se utilizan, cómo participan las comunidades, cómo se establecen las prioridades y qué sucede con aquello que queda fuera.

Y necesitamos, sobre todo, una discusión seria sobre la responsabilidad por omisión y por contexto. Si alguien interviene ilegalmente un bien protegido, existen instrumentos para investigar y sancionar; pero ¿qué ocurre cuando un edificio se deteriora durante años por falta de mantenimiento, cuando una institución conoce una vulnerabilidad y no actúa, o cuando un desarrollo nuevo altera de manera irreversible el entorno de un bien protegido sin tocarlo directamente? No se trata de equiparar jurídicamente situaciones distintas, sino de reconocer que, patrimonialmente, todas pueden terminar en la misma consecuencia: la pérdida.

¿Quién construye nuestro canon patrimonial?

El caso Salmona, al final, no debería llevarnos a discutir solamente sobre Salmona, sino sobre Colombia. Cada declaratoria patrimonial construye una narrativa sobre quiénes somos: cuando protegemos un edificio, una escultura, una pintura, una fiesta o una manifestación cultural, estamos diciendo que ese bien representa algo que consideramos valioso transmitir a las próximas generaciones. Pero cada ausencia también dice algo: cada edificio demolido antes de ser valorado, cada obra que se deteriora sin que hayamos reconocido su importancia, cada entorno patrimonial que dejamos transformar sin discusión, y esas ausencias también construyen nuestra memoria, aunque de manera negativa.

El desafío no es declarar patrimonio todos los edificios de Salmona, todas las obras de Botero o todas las manifestaciones culturales de Cartagena, ni multiplicar indefinidamente las listas. El desafío es construir mejores procesos de valoración: rigurosos, transparentes, interdisciplinarios y participativos, que no dependan exclusivamente de la fama del autor, de la presión coyuntural o de la capacidad de ciertos sectores para conseguir reconocimiento institucional, y que incorporen en serio la gestión del riesgo, la conservación preventiva y la protección del entorno.

Porque el patrimonio puede perderse por acción, por omisión o por lo que se construye alrededor. Modificar una escalera sin autorización puede destruir un valor patrimonial, pero permitir que un edificio se deteriore durante años también puede hacerlo, igual que levantar una torre de trece pisos junto a una plaza centenaria sin medir su impacto. La diferencia es que en el primer caso podemos señalar a quien actuó, mientras que en los otros dos la responsabilidad se diluye entre instituciones, presupuestos y silencios. Y esa es quizás una de las formas más peligrosas de perder nuestro patrimonio: aquella en la que nadie parece haberlo destruido, pero todos permitimos que desapareciera.

El caso de la escalera de Salmona debería ser, entonces, mucho más que una controversia sobre una intervención arquitectónica. Debería ser la oportunidad para que el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes; el Distrito y las demás autoridades patrimoniales respondan preguntas que llevamos demasiado tiempo aplazando: qué patrimonio colombiano estamos protegiendo, qué patrimonio estamos dejando perder, con qué criterios decidimos uno y otro y quién participa realmente en la decisión sobre aquello que Colombia considera digno de conservar. Porque el patrimonio no se conserva cuando aparece una declaratoria: se conserva cuando una sociedad decide conocerlo, valorarlo, cuidarlo y asumir la responsabilidad de transmitirlo.

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Mario Omar Fernandez

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Mario Omar Fernandez

*Profesor Asociado del Laboratorio de Estudios de Artes y Patrimonio de la Universidad de los Andes

Foto: Abelardo de la Espriella

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La tragedia de Antígona recuerda una lección elemental que Colombia corre el riesgo de olvidar: ni siquiera quien comete un crimen pierde sus derechos, y el poder del Estado encuentra precisamente allí uno de sus límites.

«¿Qué hazaña hubiera podido realizar yo más gloriosa que de dar sepultura a mi hermano? Todos los que me están escuchando me colmarían de elogios si el miedo no encadenase sus lenguas. Pero los tiranos cuentan entre sus ventajas la de poder hacer y decir lo que quieren.» 

Antígona, V. 502–507.

Las primeras lecciones de los maestros

En las facultades de derecho los buenos maestros enseñaban a los recién ingresados el valor de la ley y el sentimiento de la justicia con los recursos de la literatura clásica. 

Suponían que con las lecciones contenidas en escritores clásicos los estudiantes captarían apropiadamente la naturaleza del derecho y después el alumno decidiría su propio camino profesional, con la esperanza de que ese acercamiento a las primeras intuiciones de la profesión los inspirara a ser algo más que simples abogados.

Aquellos antiguos profesores no se equivocaban en sus apreciaciones sobre la utilidad pedagógica de una obra clásica como la Antígona de Sófocles, pero no advertían que cada alumno en su paso por la carrera escogía su propia versión de la justicia. Algunos elegían creer en una concepción sensible de la justicia trascendental, que no reside en los apetitos del poder, otros en la justicia que se deriva de la dureza de la autoridad, el orden y su legalidad.

La obra clásica y el poder persuasivo

Antígona es una de las obras literarias que más profundiza en la relación que se construye entre quien detenta el poder y sus víctimas, aunque esas víctimas a su vez hayan sido victimarios en el pasado. 

Pues bien, Antígona, la mujer que pierde a su padre Edipo, a su madre Yocasta por suicidio y a sus dos hermanos en una guerra fratricida, se resiste a las órdenes del rey Creonte de prohibir los ritos fúnebres sobre el cadáver de uno de sus hermanos muertos en batalla, dejándolo insepulto por ser un criminal que trató de asolar a Tebas y a sus ciudadanos.

