Trump: un gobierno condenado a la crisis

(Tiempo estimado: 7 - 14 minutos)

Donald Trump.

Hernando Gómez BuendíaYa las calles están llenas de inconformes. La elección de Donald Trump fue un accidente de alcance incalculable, sus promesas no pueden ser cumplidas, y su gobierno será una batalla en demasiados frentes.

 Hernando Gómez Buendía*

Una rara elección

Aunque algunos analistas la hubiésemos  previsto, la elección de Donald Trump fue un suceso muy extraño.

Extraño porque la gran mayoría de sus compatriotas no lo querían y no lo quieren: Trump tuvo casi 3 millones de votos menos que su rival, y apenas 1 de cada 3 encuestados lo apoya en el momento de su posesión.

Extraño porque ganó la minoría y sin embargo no hubo fraude. La campaña contra Hillary fue sucia y fue incluso interferida por el FBI y por Putin. Pero el triunfo inesperado de Trump se debió a la conjunción entre un hecho estructural y un hecho circunstancial esto es:

  • Al sistema del Colegio Electoral, que da un peso diferente a los votantes de los distintos Estados y por ende permite la elección del candidato con menos votos populares.
  • Al exceso de abstención de los demócratas debido a las debilidades de la candidata y a la campaña sucia que le montaron: Hillary tuvo 10 millones de votos menos que Obama en 2012 y 15 millones menos que en 2008.       

Trump entonces derrotó a las encuestas que –con razón- le daban la minoría. Y quienes pensamos que podía ganar, lo hicimos por razones analíticas: fue más bien la intuición de una fuerza subterránea que podría llevar a esta sorpresa.

Una minoría indignada

Manifestaciones en contra del nuevo presidente, Donald Trump.
Manifestaciones en contra del nuevo presidente, Donald Trump. 
Foto: Gobierno Bolivariano de Venezuela

Esa fuerza era la rabia acumulada de la clase media baja de Estados Unidos.

No fueron los más pobres. Fueron los más frustrados. Trump no ganó por los negros, los hispanos ni los blancos marginados de las grandes ciudades. Ganó por los millones de blancos con escasa educación que no hace mucho disfrutaban de un empleo seguro y bien remunerado en las industrias manufactureras.

Trump ganó porque en los últimos 15 años se han cerrado ¡70 mil! fábricas en Estados Unidos. Tanto así que su elección se decidió en los Estados que han perdido más empleos industriales (Ohio, Michigan, Wisconsin, Pennsylvania), donde logró los escasos 114 mil votos de ventaja que le dieron el Colegio Electoral.     

Era una bomba de tiempo a la espera de un outsider. En una sociedad tan pluralista y fragmentada como Estados Unidos, los dos partidos intentan apelar a una gama diversa y por lo mismo tibia de votantes para ganar la presidencia: fue lo que hizo Hillary, lo que había hecho Obama, lo que quería Jeff Bush, lo que intentaron Romney y McCain.  

No fueron los más pobres. Fueron los más frustrados.

Trump en cambio le apostó a una minoría con la ira suficiente para armar un “movimiento” que acabó por derrotar a los partidos. Ese outsider tenía que tener la riqueza y la fama necesarias para auto-postularse, y sin embargo tenía que encarnar la rabia y los valores de esa clase media–baja que lo llevaría al poder. El personaje inverosímil que sale de esta receta se llamaba Donald Trump: el multimillonario, la estrella de TV, el resentido, el racista, el machista, el inculto, el audaz, el amoral Donald Trump.          

En eso se parece a los caudillos populistas, o más precisa e inquietantemente a los fascistas que han conquistado el poder sobre los hombros de una clase media baja acorralada por la crisis. Italia y Alemania en los años 30, nuestro Cono Sur desde los 50, Europa Oriental desde los 90, tal vez Francia, Alemania y Holanda en las elecciones de este año…Es lo temible de un Trump en el país más poderoso del planeta.              

Una boda peligrosa

Pero además de los blancos de clase media baja  (que antes votaban por los demócratas) Trump llegó con el aval del Partido Republicano, que se tomó gracias a sus “indignados” en las primarias y le sirvió como Caballo de Troya. De aquí el coctel imposible de alianzas y tensiones que marcarán su gobierno en dos aspectos cruciales:  

1. Los campesinos y los evangélicos son los votantes más disciplinados del Partido  y apoyaron al candidato oficial con mucho o poco entusiasmo. A cambio de eso Trump les entregó la Corte Suprema, que a él poco le interesa pero donde se ventilarán asuntos como el aborto, los derechos gais, el porte de armas, el voto de los negros o el tratamiento de los inmigrantes. La escogencia de hasta cuatro magistrados de derecha dura implicará un retroceso cultural que por lo mismo augura las protestas extendidas y encendidas  de los  muchos millones de afectados. 

