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La reanudación de relaciones con Venezuela es un proceso que apenas comienza. Pero, por ahora, es un triunfo del pragmatismo sobre el dogmatismo y del interés sobre la polarización.

Adiós al maniqueísmo

Más allá de los resultados inmediatos que se deriven del encuentro de los presidentes Santos y Chávez en Santa Marta el pasado 10 de agosto, el primer gran logro del nuevo gobierno de Colombia en materia de política exterior es haberle dado un viraje radical al enfoque y la estrategia que la administración Uribe impuso a la diplomacia colombiana durante los últimos años.

En lo esencial, este cambio implica abandonar una lectura dogmática, maniquea e ideologizada de la política internacional y sustituirla por una visión pragmática, racional y flexible. Se trata de un viraje cuyo impacto se sentirá seguramente en la agenda de la Cancillería de Colombia, tanto en su composición temática como en su repertorio de escenarios e interlocutores.

El balance positivo que por ahora arroja este primer intento de normalización con Venezuela, luego de la primera reunión interministerial en Caracas, debe atribuirse a esta reformulación de la política exterior colombiana, antes que a la mera coyuntura resultante de la transición presidencial, las denuncias hechas por Colombia en diversos foros multilaterales, la presunta intervención de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), o las enormes presiones internas que enfrenta Chávez de cara a los comicios de septiembre próximo.

Allanando el camino…

No hay que desconocer, sin embargo, que se han combinado favorablemente varios factores para allanar el camino que empezó a recorrerse en Santa Marta.

Por un lado, con Uribe relegado a la condición de actor de reparto, la mutua antipatía que él y Chávez se profesan no tendrá ya la incidencia que tuvo en el escalamiento de la tensión entre los dos países. Por otro, la evidencia existente sobre la forma en que las FARC y el ELN medran en Venezuela, amparados por su negligencia, o inclusive, por su solidaridad permisiva, se ha convertido en un fardo incómodo y en un estigma escandaloso para el régimen chavista. Y por último, el apremio electoral, como la fe, mueve montañas, sobre todo en medio del desabastecimiento, la inflación y la contracción de la economía.

Todo lo anterior es cierto. Pero la apuesta de Colombia va más allá de lo temperamental, de la expectativa de que Venezuela se convierta —tras décadas de pasividad— en un aliado de su lucha contra el narcoterrorismo, o de aprovechar el vaivén electoral para hacer de la necesidad ajena, una virtud propia.

En efecto, el nuevo enfoque de su política exterior le permite a Colombia hacer una apuesta estratégica mucho más ambiciosa con respecto a Venezuela. Para ello, ante el hecho irremediable de su vecindad con ella:

- Parte de reconocer que Chávez es el que es, y que no dejará de serlo —al menos mientras gobierne—, así como tampoco su proyecto de revolución bolivariana, expansivo e intervencionista por naturaleza.

- Revisa, en un concienzudo ejercicio de autocrítica, la valoración que hasta ahora ha hecho de sus propios intereses, prioridades y preocupaciones, entre ellos la actividad transfronteriza de los grupos armados ilegales y su capacidad real de perturbación y desestabilización.

- Y por lo tanto, concentra su esfuerzo en encontrar, para relacionarse con ella, una fórmula minimalista, basada en la coexistencia tanto como en la contención.

En el mediano plazo, esa fórmula de delicado equilibrio deberá permitirle a Colombia la satisfacción del más amplio y diverso espectro de intereses nacionales (no sólo en el campo de la seguridad), ya no en función de expectativas y escenarios ideales sino de las posibilidades concretas, aunque tal vez limitadas, de obtenerla; mientras se reduce al mismo tiempo la exposición internacional del país y de sus asuntos internos, por cuenta de su volátil y potencialmente inflamable relación con Venezuela.

Pragmatismo en perspectiva

Poco antes de culminar su mandato, el ex presidente Uribe advirtió sobre los riesgos de una “diplomacia meliflua y babosa”. Nada más opuesto a esa diplomacia que la reunión de Santa Marta, que tampoco sella, dicho sea de paso, una reconciliación definitiva. Sin ingenuidad, sin ninguna renuncia o apaciguamiento, sino con un oportuno y acertado despliegue de realismo, lo de Santa Marta es una muestra de la estrategia que Colombia necesita para recuperar el espacio y el protagonismo constructivo que le corresponden en el entorno regional, para proyectar con mayor eficacia sus objetivos geopolíticos, y para capitalizar así las oportunidades que le ofrece el complejo y promisorio escenario internacional del siglo XXI.

Con una perspectiva más amplia, si su esfuerzo con Chávez da resultados (a pesar de los obstáculos que sin duda tendrá que sortear en el intento), Colombia estará haciendo una importante contribución a la estabilidad regional y al mejoramiento de las relaciones interamericanas. Estaría demostrando así que en un marco de confianza erosionada, cooperación limitada y disenso ideológico —como el de su relación con Venezuela—, el pragmatismo y la lógica del interés pueden ser mejor plataforma para participar en el juego de la política internacional que el dogmatismo y la lógica de la polarización.

Ese aporte nada desdeñable le serviría, por ejemplo, como carta de presentación y aval a la hora de promover su aspiración, ya declarada, a ocupar uno de los puestos no permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas durante los próximos dos años. Y representaría, sin lugar a dudas, un hito en la historia de su práctica diplomática y su política exterior.

* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. Catedrático de la Academia Diplomática de San Carlos. Investigador del Centro de Estudios Estratégicos sobre Seguridad y Defensa Nacionales.

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Andrés Molano Rojas*

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