Antígona no le obedeció a Creonte: la mujer le dio los debidos ritos funerarios a su hermano y lo sepultó pese a la pena de muerte decretada sobre quien desobedeciera la orden del rey. Antígona desafió a la autoridad argumentando que ella no conocía una potestad humana que estuviera por encima de las leyes eternas que demandaban la igualdad de los hombres en la muerte. 

El contraste con el Rey desobedecido no pudo ser más descarnado: con cólera poderosa Creonte se empeñó en que en su gobierno no se podía premiar a un criminal con los mismos ritos fúnebres que se le otorgaban a un ciudadano de bien. El criminal en cuestión, desprovisto de todo ritual funerario era Polinices, quien se había levantado en armas contra Tebas: fue derrotado, muerto por su hermano, y su cadáver insepulto a la vista de todos como castigo por su delito. 

Fue un claro mensaje político para todo ciudadano tebano de que la traición a la autoridad sería purgada con severidad. Todo castigo será, además de una expiación, una advertencia al resto de la comunidad.

Los derechos negados del criminal

Solemos recurrir a estas alegorías literarias para calibrar la brújula moral cuando se desajusta. 

A veces, con el tiempo, perdemos la memoria jurídica y olvidamos los conceptos más básicos de la humanidad, dando por sentado posturas que nos parecen de sentido común pero que en realidad son un callejón sin salida; pensamos que la venganza es la manera más apropiada de hacer justicia, que los hombres por eso deben distinguirse entre los ofensores y los que requieren alguna vindicación y, por tanto, que a los criminales no debe concedérseles ningún tipo de derecho, consignando el castigo en sus cuerpos como forma de persuasión para todos los demás.

Ahora bien, la realidad nos aterriza forzosamente sobre los actos de quien ocupa la Presidencia de la República de Colombia, el abogado penalista Abelardo de la Espriella. 

La obra de Sófocles nos enseña mucho sobre su comportamiento y sobre el estado de opinión que intenta crear en la sociedad. En las últimas semanas, el presidente estuvo reunido en audiencia solemne con los magistrados de la Corte Suprema tratando el tema de la reforma del Código Penal, y algunos magistrados lo recibieron con cierto regocijo2: escena que recuerda cuando Creonte se reúne con los ancianos sabios de Tebas y les decreta su voluntad de injuriar al criminal de Polinices y ellos asienten diciendo que la voluntad del rey es Ley sobre vivos y muertos. 

Acto seguido, aparece el abogado Abelardo en un cantón militar  caminando entre las mortajas de cadáveres de unos hombres bombardeados en los campamentos de las disidencias de las Farc, y después, vestido de verde oliva, hace unas declaraciones sobre la inclemente “mano de hierro” del Estado contra la criminalidad en la Guajira, con varios cuerpos igualmente amortajados en el piso. 

Ambas conductas del abogado Abelardo, la del hombre de leyes sentado junto a los magistrados y la de verdugo implacable, sugieren una disonancia peligrosa en la conducta de un hombre que debe dirigir el Estado y garantizar los derechos de millones de ciudadanos.

Foto: Figura de Antígona

Interrogantes de fondo 

Pensando en estas escenas surgen preguntas que suscitan serias reflexiones sobre la dirección de la sociedad colombiana, sus instituciones y el valor del derecho en una sociedad democrática: 

  • ¿Qué nociones de justicia está intentando implantar el presidente Abelardo en la sociedad colombiana?, 
  • ¿Está buscando reivindicar el terror y la muerte con la exposición de los cadáveres de presuntos delincuentes ante el público como política criminal contra las bandas armadas y organizaciones del narcotráfico?, es decir,
  • ¿Quiere imponer la necropolítica (ver nota de pie¹) como mandato de quién vive o quién muere, como herramienta de control social por encima de los postulados del Estado de Derecho y el debido proceso?, 
  • ¿Acaso con ello está queriendo condicionar la garantía de derechos según  quien obedece o no las reglas del Estado como decía el rey Creonte?, 
  • ¿Nos quiere implantar la vieja idea de que quien delinque es delincuente no por lo que hizo sino por lo que es, y por tanto, hay que tomar medidas drásticas para eliminar la fuente de peligro?, 
  • ¿Es una persona que comete delitos completamente carentes de derechos, incluso después de muerto?, 
  • Y una pregunta no menos importante en un régimen presidencial tan proclive al autoritarismo: ¿está expresando con su doble comportamiento mencionado arriba, una especie de disonancia cognitiva o de impostura de hombre de leyes?

¿Por qué ensañarse sobre un cadáver?

No pretendo responder todas estas preguntas en unas cuantas páginas. Pero sí me acercaré a una reflexión transversal a todas ellas, por ejemplo, cuál es la diferencia entre una persona que comete un crimen y una persona que no ha cometido ninguno; cuál es la razón que justifica un tratamiento jurídico diferenciado entre los dos. 

Si intentamos buscar una respuesta probablemente encontremos que no hay más diferencias que el crimen mismo

Podríamos pensar que el hecho de ser un criminal es suficiente para sustentar la diferencia, pero entraríamos en una especie de discriminación por origen donde el contexto de vida es condición necesaria para el crimen, lo cual no es razonable en ningún análisis serio.