2. Otra vez contrariando a las encuestas, los republicanos mantuvieron su precaria mayoría en el Senado (52 vs. 48) y aumentaron su ventaja aplastante en la Cámara. Esto se lo deben a Trump, que arrastró a los candidatos en los Estados cruciales (y que además puede presionar a los demócratas que aspiran a reelegirse en los “Estados de Trump”). 

Pero eso no significa que el Congreso le vaya a funcionar. Trump desprecia abiertamente a “los políticos” y culpa a “Washington” de cuantos males hay en el país. Ganó en contra de los jefes y de la mayoría de los congresistas de su partido. O más al punto: la bancada republicana ha sido y es la más dura enemiga de Rusia y la más firme partidaria del comercio internacional; lo cual la pone en franca contravía

  • del pilar de su política internacional (una alianza con Rusia para estabilizar al Medio Oriente),
  • y del pilar de su estrategia para crear los empleos que prometió a la clase media-baja (aranceles y desmonte de los tratados de comercio).

El vicepresidente Pence tiene buenos amigos en el Congreso y fue escogido precisamente para ser el puente. Y sin embargo un gobierno paralizado en el Congreso más protestas masivas en la calle son la fórmula exacta para una crisis de gobierno en el mejor estilo de América Latina.

Aquí debo admitir que mi pronóstico sobre el resultado de las elecciones fue una pura chiripa, de suerte que esta otra profecía bien podría no cumplirse: Donald J. Trump será destituido por el Senado de Estados Unidos.

  • El motivo o –el pretexto- está a la vista: los negocios del magnate que seguirán en manos de sus hijos como un campo minado de conflictos de interés o faltas éticas tan graves – o tan escandalosas- como las de Nixon o las de Bill Clinton.   
  • ¿Y los votos en el Senado?  Pues los de los demócratas estarían listos y a los republicanos les gustaría tener un presidente dócil que sea y piense como ellos en vez de otro que les lleva la contraria y los maltrata.

Todo depende de si Trump mantiene o logra mucho apoyo popular, o de cuándo haya perdido lo bastante para que lo destituyan.                    

Una apuesta sin futuro

Mike Pence, viceministro del gabinete de Donald Trump.
Mike Pence, vicepresidente de Donald Trump.  
Foto: Wikimedia Commons

Por eso Trump necesita resultados. De hecho ya se honra de los puestos de trabajo que ha conseguido de algunas multinacionales, y en pocos días expedirá las “órdenes ejecutivas” que cambiarán el país “aquí y ahora”.    

Lo que piden sus votantes son millones de trabajos bien pagados, y el programa económico de Trump se reduce por tanto a los dos mecanismos que servirían para eso: acelerar el crecimiento interno, y repatriar los empleos manufactureros.  

Por lo mucho que hay en juego, debo entrar en los detalles:

1. Para acelerar el crecimiento interno hay dos cosas que un gobierno puede hacer: aumentar el gasto público y estimular la inversión privada. Por tanto Trump propone:

  • Un programa masivo de infraestructura y un aumento del gasto militar, que   implicarían al menos 2 millones de millones de dólares de gasto adicional.
  • Un recorte dramático de los impuestos (de ¡9,5 millones de millones! – cuando Hillary proponía un aumento de 1,25 millones de millones-), para convertir a Estados Unidos en el paraíso de los inversionistas. Y a esto se añade el desmonte del intervencionismo, que Trump plasmó en su fórmula simplona de “suprimir dos reglas viejas por cada regla nueva”.   

De esta manera, según el candidato, la economía pasará del 1-2 por ciento de crecimiento anual en época de Obama al 3-4 por ciento sostenido de los años que vienen.

Pero aunque algunos analistas u optimistas piensen que el modelo Trump si podrá funcionar, en mi opinión tiene tres dificultades que lo harán fracasar:

(i) El crecimiento no depende sólo o no principalmente de medidas fiscales (gasto e impuestos), y menos todavía ante el “estancamiento secular” que padecen las economías industrializadas (donde la desigualdad y la tecnología se conjugan para un exceso de ahorro y un déficit de inversión “secular” o sostenido).

(ii) Aun si se descuentan los ingresos fiscales que resultarían del  crecimiento más acelerado, en las cuentas de Trump hay un descuadre oculto es decir, un aumento gigante de la deuda pública que en pocos años obligaría  “a reducir el gasto entre 27 y 37 por ciento o a aumentar los impuestos entre 15 y 20 por ciento”. Y en este punto es bien probable que el plan Trump sea torpedeado por los “conservadores fiscales” en el Congreso republicano.

(iii) Y en todo a la clase media baja este tiro le saldría por la culata. Primero porque puede haber crecimiento sin empleo (esta ha sido la tendencia mundial de muchos años y está siendo reforzada por la “cuarta revolución industrial”). Segundo porque los ganadores obvios e inmediatos del recorte en los impuestos y en las regulaciones son los ricos, mientras que el consiguiente déficit fiscal recaerá sobre los pobres y los que pierden con la  de-regulación son los trabajadores, los consumidores y el medio ambiente que esos controles buscaban proteger. 

