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César gonzalez

Se nos viene encima una ola de proteccionismo que agravará la recesión y la pobreza en todo el mundo.

César González Muñoz

Abrumado por una gran variedad de ruidos locales - o de la parroquia - el rugido de la recesión económica no se oye mucho todavía. De modo que hay que decirlo de nuevo: El estado actual de la economía mundial es sólo comparable con el de finales de los veinte y comienzos de los treinta del siglo pasado. El temor y la desconfianza se amontonan con el creciente desempleo, con las crisis de los mercados financieros, con la caída del valor de los activos, para producir un colapso, ya evidente, de la demanda de los consumidores y de los inversionistas. Y detrás de todo ello viene un ataque de xenofobia, la condena al "forastero", el odio racial, la victimización de los sin-papeles en los países ricos. Estos son los peores males que ya comienza a causar la mayor recesión global de la historia. Pero aquí el grito no se oye todavía.

Un mal igualmente pernicioso para la humanidad, que atenta contra su organización económica, es el del proteccionismo comercial en las economías más avanzadas. Éste amplifica y retroalimenta la agresión cultural contra los inmigrantes pobres en las naciones opulentas, y puede causar un colapso del comercio internacional.  En esas circunstancias, salir de la recesión sería un proceso larguísimo.

Ya se puede observar en el paisaje político la inclinación a levantar barreras comerciales en Estados Unidos y Europa, con la previsible reacción de los asiáticos, ya de por sí amigos de desestimular las importaciones. En esa escena, las naciones ricas se producirán heridas mutuas; y las naciones pobres con algún grado de apertura comercial efectiva se volverán aún más pobres. Para que la sensatez se imponga y la espiral proteccionista se detenga, se necesita una alta dosis de liderazgo cultural y político. Temo que, a pesar de todas las expectativas, este liderazgo no vendrá por el lado del Presidente Obama ni de las mayorías del congreso de Estados Unidos, que ahora están muy entretenidas haciendo fiestas proteccionistas con el gigantesco programa diseñado para reactivar la demanda.

Los planes de estímulo fiscal son ahora noticia cotidiana. Todas las economías avanzadas, y la gran mayoría de las emergentes, exhiben en sus instituciones fiscales grandes programas de gasto público para reanimar la demanda. Igualmente están en boga los programas de reducción de impuestos para, supuestamente,  estimular la inversión y el consumo.

Pero ahora resulta que las medidas proteccionistas ("los puestos de trabajo para los nacionales",  la prohibición a las empresas apoyadas por el Estado de que inviertan en el extranjero, la manipulación de las tasas de cambio, la obligación de usar insumos nacionales en las obras públicas y en otros programas de inversión dentro de los planes fiscales, la limitación de las compras públicas en general para favorecer los proveedores nacionales...) son alabadas por muchas fuerzas políticas como decisiones "dolorosas pero indispensables" para que los paquetes de estímulo fiscal tengan impacto efectivo. La recesión es una condición evidente de la economía global. Ésta, para muchos políticos profesionales,  es el motivo perfecto para meter micos legislativos de carácter proteccionista con los ojos puestos en los electores.  Crecientemente, el nacionalismo comercial se está tomando como una posición heroica.  Los economistas liberales, frente a las lecciones de hace ochenta años, hemos sido educados para respaldar la libertad comercial y rechazar el aislacionismo de los ricos. Temo que la miopía causada por la angustia del creciente desempleo y la ira de  los electores está arrasando, de nuevo, con la preeminencia de esas verdades teóricas e históricas. 

 

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