Otro intento de explicación de la diferencia en el tratamiento jurídico, que reposa en el sentido común, es la teoría del “criminal nato”, que intentaría cosificar al delincuente como un sujeto que tiene su propia esencia distinta de la persona normal. 

Podríamos mencionar otros argumentos de esta especie, pero ninguno alcanzaría a dar una razón suficiente de por qué permitir los “honores” a unos y negárselos a otros como en la obra de Sófocles, o como dicen ahora “que unos tienen derecho y otros no”.

Esta es la lección más dura para el ejercicio de memoria jurídica y política de los olvidadizos: el que comete un crimen tiene derechos porque el crimen se define por los actos cometidos, no por la persona que los comete. De ahí que la injusticia nazca cuando una persona es acusada de ser un delincuente sin enfrentarse a un procedimiento que verifique los hechos imputados. 

Deshumanizar a quien comete un crimen no es más que una estrategia de política criminal para justificar la vendetta, el ajusticiamiento o el ostracismo y abandonar reglas mínimas que se aplican a todos por igual. 

Por eso es importante desmantelar la tesis autoritaria –que asume los derechos como concesiones del Estado y no como facultades del individuo– de que “no todas las personas tienen derecho y entre ellas los criminales no tienen ninguno”, como lo pensaba Creonte, el rey de Tebas, en la tragedia griega.

Tres razones contra la negación de derechos

Estos son principios elementales del derecho, pero algunos abogados parecen olvidarlos ante el cansancio ciudadano con la inseguridad, la ineficacia o la corrupción de la justicia, o por simple oportunismo político.

Hay tres razones para rechazar la tesis de que unas personas tienen derechos y otras no. 

  1. Negar derechos a quienes la sociedad desprecia viola las reglas comunes; si lo hace el propio Estado, la arbitrariedad puede conducir a la confrontación. 
  2. El abuso del poder convierte el miedo en instrumento de control: un ciudadano expuesto a la acusación de un poderoso puede sufrir la muerte o el ostracismo, inhibiendo la crítica y el control de los gobernantes.
  3. Convertir al criminal en una categoría humana distinta permite despojarlo de su dignidad. Ni una supuesta naturaleza criminal, ni la clase social, la etnia, la pobreza, la genética o la inteligencia justifican un trato cruel o discriminatorio.

Esto no significa exculpar ni trivializar el crimen. Significa que las autoridades deben respetar la legalidad y los derechos de todos los ciudadanos, incluidos quienes han cometido los peores delitos. Ese deber es todavía más importante cuando el Estado ejerce la violencia mediante procedimientos policiales, militares o penales.

La serpiente que se muerde la cola

El performance necropolítico de Abelardo De la Espriella refuerza la idea de que los delincuentes pueden ser despojados de sus derechos y que la muerte es una respuesta legítima frente al crimen.

Parte de la ciudadanía puede aplaudirlo, pero esa lógica puede volverse contra cualquiera: la serpiente se muerde la cola. La advertencia no es solo para los delincuentes; es para todos.

La respuesta está en las garantías del Estado de Derecho. Pero las posiciones anteriores de De la Espriella plantean dudas sobre su compromiso con ellas. En una entrevista de 2008 en Semana elogió actuaciones del paramilitarismo. Durante los años noventa, algunos sectores consideraron que el Estado constitucional era demasiado débil para enfrentar a las guerrillas y justificaron que grupos armados ilegales hicieran lo que correspondía a las instituciones legítimas.

Al gobernar, De la Espriella pretende trasladar esa lógica al presente: sustituir las reglas del Estado de Derecho por las de quien impone el orden mediante la fuerza. El desafío histórico de Colombia ha sido precisamente construir un Estado constitucional en medio de décadas de conflicto armado. La administración actual muestra hasta qué punto ese proyecto sigue en disputa.

Antígona deja una última lección. No venció a Creonte: fue condenada a morir por haber honrado a su hermano. Pero Sófocles le concedió algo más duradero que la victoria: la dignidad y la razón. Ambas sobrevivieron a Creonte y a Tebas. 

Frente al poder que pretende despojar a las personas de sus derechos, se resiste con la razón y no se cede ante la fuerza.

Le recomendamos: Abelardo: gobernanza, confesionalismo, seguridad y contrarrevolución cultural

¹El concepto de necropolítica fue acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, y expande la noción de biopolítica de Michel Foucault. Mientras Foucault describía el biopoder como la capacidad del Estado moderno para «hacer vivir y dejar morir», Mbembe argumenta que bajo las estructuras del capitalismo global, el colonialismo y el racismo, este concepto se queda bastante corto. Por ello, para Mbembe la necropolítica consiste en el poder soberano de dictar quién debe vivir y quién debe morir, utilizando la muerte y el sometimiento físico como la máxima expresión de control social y soberanía política. En Mbembe, A. (2019). Necropolítica (E. Falcini, Trad.). Editorial Melusina.

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Camilo José Martínez Martínez

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Camilo José Martínez Martínez

* Abogado, magíster en Derecho público.

Foto: Álvaro Uribe Vélez

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Las acciones del Pacto histórico en favor del mayor contradictor político permiten elucubrar sobre la existencia de una alianza que aún no aflora de manera pública, pero que los hechos históricos vislumbran.

