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fernando_estradaEl autor revisa la lectura que se ha dado en Colombia en torno al conflicto con Venezuela. Para él, las cosas vienen de mucho antes y su agudización obedece a varios factores coyunturales que, aunque no sin dificultades, pueden superarse al menos parcialmente.

Andrés Molano-Rojas*

Razones in pectore

Ante el hecho cumplido ya no tiene sentido preguntarse —como lo hacía el editorialista del Washington Post el pasado viernes 30 de julio— por las razones que llevaron al presidente Uribe a terminar sus ocho años de gobierno con un nuevo enfrentamiento con el presidente de Venezuela, Hugo Chávez[1]. Es probable que tales razones (y la lógica que acaso las acompañó) permanezcan, como las de Carlos III para expulsar a los jesuitas de todos los dominios españoles, “en lo más profundo de su corazón”. Allá las guardará, junto a otras encrucijadas del alma que aún no tiene resueltas.

En lugar, pues, de dar vueltas en círculo alrededor de esa pregunta, tal vez resulte útil para comprender la naturaleza del crónico desencuentro entre Bogotá y Caracas, someterlo a una especie de radiografía que permita establecer los factores que hasta ahora dan cuenta no sólo de su prolongación sino de su escalamiento.

Este ejercicio quizá contribuya a que, aprovechando el cambio de gobierno, quienes toman decisiones en Colombia diseñen por fin una estrategia que vaya más allá de los micrófonos y del efecto mediático, y promuevan eficazmente los intereses del país en la relación binacional, al menos parcialmente: tanto como el carácter porfiado, lábil y errático de Chávez lo permita.

Vino viejo en odres nuevos

El meollo del desencuentro tiene que ver, esencialmente, con tres hechos principales:

  • La escasa colaboración, e incluso la evidente negligencia del gobierno de Caracas en la lucha contra las organizaciones armadas ilegales, y en particular contra las FARC;
  • Su sordera ante la reiterada información proporcionada por Colombia en relación con la actividad transfronteriza de las mismas;
  • La evidencia de que algunos funcionarios venezolanos puedan estar directamente involucrados en sospechosos tratos con esa guerrilla.

En realidad, no se trata de asuntos totalmente inéditos en la agenda bilateral. Tampoco corresponden con exclusividad al régimen chavista. Basta recordar, sólo como ejemplo, que hace un par de décadas se denunció que algunos miembros de la Guardia Nacional intercambiaban con las FARC armas por droga. Aunque Venezuela no tomó ninguna medida “contundente”, ello no perturbó de manera sustancial las relaciones con Colombia.

¿Entonces?

El cambio estriba en que a diferencia de lo que ocurría hace años, la actividad transfronteriza de las FARC ha adquirido para Colombia una especial importancia estratégica, en momentos en que esa organización (¡y qué decir el ELN!) atraviesa una de las etapas más críticas de su historia.

Aprovechando la porosidad y la fluidez de la frontera, las FARC:

  1. Emplean a Venezuela como refugio para protegerse, reposar, atender heridos, renovar provisiones y desplazarse, a salvo de la enorme presión que sobre ellas ejercen las Fuerzas Militares de Colombia;
  2. Utilizan la frontera como una zona de retaguardia donde esperan, impacientes, el momento propicio en el que puedan revertir la dinámica de su confrontación con el Estado; y
  3. Han descubierto el enorme rédito que les genera el convertir la línea fronteriza en un escenario de perturbación, dentro del contexto de desconfianza y recelo en viven hoy dos países, y aprovechando el hecho de que, por fuerza de las circunstancias, Colombia deba evitar proporcionarle a Chávez una excusa para dar rienda suelta a su belicismo.

Factores de coyuntura

Sin embargo, lo anterior no basta para explicar el carácter crónico que han tomado las tensiones. Hay también tres factores coyunturales que no pueden soslayarse:

  1. El desencuentro se ve exacerbado por el carácter de los gobernantes de turno. Emotivos, intuitivos, intemperantes e histriónicos, Uribe y Chávez se parecen más de lo que cada uno estaría dispuesto a admitir, no sólo en su forma de ser, sino también en su forma de gobernar y de tomar decisiones. Estas semejanzas refuerzan su antagonismo y limitan las oportunidades para que los canales institucionales (las cancillerías, por ejemplo) hagan lo que saben y tienen que hacer como válvulas de escape y oxigenación en los momentos de crisis.
  2. En principio se trata de una cuestión fáctica —la actividad guerrillera en y desde territorio venezolano—, frente a la cual habría que buscar salidas lo más concretas y pragmáticas posibles, con las limitaciones que impone el hecho de que el régimen chavista es como es y no como sería deseable que fuera. Sin embargo, por fuerza de la retórica, el asunto acaba convertido en un episodio más de una imaginaria lucha “ideológica” que se produce entre las fuerzas libertarias y progresistas del socialismo del siglo XXI y la desaforada ambición imperialista yanqui a la que sirve la oligarquía colombiana (según Chávez), o entre los esfuerzos y logros de la seguridad democrática y la lucha contra el narco-terrorismo y una colusión internacional de nostálgicos del comunismo (Chávez, Ortega, Correa, Morales, el Foro de Sao Paulo y hasta Lula), en contra de Colombia (según Uribe).
  3. La recurrencia con que ambos gobiernos han convertido las tensiones bilaterales en herramientas de sus intereses más inmediatos de política interna, ya sea para justificar la formación de milicias y el adoctrinamiento de niños y jóvenes, encubrir la crisis económica, y alimentar con miedo y nacionalismo la campaña electoral (como parece estarlo haciendo Chávez de cara a los comicios de noviembre); o para advertir con tono profético sobre los riesgos de la “diplomacia meliflua y babosa” y condicionar así los márgenes de acción y transacción en el futuro (como recién lo hizo Uribe hace un par de semanas).

