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Un museo no debe ser de izquierda ni de derecha. Un archivo no debe ser progresista ni conservador. Una biblioteca nacional no debe obedecer a una doctrina política. Un instituto científico no debe convertirse en escenario de cruzadas culturales. Estas instituciones pertenecen al Estado, pero, sobre todo, pertenecen a la sociedad.
Del péndulo de izquierda al péndulo de derecha
El gobierno de Gustavo Petro llegó al Ministerio de Cultura con la intención explícita de modificar el modelo anterior. La ministra Patricia Ariza encarnó esa ruptura poniendo el énfasis en un discurso que reivindicaba una cultura vinculada a las comunidades, los territorios, los movimientos sociales y una lectura política de la memoria. Luego el Ministerio pasó a llamarse de las Culturas, las Artes y los Saberes, un gesto simbólico, pero cambiar el nombre de un ministerio no es cambiar la política cultural. La salida de Ariza y la sucesión de encargos y ministros: Jorge Zorro, Juan David Correa y Yannai Kadamani, dejaron al descubierto el problema de fondo: una cartera que necesita políticas de largo plazo no tuvo continuidad ni siquiera dentro de un mismo gobierno.
Con Juan David Correa la gestión cultural adquirió un tono abiertamente combativo. Correa no llegó sin experiencia: escritor, periodista, editor y gestor cultural, había trabajado en Fundalectura y en la Biblioteca Nacional y participado activamente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Lo discutible fue que durante ese período se mezclaran la gestión pública, la discusión ideológica y las posiciones personales, con confrontaciones que terminaron trasladándose al terreno institucional.
Esa politización alcanzó también a proyectos emblemáticos: el Hospital San Juan de Dios, el Museo Afro, el Galeón San José, el idioma español, la religión católica y las transformaciones planteadas en el Museo Nacional y el Icanh, cuya magnitud exige continuidad y evaluación.
El nuevo gobierno: cambia el color, no necesariamente el problema
Con un gobierno de derecha era previsible que el péndulo cambiara de dirección. La designación de Paola Holguín como ministra de las Culturas generó mucha inquietud en sectores del mundo cultural, pero también la esperanza razonable de que, tras las turbulencias anteriores, se privilegiaran la experiencia, la formación y el conocimiento especializado en la conformación de los equipos directivos.
Los primeros nombramientos no confirman esa esperanza. Se han producido designaciones en instituciones fundamentales como la Biblioteca Nacional, el Archivo General de la Nación, la Quinta de Bolívar, el Museo de la Independencia y el Instituto Caro y Cuervo. Varios de los nombrados tienen experiencia importante en gestión cultural, administración pública o comunicación, y no tiene sentido descalificarlos de entrada. Pero hay una pregunta que debería ser obligatoria para cualquier gobierno, independientemente de su orientación política: ¿basta una experiencia general en gestión cultural para dirigir instituciones que requieren conocimientos altamente especializados?
El nombramiento de Julia Cristina Daza en la dirección de la Biblioteca Nacional plantea interrogantes tanto por su perfil profesional como por la manera como se produjo su presentación ante los funcionarios de la institución. Comunicadora social y periodista, con trayectoria en la gestión pública, empresarial y la cooperación internacional, su hoja de vida no muestra experiencia específica en bibliotecología ni en gestión del patrimonio bibliográfico. A esta inquietud se suma un episodio revelado por La Silla Vacía: durante el acto de presentación realizado el primero de octubre, Daza ingresó al auditorio al son de una canción de campaña de Abelardo de la Espriella, ante funcionarios y contratistas de la Biblioteca. El hecho plantea serias preguntas sobre la necesaria separación entre las instituciones culturales del Estado y los intereses políticos del gobierno de turno, así como sobre el respeto que merecen los servidores públicos en escenarios que deberían estar al margen del proselitismo. La Biblioteca Nacional, fundada en 1777 y responsable de custodiar una parte fundamental de la memoria documental del país, no puede convertirse en escenario de adhesiones políticas ni en instrumento de una determinada visión ideológica de la cultura. Más allá de las controversias sobre su nombramiento, lo que está en juego es la autonomía institucional y la garantía de que la preservación, la investigación y la divulgación de nuestro patrimonio bibliográfico respondan al interés público y no a las prioridades políticas de quienes gobiernan.