La investigación formal contra Álvaro Uribe Vélez

La Fiscalía Tercera Delegada ante la Corte Suprema de Justicia tiene a cargo el expediente de la noticia criminal 11001609925220000004954 que abrió investigación formal contra Álvaro Uribe Vélez el 17 de junio de 2026. Este proceso judicial empezó el 16 de mayo de 2000, cuando, según refiere Coljuristas (2026), en ese momento, la Fiscalía ordenó la apertura de una investigación previa por la presunta conducta omisiva de Uribe durante las masacres”. 

El caso fue desestimado el 28 de diciembre de 2000 por el fiscal que “se inhibió de abrir investigación judicial” y decidió no iniciar una investigación formal. Las declaraciones que vinculan a Álvaro y Santiago Uribe Vélez con la creación de grupos paramilitares en la hacienda Guacharacas permitieron que la resolución inhibitoria fuese revocada el 2 de enero de 2013 por la Fiscalía Sexta Delegada ante la Corte Suprema de Justicia. 

La Fiscalía señala que el 30 de mayo de 2018, la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia declaró crímenes de lesa humanidad (concierto para delinquir, homicidio agravado, secuestro y desplazamiento forzado) derivados de las masacres de San Roque (1996), La Granja (1996) y El Aro (1997), así como del homicidio de Jesús María Valle Jaramillo (1998). Por ende, la acción penal sobre estos delitos es imprescriptible.

En los hechos de la masacre de La Granja (1996), cuatro personas fueron asesinadas el 11 de junio de 1996 en el corregimiento de Ituango. En el expediente “Masacres de Ituango vs. Colombia” de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) está registrado que el Bloque Metro de las AUC en el año 1996 perpetró siete masacres que dejaron un total de 19 fallecidos. Según los testimonios de exparamilitares como Pablo Hernán Sierra (alias Alberto Guerrero) y Juan Monsalve en los procesos de Justicia y Paz. Estos mismos testimonios develaron las tres masacres de San Roque ocurridas entre 1995 y 1997, perpetradas por el Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC)

La masacre de El Aro ocurrió el 22 de octubre de 1997 en el corregimiento homónimo de Ituango (Antioquia), incurrieron unos treinta hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que dejaron 17 campesinos torturados y asesinados. Durante el ataque, la Cuarta Brigada del Ejército Nacional omitió su deber de protección, permitiendo que los paramilitares quemaran 42 de las sesenta viviendas, robaran cerca de 1.200 cabezas de ganado y forzaran el desplazamiento masivo de más de 700 campesinos.

Asimismo, la vinculación de Álvaro Uribe Vélez a la indagatoria responde a dos señalamientos principales: primero, el presunto incumplimiento de sus deberes de protección a la población civil durante las masacres de Ituango en 1996 y 1997, y segundo, su presunta participación en la creación, fomento y favorecimiento de grupos armados al margen de la ley, en concreto, el grupo paramilitar Bloque Metro que surgió en la hacienda Guacharacas de su propiedad. 

La votación de los representantes del Pacto Histórico

Esta breve referencia al expediente permite entender la gravedad de las acusaciones y la responsabilidad política que tiene la bancada del Pacto Histórico en el Congreso de la República por la votación realizada el 19 de agosto de 2026 en la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes. El control político público se dirige a los representantes a la Cámara por Bogotá Gabriel Becerra Yáñez, María del Mar Pizarro García y Heráclito Landínez Suárez; el representante a la Cámara por Antioquia David Alejandro Toro Ramírez, y el representante a la Cámara por Cauca Jorge Hernán Bastidas Rosero.

Los votos del Pacto Histórico a favor de la proposición de traslado del expediente de la Fiscalía a la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes favorecieron la proposición de los representantes del Centro Democrático a la Cámara por Bogotá Daniel Felipe Briceño Montes y Jesús Salim Lorduy Martínez, y el representante a la Cámara por Santander Jonathan Pineda. La estrategia de dilatación de la investigación jurídica no alcanzó a producir efectos de postergación de la indagatoria a Uribe Vélez el 4 de septiembre en el búnker de la Fiscalía, con la cual quedó “vinculado de manera formal al proceso.

La controversia política orientó la noticia hacia la división del Pacto Histórico, con lo que disminuyó el énfasis en la gravedad de la perpetración de los crímenes de lesa humanidad por el entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez. La justificación que presentaron los medios de comunicación, al considerar “razonable y jurídicamente pertinente clarificar la competencia del juez”, tuvo contestación inmediata por parte de las curules del Senado del Pacto Histórico. La intervención de la senadora Carolina Corcho recalcó que no existe ninguna duda jurídica sobre la competencia de la Fiscalía. Corcho argumentó en su red social X que las masacres de El Aro y La Granja y el asesinato de Jesús María Valle se perpetraron entre 1996 y 1998, cuando Uribe era gobernador de Antioquia, años antes de ser presidente (2002-2010).