En resumen: la propuesta económica de Trump es un neopopulismo que combina la onda latinoamericana de crecimiento a base de gasto público que desemboca en inflación desbordada, con la onda del fascismo europeo que movilizó a la clase media-baja para un proyecto que enriqueció a los de arriba.

Donald J. Trump será destituido por el Senado de Estados Unidos.

2. Tal vez consciente de que su estrategia interna no creará mucho empleo, Trump  exageró el potencial de la repatriación de empleos, para lo cual también existen dos maneras: hacer que vuelvan las fábricas y frenar la inmigración. Por eso (y porque es más fácil atacar a un extranjero), la migración y el comercio internacional fueron las dos banderas favoritas de Trump (y las que más preocupan en América Latina).

  • El racismo y el miedo (“terroristas musulmanes”) dieron su fuerza electoral al discurso de Trump sobre los inmigrantes. Pero el candidato le añadió un tinte de defensa del empleo, y en este punto basta con notar que los indocumentados no compiten con la clase media baja, que subsidian la agricultura en los Estados del sur, y que su flujo es menor o se ha invertido: más demagogia que empleos para los norteamericanos.
  • Replantear los tratados de comercio que fueron negociados por “ineptos” o ponerle un arancel “de 35 por ciento” a los productos de multinacionales que se fabriquen en un país extranjero son dos barbaridades simples y redondas.

Los tratados implican concesiones para poder lograr ganancias, no resultan del dictum de una de las partes, y no es cierto que fueran obra de “ineptos”. Al revés: la evidencia indica abrumadoramente que Estados Unidos ha sido el ganador neto de los TLC, por los nuevos mercados, por los millones de empleos calificados, por las utilidades de las multinacionales y – sobre todo- por el precio barato de los bienes que consumen esos mismos hogares de clase media: si se fabrican en Estados Unidos, sencillamente resultarán más caros.

Y subir los aranceles sería embarcarse en una guerra comercial que sumiría al mundo en una recesión sin precedentes. 

En resumen: no hay manera de que vuelvan los millones de empleos industriales que reclaman los votantes de Trump.   

Un espejo no lejano

Y esto asegura una batalla dura y angustiosa contra el tiempo, contra las leyes de la economía, contra viejos aliados y nuevos adversarios en la geopolítica mundial (tema de mi columna en El Espectador de ayer 21 de enero), contra el Congreso y contra la mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos y del mundo que ya están protestando en las calles.

Ojalá que la presión, el pragmatismo y la capacidad negociadora del nuevo presidente se conjuguen para enderezar o retocar el rumbo. Pero eso fue lo que en vano se predijo a cada paso de la campaña y el pre-gobierno de Trump. Y es porque este movimiento no tiene reversa: “America first” no significa gobernar para todos sino para la minoría airada de los norteamericanos.

Y mientras tanto un presidente contra viento y marea, que seguirá en campaña con sus electores, que inventa enemigos para explicar los malos resultados, que gobierna con tuits,  que niega lo innegable y que dio alcance planetario a la palabra “post-verdad”.  En América Latina ya los conocemos.  

 

*Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.                    

 

Escribir un comentario

“Los comentarios en Razón Pública están sujetos a moderación, (de 8 am a 6pm hora de Colombia)con el fin de garantizar un intercambio de opiniones en tono respetuoso - serán bienvenidas la crítica aguda y la ironía - que enriquezcan el debate y resulten interesantes para lectores y autores.
En consecuencia, no se aceptarán comentarios del siguiente perfil:
1. Que constituyan descalificaciones, ataques o insultos contra los autores o contra otros participantes del foro de comentarios.
2. Que incluyan contenidos, enlaces o nombres de usuarios que razonablemente puedan considerarse insultantes, difamatorios o contrarios a las leyes colombianas.
3. Que incorporen contenido racista, sexista, homofóbico o discriminatorio por razón de nacionalidad,sexo, religión, edad o cualquier tipo de discapacidad.
4. Que hagan directa o indirectamente apología del terrorismo o de la violencia.
5. Que apoyen diferentes formas de violación de derechos humanos.
6. Que incluyan contenidos o enlaces que puedan ser considerados como publicidad disfrazada, spam o pornografía.
7. Comentarios sin sentido o repetidos, que serán eliminados sin piedad.

Los comentarios no reflejan necesariamente la opinión de Razón Pública, sino la de los usuarios, únicos responsables de sus propias opiniones.”


Código de seguridad
Refescar

Comentarios  

Domingo Rodriguez
0 # Empresario y Profesional InformáticoDomingo Rodriguez 29-01-2017 21:15
Interesante y muy buen artículo. Con lo planteado es probable que la predicción puede cumplirse.
Responder | Responder con una citación | Citar | Reportar al moderador

Esta semana en Razonpublica

Please publish modules in offcanvas position.