2011. El mundo: Primavera, verano, otoño, invierno... y otra vez primavera - Razón Pública
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2011. El mundo: Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera

Escrito por Massimo Di Ricco
Massimo Di Ricco

Massimo Di RiccoYa casi un año desde la primavera árabe. Es otro el paisaje. Son otros los sueños. El islamismo ha triunfado en todas partes. Los militares no se han dejado sacar del poder. El proceso de consolidación de la democracia tambalea, pero ahí va. Una mirada retrospectiva y comprensiva, que revela además la intervención vergonzante de las grandes potencias. 

Massimo Di Ricco*

La misma película

Hace poco más de un año todo el mundo miraba al Medio Oriente con los ojos cansados de siempre, ojos que veían la contínua representación del mismo escenario:

  • Unos observaban la región bajo la lupa de la opresión del pueblo palestino, otros apoyaban los derechos de Israel de defender su Estado, dentro de los supuestos confines históricos del pueblo judío.
  • Había quienes identificaban las continuas invasiones o intromisiones extranjeras para el control de los recursos de la región y de sus políticas como la causa de los males de esta región. Algunos entendían los sucesos violentos del momento como consecuencia un reflejo del aumento exponencial del sentimiento religioso, de una lucha identitaria y de poder entre diferentes sectas, en nombre del fanatismo conservador.

El peligro islamista, alimentado por la nueva época que se inició el 11 de septiembre de 2001, se ubicaba en la cima de la lista de prioridades y de preocupaciones. Era el crecimiento de la influencia del Islam dentro de las sociedades árabes lo que provocaba el malestar más común, incluso entre sus propios intelectuales.

Además, el panorama se completaba con la presencia por toda la región de regímenes autoritarios que actuaban bajo total impunidad, mientras reprimían cualquier manifestación de disenso, controlando los medios de comunicación y la arena política. Quienes intentaban entrar a ella acababan atropellados por la maquinaria del nizam – el sistema – perdidos como Kafka en el Castillo, metáfora muy apropiada para definir las cárceles de la región.

Algo empezó a germinar

Pero comenzaba a cocinarse algo que incitaba al replanteamiento de los paradigmas mediante los cuales se interpretaba esa realidad. Parecían actos insignificantes en medio de un mar de opresión y de hipocresía internacional. Los opositores de siempre, que entraban y salían de celdas y juzgados, continuaban enfrentándose como podían a los regímenes autoritarios, pero desde hacía unos años habían empezado a contar con la ayuda de nuevos actores.

No eran nombres conocidos, eran individuos, simples activistas, grupos de trabajadores, defensores de derechos humanos, que bajo el duro bastón del régimen empezaron a fastidiar a aquellos poderosos que parecían inamovibles.

Los trabajadores egipcios y tunecinos ya llevaban varios años desafiando a sus respectivos regímenes; sus armas eran las frecuentes llamadas a la huelga, las manifestaciones públicas y el intento de establecer sindicatos independientes, diferentes de aquellos que ya estaban cooptados por el sistema. Se estaban organizando y, actuaban asertivamente dando pequeños pasos, sirviendo de ejemplo para el resto de la población.

A su lado crecían las nuevas generaciones que ya llevaban años ensayando en la red la forma de oponerse a los regímenes. Si la calle resultaba inaccesible para manifestar el propio disenso, tampoco era muy fácil hacerlo en el espacio virtual, pero allí la batalla ofrecía ciertas ventajas.

Además de estos actores más públicos y reconocibles, estaba la masa desconocida que soportaba su frustración cotidiana, intentando ganar un poco de bienestar, pero que no tenía otro remedio que asumir las múltiples limitaciones económicas y educativas impuestas por esos sistemas experimentados en dominar las masas.

Y fue precisamente en las zonas más desfavorecidas donde saltaron las primeras chispas revolucionarias, símbolo del malestar generalizado de aquellas personas que ya no podían aguantar una vida cotidiana indigna y con hambre.

Las primeras chispas

Desde las periferias se escucharon los primeros gritos contra de los regímenes políticos y la opresión, normalmente centralizados en las capitales: Sidi Bouzid, Deera, Ismaliliya, Benghazi. También la población de los núcleos urbanos donde los regímenes eran más fuertes comprendió rápidamente que estaba frente a un único momentum, como se vio en los casos de Túnez, El Cairo y Sanaa.

Las sublevaciones respondían a unos preceptos que no encajaban en los mapas de variables de interpretación que se asentaban sobre el Medio Oriente: ningún líder, ningún jefe de partido, y al principio una actitud de disenso pacifica. Manifestaciones que olían a martirio, considerando el poder represivo de los regímenes.

A diferentes velocidades fueron cayendo los regímenes, mientras otros aguantaron con reformas, como Marruecos, y algunos más siguen a la espera de que nuevos actores los remplacen.

Tras el primer revolcón revolucionario, los partidos de base social islámica fueron los primeros en alzar la cabeza. En los regímenes proto-seculares de la región, herencia de un arabismo que desapareció con Nasser, los islámicos estuvieron reprimidos por décadas bajo la férula del régimen que los veía con razón como los únicos que podían realmente desafiarlo.