Las declaraciones de la senadora Isabel Zuleta recordaron su condición de víctima de desplazamiento forzado de Ituango, refiriendo que el deber moral era votar en contra de la proposición. Denunció además que la defensa de Uribe históricamente ha eludido a la justicia y que este traslado solo buscaba dilatar o suspender la indagatoria penal programada para el 4 de septiembre. Adicionalmente, Iván Cepeda Castro, excandidato a la Presidencia por el Pacto Histórico, quien actúa como parte civil y ha liderado históricamente el proceso, desautorizó el traslado de la Comisión y exigió que la Fiscalía conserve la competencia exclusiva sobre el caso

La continuidad del bloque hegemónico colombiano

En el libro El bloque hegemónico colombiano. Rupturas y continuidades, 2002-2012, referimos tres hechos relacionados con la hacienda Guacharacas, que es pertinente tener en cuenta a la luz de las actuales actuaciones judiciales:

El primero corresponde al asesinato del padre, Alberto Uribe Sierra, en la hacienda Guacharacas, el 14 de junio de 1983, en hechos no del todo esclarecidos que dieron lugar a que algunos elaborasen la conjetura de un ajuste de cuentas vinculado al tráfico de drogas, entre estos Fabio Castillo dice que la agresión contra Alberto Uribe Sierra estuvo ligada a sus andanzas en los ámbitos del tráfico ilícito de drogas y la contrainsurgencia paraestatal. Sin embargo, la familia Uribe Vélez asegura que su muerte se produjo en medio de un enfrentamiento armado, cuando las Farc-EP intentaban secuestrarlo

El segundo se refiere al helicóptero que se reportó como destruido en el atentado contra Alberto Uribe Sierra en la finca Guacharacas. Puesto que años después fue encontrado en el operativo antinarcóticos ‘Operación Yarí’, realizado el 11 de marzo de 1984 en Tranquilandia, el mayor centro de operaciones de los carteles colombianos. Hecho que fue cuestionado en la primera campaña presidencial, cuando el periódico El Tiempo informó al respecto que, en “el complejo coquero bautizado Tranquilandia la Policía decomisó quince toneladas de pasta de coca y tres toneladas de droga procesada. Además, inmovilizó las avionetas Cessna HK 3064, HK 3007 –matriculadas en Colombia–, N 3271 y YV 1085 P –matriculadas en el exterior–. También, el helicóptero Hughes 500, de matrícula colombiana HK 2704 X, que, tal como lo reveló este diario el pasado domingo, era de Aerofotos Amórtegui Ltda., un negocio de toma de fotos aéreas del que Alberto Uribe Sierra, padre del candidato a la Presidencia Álvaro Uribe Vélez fue socio hasta su muerte, en junio de 1983, nueve meses antes de la operación contra el tráfico ilícito de drogas”. Adicionalmente, El 11 de abril de 1984 le fue cancelada la licencia de operaciones, aunque en un artículo publicado en El Nuevo Herald se informa que el primero de mayo de 1986 un helicóptero con las mismas características y similar matrícula cayó con cocaína en un céntrico sector de Medellín

Por último, durante el período en que ejerció como gobernador de Antioquia (1995-1997) fue acusado de participar en la conformación y operación del Bloque Metro de las AUC. En las declaraciones ante Justicia y Paz, varios exjefes paramilitares aseguraron que, en la hacienda Guacharacas, de propiedad de los hermanos Uribe Vélez, existió un grupo paramilitar para la década de los 90, cuando Álvaro Uribe era gobernador de Antioquia. Lo cual dio lugar a una denuncia en un debate de control político en la Comisión Segunda de la Cámara de Representantes en contra de Álvaro Uribe Vélez, Santiago Uribe Vélez, Juan Guillermo Villegas Uribe y Santiago Gallón Henao, presentada por el entonces representante a la Cámara Iván Cepeda, quién radicó el 11 de abril de 2012 la denuncia penal ante la Fiscalía General de la Nación

Adicionalmente, este último hecho tuvo un corolario de contrademanda. Iván Cepeda fue demandado por Uribe Vélez por “manipulación de testigos”, asunto del que fue absuelto Cepeda por la Corte Suprema de Justicia en febrero de 2018. En consecuencia, la Corte abrió un nuevo proceso contra Uribe Vélez por “soborno en actuación penal y fraude procesal”. Este último proceso permitió conducir a juicio público a Álvaro Uribe Vélez, donde fue condenado en primera instancia (agosto 2025) y absuelto en segunda instancia (octubre 2025) por el Tribunal Superior de Bogotá.  

Foto: Comisión de investigación y acusación Cámara de Representantes

La posible existencia de una alianza política 

Los tres hechos, y el juicio que se encuentra en la instancia de casación en la Corte Suprema de Justicia, permiten entender la relevancia del expediente activo en la Fiscalía Tercera Delegada ante la Corte Suprema de Justicia. Los 26 años de investigación judicial contra Álvaro Uribe Vélez han protagonizado múltiples desviaciones del proceder de la administración de justicia. La votación a la proposición en la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes es un antecedente político de máxima atención por parte de la militancia del Pacto Histórico, al tener en sus representantes cinco votos a favor de la dilatación del proceso. 

Las votaciones por la presidencia del Senado, el 20 de julio de 2026 en el Congreso de la República, permitieron la elección, con 56 votos a favor, de Honorio Henríquez del Centro Democrático, lo que generó la hipótesis de una alianza secreta entre el Centro Democrático y el Pacto Histórico. Este señalamiento vuelve a tomar curso en la reciente votación de la Cámara de Representantes. El Centro Democrático ciertamente no necesitaba de los cinco votos del Pacto Histórico; al ser la composición de la Comisión de 16 representantes, con los once votos restantes habían superado la mayoría, sin necesidad de abrir la polémica en la izquierda democrática. 

La polémica está creada. Además, puede sumarse una de las últimas actuaciones del entonces presidente Gustavo Petro. El 10 de julio de 2026 autorizó el traslado de Santiago Uribe Vélez, hermano del expresidente Álvaro Uribe, desde el búnker de la Fiscalía en Bogotá hasta una guarnición militar en Rionegro, Antioquia. Estas acciones en favor del mayor contradictor político permiten ciertamente elucubrar sobre la existencia de una alianza que aún no aflora de manera pública, pero que los hechos históricos vislumbran.