Un viceministerio de patrimonio frente a una emergencia patrimonial
El caso más delicado es el de la viceministra de los Patrimonios, las Memorias y la Gobernanza Cultural, Aglaé Dinora Caraballo Mercado. Su hoja de vida oficial destaca más de 25 años como comunicadora social, especialista en gerencia de proyectos, artista y gestora cultural, sobre todo en el ámbito del folclor y la gestión cultural regional. Es una trayectoria valiosa, pero no es evidente que corresponda a la complejidad técnica de un viceministerio que no se limita a la promoción cultural: tiene a su cargo la política estatal de preservación, conservación, intervención, protección y salvaguardia del patrimonio cultural de la Nación.
El terremoto del 10 de agosto de 2026, que dañó el patrimonio cultural de varios departamentos, convirtió esa duda en un problema concreto. El primer balance del Ministerio identificó cuarenta bienes de interés cultural del ámbito nacional afectados; semanas después, el Gobierno informó de 378 bienes, doce centros históricos y trece manifestaciones de patrimonio inmaterial, y se expidió una resolución para facilitar primeros auxilios y acciones urgentes. Es una de las mayores emergencias patrimoniales de los últimos años y exige diagnóstico, priorización de riesgos, coordinación con las autoridades territoriales, conocimiento en conservación y restauración, gestión de recursos y presencia institucional sobre el terreno.
Para eso existe un viceministerio de patrimonio. En septiembre, la ministra Holguín recorrió Manizales, Aguadas, Pácora, Salamina, Pereira, Armenia, Filandia, Quimbaya, Montenegro, Cali y Buga para verificar daños, escuchar a las comunidades y avanzar en una ruta de reconstrucción. Sin embargo, en la información oficial que he podido verificar no aparece un recorrido equivalente de la viceministra Caraballo, lo que contrasta con la visibilidad de su agenda en otros escenarios y plantea una pregunta institucional, no personal: ¿dónde está el liderazgo del Viceministerio de Patrimonios frente a la mayor emergencia patrimonial que ha enfrentado este gobierno?
Lo ocurrido esta semana en el Archivo General de la Nación, una capacitación sobre Evaluación PosT Desastre para el Sector Cultura en Colombia con el apoyo de la Unesco, muestra una preocupante desconexión entre el Ministerio y los territorios afectados. Casi dos meses después del terremoto, cuando las comunidades y autoridades locales llevan semanas enfrentando la emergencia, apenas comienza a estructurarse desde Bogotá una respuesta específica, con una primera asistencia de US$60.000 claramente insuficiente frente a la magnitud de los daños. Más que una respuesta oportuna, esto plantea interrogantes sobre la capacidad técnica y el liderazgo del Viceministerio para enfrentar una emergencia patrimonial de esta dimensión.
No se trata de exigirle que sea a la vez arquitecta restauradora, arqueóloga, conservadora, historiadora, archivista y museóloga; ningún funcionario reúne todas esas competencias. Se trata de que quien ejerce la máxima responsabilidad política sobre los patrimonios comprenda la complejidad de esos campos, dialogue con sus especialistas y ejerza un liderazgo técnico y político visible. Con cientos de bienes afectados, esa ausencia pesa más que cualquier debate ideológico.
¿Para qué estamos formando especialistas?
Hay aquí una paradoja. El país cuenta con historiadores, antropólogos, arqueólogos, archivistas, restauradores, conservadores, museólogos, arquitectos especializados en patrimonio, bibliotecólogos, científicos de materiales y gestores culturales, formados durante décadas en programas de pregrado, especialización, maestría y doctorado.