Dispositivos de amplificación

A lo anterior cabe añadir el hecho de que tanto Colombia como Venezuela no han escatimado esfuerzos a la hora de proyectar su antagonismo en diversos foros multilaterales.

La manera en que hace un año el acuerdo complementario de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos acabó bajo escrutinio, primero en una reunión ordinaria de UNASUR, en Quito (a la que Uribe finalmente no concurrió) y luego en una cumbre presidencial extraordinaria en Bariloche (en la que no se echó de menos la propuesta de crear una “comisión internacional” que inspeccionara in situ sus alcances), resulta paradójicamente similar al método con que recientemente el gobierno colombiano llevó inicialmente ante la OEA, y a UNASUR después, la evidencia de la presencia y actividad de las FARC en territorio venezolano.

El haber llevado las diferencias bilaterales a estas instancias no significó logro alguno para ninguna de las partes: el acuerdo de marras fue finalmente suscrito, y muy seguramente, Chávez continuará actuando con esa benévola negligencia y velada complicidad que permite a las FARC hacer y pasar por la frontera. Pero lo que sí sucedió es que una diferencia estrictamente bilateral acabó siendo amplificada, con el involucramiento (en absoluto indiferente) de terceros actores como Nicaragua, Ecuador, Estados Unidos, Brasil y Bolivia -e incluso Surinam, lo cual complica aún más las perspectivas de normalización. Por si fuera poco, esta amplificación entraña el riesgo de que el contencioso bilateral acabe siendo discutido en ausencia (y en evidente perjuicio) de una de las partes, con el efecto lógico de radicalizar todavía más la posición de aquella que quede excluida[2].

Chávez el hostil

No hay muchas razones para ser optimistas con respecto al futuro de la relación colombo-venezolana. La turbulencia ocasionada por la decisión de Uribe de denunciar la presencia de las FARC en Venezuela se hará sentir bajo el nuevo gobierno, incluso a pesar de los acercamientos previos (y luego truncados) entre los cancilleres Holguín y Maduro, y del tono de algunas declaraciones del presidente Chávez. El problema, además, no tiene que ver únicamente con la mutua antipatía que se profesan los dos mandatarios, aunque la influencia de ese factor no deje de tener de la importancia ya señalada.

No está de más añadir que mientras el presidente Chávez permanezca en el poder, difícilmente se producirá un cambio sustancial en el actual estado de cosas. Pero ello no significa que el nuevo gobierno colombiano deba resignarse o renunciar a la posibilidad de encontrar una fórmula de contención y coexistencia que sirva mejor a los intereses nacionales, disminuya el grado de exposición internacional de los asuntos internos, y limite el daño social y económico que puede derivarse de la abierta hostilidad del chavismo hacia Colombia. La transición presidencial ofrece una oportunidad notable en ese sentido, aunque Chávez siga siendo Chávez y no haya mucho que se pueda hacer frente a eso.

* Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario. Catedrático de la Academia Diplomática de San Carlos. Investigador del Centro de Estudios Estratégicos sobre Seguridad y Defensa Nacionales.



twitter1-1@andres_molanor


Notas de pie de página

[1] “Colombia probes again that Venezuela is harboring FARC terrorists”, The Washington Post, July 30, 2010, A20.

[2] Por ejemplo: en vísperas de la reunión presidencial de Mercosur (a celebrarse este 2 de agosto), el canciller argentino, Héctor Timmerman, declaró que “el conflicto entre Caracas y Bogotá está dentro de la esfera de la UNASUR aunque podría ser motivo de conversaciones informales en la cumbre”, a pesar de que en ella no tiene ninguna participación ni representación el gobierno colombiano.

 

 


 

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Comentarios  

José Medina
0 # José Medina 03-08-2010 09:12
Profesor, vivo en Venezuela desde hace 38 años y he visto que las malas relaciones entre los dos países arrancan desde Bolivar y Santander y esta situación es de nunca acabar. Será que habrá que reescribir la historia? Porqué Colombia no ha explotado la "Campaña admirable" donde Bolivar acude a La Nueva Granada para pedir ayuda y liberar a Venezuela? Los Venezolanos se hacen los pendejos y no reconocen este aporte fundamental para la gloria de Bolivar y la independencia de Venezuela.
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ALONSO DIAZ
0 # ALONSO DIAZ 08-08-2010 11:31
El problema de Chavez es que quiere imponer demogogicamente su forma de pensar a toda la region. Piensa que podra controlar a las farc y las farc piensan que Chavez no los va a traicionar a la medida de sus propios intereses. Solo falta que el "camarada en jefe alias Ivan Marquez" se lance como candidato a la presidencia de Venezuela. Como un nuevo ingrediente a la etapa de provocacion en la que se encuentra Venezuela.
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