Le recomendamos:  La sentencia condenatoria en contra del expresidente Álvaro Uribe Vélez

Texto sugerido: Pardo Montenegro, Liliana. 2024. El Bloque Hegemónico Colombiano: Rupturas y continuidades, 2002-2012. Bogotá, D.C.: Primera edición.

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Liliana Pardo Montenegro

Escrito por:

Liliana Pardo Montenegro

* Doctora de la Universidad de Buenos Aires en Ciencias Sociales; magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Rosario; licenciada en Humanidades de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Foto: desempeño socioeconómico, pobreza multidimensional, desigualdad territorial, brecha rural-urbana, Mario Zambrano

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Un índice construido sobre PIB departamental, mercado laboral, pobreza monetaria y pobreza multidimensional compara 23 departamentos con información simultánea en las cuatro fuentes. Norte de Santander ocupa el puesto 16, muy por debajo de Santander, su homónimo y líder del ranking; pero el departamento crece más que el país y reduce pobreza con más fuerza que la mediana nacional. El número no describe un estancamiento: describe una convergencia que todavía no alcanza el nivel de los mejores.

Comparar departamentos con un solo número es, por definición, una simplificación. Por eso el Índice de Desempeño Socioeconómico Territorial (Idset) que aquí se presenta no pretende sustituir ninguna medición oficial del DANE ni erigirse en una nueva métrica de desarrollo: su función es más modesta y útil, condensar información heterogénea —desempeño económico, mercado laboral, bienestar por ingresos y pobreza multidimensional— para responder una pregunta clave: ¿Qué departamentos combinan mejor esas cuatro dimensiones en el mismo corte? El Idset pondera con 25% cada uno de cuatro subíndices (Desempeño Económico, Desempeño Laboral, Bienestar por Ingresos y Multidimensional Social), construidos sobre el universo de 23 departamentos con cobertura simultánea en las cuatro fuentes oficiales del DANE.

El resultado central es una singularidad instructiva: Norte de Santander ocupa el puesto 16 de 23 en el Idset, con 56,2 puntos sobre 100, en el segmento que podríamos llamar bajo-intermedio (percentil 34,8 de la distribución); sin embargo, su crecimiento real promedio 2021-2025 fue 4,81% anual, por encima del 4,61% nacional, y entre 2021 y 2025 su pobreza monetaria cayó 15,4 puntos porcentuales, casi el doble de la reducción mediana entre los 23 departamentos. El departamento crece más rápido que el país y reduce pobreza con más fuerza que la mayoría de sus pares, pero sigue partiendo de un nivel estructural bajo: su PIB per cápita corriente de $17,63 millones representa apenas el 50,5% del promedio nacional. El índice no mide solo dónde está un territorio: mide también hacia dónde se mueve, y esas dos preguntas no siempre dan la misma respuesta.

Esa singularidad se entiende mejor con perspectiva histórica. Entre 2005 y 2025pr, el PIB real departamental prácticamente se duplicó, de $8,05 billones a $16,14 billones a precios constantes de 2015; una tasa compuesta anual del 3,54%, apenas por encima del 3,48% nacional en el mismo lapso de veinte años. El repunte reciente no es, entonces, un cambio estructural repentino: la contracción de -5,5% en 2020 fue seguida de un rebote fuerte (10,8% en 2021; 7,0% en 2022) y una normalización posterior hacia tasas de 1,4% en 2023, 2,1% en 2024 y 2,8% en 2025pr. El diferencial favorable de los últimos cinco años convive, por tanto, con dos décadas de crecimiento prácticamente empatado con el país, y en el universo completo de 33 unidades territoriales por PIB per cápita, Norte de Santander ocupa apenas el puesto 22. Superar el promedio nacional en el margen no es lo mismo que cerrar veinte años de brecha acumulada.

La línea vertical punteada marca el puntaje de Norte de Santander como referencia para leer su distancia frente a cada departamento.

La descomposición en subíndices es más informativa que el puntaje agregado. Norte de Santander obtiene Desempeño Económico (IDE) = 49,3, Desempeño Laboral (IDL) = 45,5, Bienestar por Ingresos (IBI) = 69,0 y Multidimensional Social (IMS) = 61,1. El mercado laboral es, con diferencia, el mayor cuello de botella relativo: el departamento tuvo en 2025 la tercera tasa de desocupación más alta entre los 23 departamentos, después de Chocó y La Guajira, con una tasa global de participación (59,7%) y una tasa de ocupación (52,9%) por debajo de los referentes nacionales. Le sigue la dimensión económica, lastrada por un PIB per cápita bajo que compensa negativamente el buen ritmo de crecimiento reciente; en contraste, el bienestar por ingresos y la reducción de la pobreza multidimensional (que cayó del 29,5% en 2018 al 13,3% en 2025) sostienen el resultado agregado. El perfil no describe un departamento uniformemente rezagado: caracteriza una economía que mejora el bienestar de los hogares más rápido de lo que transforma su estructura productiva y laboral.