Hay personas que han dedicado diez, quince o veinte años a aprender cómo conservar una colección, intervenir un edificio histórico, investigar un objeto arqueológico, administrar un archivo o construir una exposición. Quienes trabajamos en su formación tenemos derecho a una pregunta incómoda: ¿para qué forma Colombia a estos profesionales si, a la hora de dirigir las instituciones que protegen el patrimonio, la especialización se vuelve un criterio secundario?
El Instituto Caro y Cuervo y los límites de la ideologización
El caso del Instituto Caro y Cuervo muestra que la politización no es exclusiva de la izquierda. Su actual director, Sergio Esteban Vélez, ha generado controversia por declaraciones y contenidos sobre escritores colombianos y por el uso de espacios institucionales para expresar determinadas posiciones sobre la literatura y la cultura.
El Instituto tiene una responsabilidad académica y científica que trasciende las opiniones de quien lo dirige. Su misión: el estudio de la lengua, las literaturas y la cultura colombianas, exige pluralidad intelectual, rigor científico y respeto por la diversidad de enfoques. Convertir sus canales en escenarios de confrontación cultural o de moralización de la literatura sería tan inconveniente desde la derecha como lo habría sido desde la izquierda.
No necesitamos otro péndulo
El gobierno Petro mostró los riesgos de una cultura politizada desde la izquierda; el actual corre el riesgo de reproducirlos desde la derecha. Ayer se usaban de manera dogmática categorías decoloniales; hoy pueden usarse con la misma rigidez categorías conservadoras. Ayer se miraba con sospecha lo que representara tradición; hoy podría mirarse así el pensamiento crítico o progresista. En ambos casos el error es idéntico: sustituir el conocimiento por la ideología.
Un museo no debe ser de izquierda ni de derecha. Un archivo no debe ser progresista ni conservador. Una biblioteca nacional no debe obedecer a una doctrina política. Un instituto científico no debe convertirse en escenario de cruzadas culturales. Estas instituciones pertenecen al Estado, pero sobre todo pertenecen a la sociedad.
Los gobiernos tienen derecho a establecer prioridades culturales, decidir cuánto invertir y qué programas y proyectos impulsar. Lo que no deben es confundir política cultural con control político de las instituciones. Cuando cada gobierno llega convencido de que debe refundarlo todo, el país pierde algo más valioso que un programa: pierde continuidad.
Hacia una verdadera política cultural de Estado
¿Qué haría falta para que la política cultural sobreviva a los gobiernos? Para empezar, definir perfiles profesionales claros para los cargos directivos de las principales instituciones, fortalecer los mecanismos de selección y evaluación, garantizar que la experiencia específica pese de verdad en los nombramientos y crear indicadores públicos que midan resultados y no discursos.
Haría falta también proteger la continuidad de los grandes proyectos patrimoniales y dar a las universidades y comunidades académicas un papel real en las políticas públicas: no para legitimar decisiones ya tomadas, sino para participar en su formulación, evaluación y seguimiento.
La cultura necesita política, pero no politización; necesita gobiernos, pero no depender de ellos; necesita comunidades, pero también especialistas. Y necesita funcionarios que entiendan que dirigir una institución cultural no es un premio político ni una plataforma para defender convicciones personales, sino una responsabilidad pública.
La cultura no pertenece a Petro ni a Abelardo, ni al ministro de turno ni a una corriente ideológica. Pertenece a la sociedad colombiana. Por eso quienes la custodian deben llegar a sus cargos por lo que saben y por su compromiso con lo público, no por su afinidad con el gobierno de turno.
Porque un gobierno dura cuatro años. Una institución puede durar un siglo. Y la memoria de un país, si sabemos conservarla, debería durar mucho más.
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¿Qué lugar ocupa la cultura en la democracia colombiana?