Si bien vivieron reprimidos, lograron consolidar una base política y social única, que facilitó consolidar un discurso político directamente en los núcleos familiares. Esta consolidación se materializó con las recientes elecciones en Marruecos, Túnez y Egipto, donde fue la victoria arrasadora de grupos de tendencia islámica, más o menos radicales.

El islamismo triunfante y los militares

La primera consecuencia de esta victoria electoral ha sido alarmar a sus opositores que son, por definición, los seculares–liberales y los grupos de izquierda. Estos grupos, que al principio constituyeron el motor de la revolución, perdieron su fuerza en el momento de liderar la transición, por falta de una organización de base popular, y acabaron siendo castigados en las elecciones.

Otro actor que, para bien o para mal, obtuvo más poder gracias a las revueltas fue la casta militar. Un sector de poder, silencioso, que siempre había estado cerca de los poderosos, pero a prudente distancia política a fin de conservar su autonomía práctica, logró mantener un control casi sobrenatural sobre todo el proceso.

Por un lado se hicieron cargo de la integridad del Estado en la disputa entre regímenes y manifestantes, actuando como últimos poseedores de la moral humana frente a la represión violenta de las fuerzas policiales. Tanto en Túnez como en Egipto los militares se autoproclamaron como el único baluarte estatal. Se dividieron en bandos opuestos en Yemen y en Siria, pero sin duda focalizando su atención hacia la tenencia del poder.

Los militares llevaron celosamente la transición especialmente en Egipto, en sintonía con la población y fueron aclamados hasta hace muy poco como héroes. Solo unos pocos se recordaron que también Mubarak venia de la misma casta, que los mismos tienen importantes intereses económicos en sus países, y que siempre se han posicionado como primer interlocutor para los agentes internacionales, que preferían la impunidad y el despliegue de la fuerza militar al caos.

Petróleo y geopolítica

Fuera y dentro de la región también cambiaron las perspectivas y los escenarios. Las fuerzas occidentales se quedaron sorprendidas frente a los acontecimientos que tenían lugar en sus antiguas extensiones de poder territorial y económico. El reino francés de Túnez y los reinos estadounidenses de Egipto y Yemen empezaron a vacilar sin que sus embajadas siquiera hubieran podido imaginar algo parecido. Al principio apostaron a cerrar ambos ojos, pero finalmente tuvieron que buscar una solución para no perder completamente su ya muy mala reputación en la región.

La Libia del indomable Gadafi y de sus recursos inconmensurables en petróleo fue la oportunidad que cayó del cielo para que las fuerzas occidentales entraran con prepotencia en el juego. Repitiendo la tendencia de la última década, inventaron nuevos precedentes para el derecho internacional y aplicaron resoluciones que dejaban espacio a amplias interpretaciones. Rusia y China intentaban oponerse estérilmente, y siguen trabajando para mantener con vida a sus aliados económicos y militares en esta zona superestratégica.

Sin duda, las sublevaciones han logrado modificar el balance de poder en términos de la hegemonía regional. Por ejemplo, el pequeño reinado de Qatar, con la ayuda de al-Jazeera, ha ganado cada vez más poder de negociación dentro la escena diplomática inter-árabe.

Arabia Saudí ha intentado mantener el control del Golfo Pérsico, apoyada en silencio por Norteamérica y haciendo de pacificador militar y diplomático, tanto en Bahréin como en Yemen. El objetivo ha sido claro: reducir el espacio a la influencia iraní en el mundo árabe, tras haber perdido influencia sobre Irak, Siria y en buena medida el Líbano.

En medio de todo esto, Israel y Palestina se quedaron anclados en los viejos paradigmas, actuando como si fueran ajenos a los acontecimientos de la región. La falsa esperanza del reconocimiento internacional del Estado palestino se cruzó con el silencio tanto del gobierno israelí como de las facciones palestina de Hamas y Fatah.

El aire revolucionario no entró en Jerusalén y no contaminó ni a los palestinos ni los israelíes, que en su manifestación de disenso prefirieron plegarse a la preocupación ante la crisis económica mundial más que a los problemas de su entorno.

Otro paisaje, otros sueños

Para diciembre de 2010, el panorama de Medio Oriente era escalofriante: 22 países y 21 regímenes autocráticos, más un Estado –Israel- de semi-apartheid. Algunos de estos cayeron, otros aguantaron o cambiaron de piel.

En algunos casos los revolucionarios derrocharon su energía en la emoción provocada por la caída de los dictadores, sin prestar atención suficiente a las ramas del sistema, y olvidaron diseñar estrategias y preparase para una acción sostenida. Solo unos pocos miembros de los antiguos regímenes fueron sometidos a la justicia, mientras muchos ciudadanos comunes siguen en las cárceles.

Sin embargo los sueños de hace un año aun siguen vivos y el miedo se ha ido desvaneciendo. Sin miedo, soñar ya no cuesta nada. El cumplimiento de los sueños se hace cada vez más apremiante y ahora ese es el combustible que mueve a toda la región.

* Profesor visitante en el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Estudios Culturales Mediterráneos de la Universidad de Tarragona, ha sido investigador en la Universidad Americana de Beirut (Líbano) y en la organización Egyptian Initiative for Personal Rights (EIPR). Corresponsal de varios medios italianos y españoles desde Beirut y El Cairo.

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