Vale la pena detenerse en ese subíndice, el más bajo de los cuatro, porque la mejora del desempleo no cuenta toda la historia. Entre 2021 y 2025, la tasa de desocupación cayó 3,2 puntos porcentuales (del 14,6% al 11,3%), pero la tasa global de participación retrocedió levemente del 60,55% al 59,68%, mientras la tasa de ocupación subió del 51,74% al 52,92%. Las tres series deben leerse juntas: una desocupación más baja acompañada de una participación estancada puede ocultar personas que dejaron de buscar empleo, no solo personas que lo encontraron. Frente a los referentes nacionales de 2025 (TGP 64,3%; TO 58,6%; TD 8,9%), el departamento muestra brechas de -4,6 p.p. en participación, -5,7 p.p. en ocupación y +2,4 p.p. en desempleo. Además, por transparencia metodológica: el IDL no incorpora informalidad laboral departamental porque el DANE no publica esa serie con la periodicidad que exige el panel; se usa como proxy la tasa de subempleo subjetivo, una limitación declarada que debería corregirse en cuanto existan microdatos GEIH comparables.

El polígono de Norte de Santander se mantiene por encima del punto medio (50) en tres de los cuatro subíndices, lo que matiza la lectura de "rezago generalizado".

La comparación con Santander (su homónimo y el departamento mejor posicionado del ranking, con 81,1 puntos) ilustra la magnitud de la brecha. Comparten nombre, pero no estructura: el PIB per cápita de Santander casi triplica el de Norte de Santander ($49,6 millones frente a $17,6 millones), su tasa de desocupación es 1,2 puntos menor y su pobreza monetaria es casi diez puntos más baja. Frente a un grupo de comparación más cercano en magnitud (Cesar, Boyacá, Magdalena y Córdoba), Norte de Santander no es el peor posicionado, pero tampoco logra despegarse: comparte con Magdalena y Córdoba el cuadrante de PIB per cápita bajo y pobreza monetaria alta.

Separar nivel de trayectoria cambia la lectura. En la fotografía estática de 2025, Norte de Santander aparece en el cuadrante de “alto crecimiento / bajo bienestar” y también en “alto crecimiento / mercado laboral débil”: la mediana de los 23 departamentos en crecimiento reciente es 4,49%, y el departamento la supera, pero sin alcanzar todavía el nivel de bienestar ni la profundidad laboral de los territorios mejor posicionados. Cuando se mide el cambio en vez del nivel (crecimiento frente a reducción de pobreza monetaria y frente a reducción de la pobreza multidimensional entre 2021 y 2025), el departamento se ubica en “alto crecimiento / fuerte reducción de pobreza” y “alto crecimiento / fuerte reducción de IPM”, ambas muy por encima de las medianas interdepartamentales de 10,5 y 5,8 puntos porcentuales, respectivamente. La evaluación correcta no es “está mal” ni “está mejorando”: ambas afirmaciones son parcialmente ciertas y conviven en el mismo departamento.

Las líneas discontinuas marcan los valores nacionales 2025; la posición de Norte de Santander respecto a ambas líneas resume el diagnóstico estructural del departamento.

La caída de la pobreza monetaria también ganó profundidad, no solo incidencia. Entre 2021 y 2025, la brecha de pobreza (qué tan lejos están los pobres, en promedio, de la línea) pasó del 21,9% al 11,0% y la severidad, que pondera más a quienes están más lejos de esa línea, bajó del 13,2% al 5,3%. No solo salieron personas por encima de la línea: quienes siguen siendo pobres están, en promedio, menos lejos de dejar de serlo. Con todo, una precaución interpretativa es necesaria: el Gini departamental (0,467) es menor que el nacional (0,531), pero eso no equivale a mejor desempeño social. Norte de Santander puede ser relativamente más igualitario que el país y, al mismo tiempo, tener una pobreza monetaria 5,7 puntos porcentuales más alta y un ingreso per cápita cerca del 31% menor ($881.718 frente a 1.281.590 nacionales). Menor desigualdad sobre una base de ingresos bajos no es lo mismo que bienestar alto.

La pobreza multidimensional esconde una segunda paradoja, más silenciosa que la del Idset. Su incidencia cayó 16,2 puntos porcentuales entre 2018 y 2025 (del29,5 % al 13,3%), pero la intensidad (cuántas privaciones acumulan, en promedio, quienes siguen siendo multidimensionalmente pobres) apenas se movió del 41,7% al 41,2%. Muchos hogares cruzaron el umbral y dejaron de contarse como pobres, pero quienes quedan del otro lado no están mejor dentro de su pobreza. Y esa pobreza que persiste es abrumadoramente rural: el 95% de los hogares rurales reporta trabajo informal como privación, frente al 77,7% en cabeceras; el 61,4% carece de una fuente de agua mejorada, frente a apenas el 1,8% urbano; una brecha interna de 60 puntos porcentuales dentro del propio departamento. La brecha rural-urbana del IPM total, en lugar de cerrarse, se amplió de 17,1 a 20,4 puntos porcentuales entre 2018 y 2025. El índice agregado (y el propio Idset, que no desagrega por zona) puede mejorar su lectura departamental mientras esta geografía interna permanece casi intacta.

El área sombreada entre la línea rural y la línea total visualiza directamente la brecha que el texto cuantifica.
Esta figura sostiene visualmente la afirmación del texto sobre por qué persiste la pobreza rural: no es solo ingreso, es infraestructura y vivienda.

Las implicaciones de política operan en más de una escala. En el plano departamental, la prioridad no puede ser el estímulo genérico al crecimiento: importan la composición sectorial de ese crecimiento, su intensidad en empleo y su capacidad de formalización, dado que el rezago principal está en la profundidad del mercado laboral, no en el ritmo de la economía.

En el plano rural —el más urgente y el menos visible en el puntaje agregado— la prioridad es la inversión sostenida en infraestructura básica y formalización productiva en el campo: cerrar una brecha de 60 puntos porcentuales en acceso a agua mejorada no se resuelve con transferencias monetarias, sino con acueductos veredales, y la brecha rural-urbana de 20,4 puntos en IPM exige presencia institucional sostenida en el Catatumbo y en las zonas rurales dispersas, no solo en el corredor urbano. En el plano técnico, queda una tarea explícita: incorporar informalidad laboral departamental en el IDL en cuanto el DANE la publique con la periodicidad necesaria y actualizar el Idset cada año para que la lectura de “nivel” frente a “trayectoria” no dependa de un único corte transversal.

Un departamento puede crecer más rápido que el país entero y, aun así, seguir llegando tarde a su propio punto de partida. El índice no resuelve esa tensión: apenas la hace visible.

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Mario de Jesus Zambrano Miranda

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Mario de Jesus Zambrano Miranda

* Docente de la Escuela Superior de Administración Pública, Territorial Norte de Santander-Arauca.

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Quienes conocían a Naín Pérez Toncel insisten en recordarlo con afecto, a pesar de sus notorias fechorías, y él perseguía la permanencia que el bandido social reclama: quedar inscrito en la memoria colectiva a través de canciones y relatos. En medio de la ausencia del Estado, miles de jóvenes lo tenían como un referente de éxito.

Hace pocos días murió en Riohacha un hombre de veintiséis años. Su nombre no era un alias: se llamaba Naín, y así lo llamaba su gente. La prensa nacional escribió “alias Naín”, como si su propio nombre de pila fuera ya una máscara, cuando el único alias verdadero era el otro: Bendito Menor. Esa distinción revela un hábito: alias es un cierre, no una pregunta; oculta mientras finge revelar.

Algunos medios lo llamaron wayuu, lo cual es falso. Naín Andrés Pérez Toncel era un guajiro criollo, con rasgos afro, hijo de esta tierra mestiza y no de un pueblo indígena. Tenía, sí, una competencia mestiza: la destreza de moverse entre sistemas culturales —el wayuu, el criollo y el afrodescendiente—. Esa competencia le dio movilidad, no identidad.

Confundir a un guajiro criollo con un wayuu no es un matiz periodístico: es reproducir el cliché de una Guajira homogénea, incapaz de reconocer su propia complejidad.

Colombia entiende su violencia en blanco y negro: se es paramilitar o se es guerrillero. No existe sitio para el bandido social que describió Eric Hobsbawm, figura reconocida por su comunidad como regulador de injusticias, no como delincuente foráneo. La categoría resulta útil para comprender ciertas formas de autoridad que surgen allí donde el Estado pierde capacidad de regulación.

Naín recaudaba tributos, imponía toques de queda, impartía una justicia sumaria, silenciaba la avenida Circunvalar y paralizaba el comercio de Riohacha por tres días sin que el Estado pudiera evitarlo. De hecho, actuaba como el gobernante real del territorio. A diferencia de los jefes paramilitares foráneos, vistos como ejércitos de ocupación, Naín jugaba de local.

Él mismo mandó componer una especie de himno, cuya letra decía: “La tierra guajira duerme tranquila cuando patrulla el Menor”. Se presentaba como el hombre armado que protege tu sueño, aunque muchos ciudadanos veíamos justamente lo contrario. Con todo, su féretro entró escoltado por motociclistas que disparaban al aire. Encontró la muerte porque desafió reiteradamente al Estado.

Su condición de influencer concentró en él mismo todos los reflectores: no era la máxima cabeza de su organización ni quien más poder tenía, pero sí el más mediático. En él se representó toda la criminalidad diversa que opera en La Guajira y en la Sierra Nevada.

Naín Pérez Toncel actuaba como el gobernante real del territorio. A diferencia de los jefes paramilitares foráneos, vistos como ejércitos de ocupación, Naín jugaba de local.

La pregunta no es moral, sino existencial: ¿por qué surgen los Benditos menores? Quizás porque, en territorios donde la movilidad legítima está clausurada, el prestigio se vuelve un bien escaso que se disputa por las vías disponibles. Naín no solo acumuló armas, tributos y territorios: acumuló una narrativa sobre sí mismo.

Quienes lo conocieron insisten en recordarlo con afecto, a pesar de sus notorias fechorías. Esa fidelidad no lo absuelve. Perseguía la permanencia que el bandido social reclama: quedar inscrito en la memoria colectiva a través de canciones y relatos. Miles de jóvenes lo tenían como un referente de éxito, aunque la memoria de estos tiempos sea líquida y se diluya con la siguiente estructura armada.

La Guajira funciona como una heterotopía: un espacio real donde conviven tiempos distintos —el del Estado, que llega tarde; el ritual; y el tiempo acelerado de las redes sociales—. Allí se mezclan órdenes incompatibles. Naín no fue una anomalía de ese territorio: fue su síntoma más claro, el orden violento que intenta llenar el vacío de otro orden.

Los Benditos menores seguirán surgiendo mientras esa ausencia persista. La pregunta que deja su muerte no es quién ocupará su lugar, sino qué clase de Estado sigue fabricando, sin saberlo, el vacío que ellos llenan.

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Weildler Guerra Curvelo

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Weildler Guerra Curvelo

ISSN 2145-0439

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