El atentado de Manchester, las elecciones inglesas y la guerra contra el terror

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Manchester Arena, lugar en donde ocurrió el ataque.

Jorge MantillaEl atentado de esta semana pone al gobierno de Theresa May ante la disyuntiva de mantener los recortes o aumentar el gasto en seguridad, a pocos días de unas elecciones cruciales para el “divorcio” de Europa y sus servicios de inteligencia.   

Jorge Mantilla*

Inglaterra estremecida

El ataque suicida que perpetró el joven británico Salman Abedi en el Manchester Arena, que dejó 26 personas muertas y un centenar de heridos, se suma a la larga cadena de ataques que ha padecido Europa en los últimos años. Este atentado además pone al Reino Unido ante el mismo escenario de incertidumbre de julio de 2015, tras los atentados en Londres.

El ataque del pasado 22 de marzo frente al Parlamento, que fue perpetrado por otro ciudadano británico y dejó 6 personas muertas, no había sido suficiente para que la sociedad británica entrara en el estado de zozobra que produce el uso de la violencia indiscriminada contra la población civil.

Con motivo de los atentados en Paris, en noviembre de 2015, y de la masacre en la discoteca Pulse de Orlando, en junio de 2016, expliqué en Razón Pública el proceso de evolución de la violencia yihadista desde septiembre de 2001 y su diversificación mediante los procesos de radicalización de jóvenes musulmanes en países occidentales.

Las líneas de explicación que culpan a la política exterior de Estados Unidos o Inglaterra por estos ataques o de aquellas que endilgan la responsabilidad a las condiciones de exclusión y marginalidad en la que viven jóvenes de origen musulmán en diferentes ciudades de Europa no dan cuenta sino de algunos aspectos de un universo complejo de causas, factores y dinámicas que le dan su carácter multifacético a esta guerra.

Por ejemplo Jeremy Corbin, líder del Partido Laborista inglés, no tardó en declarar que los ataques se debían a la desastrosa política exterior de la primera ministra Theresa May con respecto a la guerra contra el terror y el norte de África. Aunque pocos niegan la validez de estas afirmaciones, estas carecen de profundidad y, sobre todo, impiden pensar en propuestas más creativas frente al conflicto contra el Estado Islámico y a la Política Común de Seguridad y Defensa de la Unión Europea.

Subestimar el enemigo

Theresa May, primera ministra del Reino Unido.
Theresa May, primera ministra del Reino Unido.  
Foto: Wikimedia Commons

Una vieja práctica de los Estados es tildar a quienes realizan este tipo de atentados como “salvajes”, “dementes” e “irracionales”. Y sin duda se trata de acciones altamente reprensibles desde el punto de vista moral. Pero también obedecen a una asimetría y a una comprensible economía de fuerza, cuya eficacia debe ser tenida muy en cuenta por el servicio británico de información.

En uno de sus textos sobre ataques suicidas, el italiano Diego Gambetta recuerda cómo este tipo de violencia ha sido utilizada por organizaciones de linajes tan diversos  como los Tigres de Liberación del Tamil Elam (LTTE) en Sri Lanka, Hezbolá, Hamás, El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), además de toda una constelación de grupos yihadistas que incluye a Al Shabab en Somalia, Boko Haram en Nigeria y al propio   Estado Islámico.

Estamos ante una verdadera guerra si esta se define por el número de muertos civiles al año.

En lo que va corrido de 2017 algunos de los portales especializados en el seguimiento de   incidentes terroristas a nivel mundial han contado más de 190 ataques con 1.599 víctimas fatales por parte del Estado Islámico. Esto sin contar los 20 de Al-Qaeda, 31 de Al Shabab, 45 de Boko Haram y 40 de milicias Talibanes, todos los cuales arrojan una cifra de 326 ataques con al menos 2.625 víctimas fatales.

Técnicamente (o según los parámetros del Uppsala Data Conflict Program), estamos ante una verdadera guerra si esta se define por el número de muertos civiles al año. Esta guerra se libra de manera simultánea en Manchester, en Egipto e Indonesia y en una sola semana el Estado Islámico y sus afiliados perpetraron ataques a un concierto musical, ejecutaron cristianos coptos y estallaron explosivos en una parada de bus en Jakarta.

Teniendo en cuenta los primeros actos en materia de política exterior y lucha contra el terrorismo por parte del presidente Trump, es de esperar que al bombardeo en Siria (y a “la madre de todas las bombas” en Afganistán) le sigan otras acciones unilaterales que implicarán cambios en la arquitectura de la seguridad internacional, impulsada además por una guerra contra el terrorismo librada contra partisanos desarraigados, organizados esencialmente como redes que se financian del despojo armado y de mercados criminales.

Las lógicas y alcances de los conflictos político-militares de la última década, como la Primavera Árabe, la guerra en Siria y la continuidad del conflicto en Palestina, se han sumado al ajedrez de la guerra contra el terror. Este es un entramado de violencias internacionales cada vez más complejo y donde cualquier derrota o victoria es un intermedio entre nuevos acontecimientos de violencia política.

Incluso la idea de volver al califato del siglo VII hace parte de una agenda política más amplia que no debería ser subestimada. Para Bat Ye Or (seudónimo de la escritora Gissel Littman) el neologismo tomado del francés dhimmittude, que hace referencia a aquellos no musulmanes que se encuentran sometidos a la dhimma o autoridad islámica, encierra el aspecto central del proceso de islamización de Europa que convierte al yihadismo en una autentica amenaza global.

Son muchas las reuniones o “conferencias” que se han hecho para avanzar hacia el califato global por parte de grupos como Hizb ut Tahrir (Partido de la Liberación), que cuentan con respaldo político y financiero y tienen la capacidad de convocar estos encuentros en ciudades como Chicago y Vosendorf, Austria.

Argumentando que “el califato islámico es el único sistema social y político que tiene las soluciones adecuadas a los problemas políticos, sociales y económicos de la humanidad”, estas plataformas transnacionales amparan su proselitismo en varios países de Europa en las gestiones que viene haciendo la Organización para la Cooperación Islámica, que agrupa a 57 países.

Las elecciones de junio y el Brexit

Jeremy Corbyn, político británico.
Jeremy Corbyn, político británico. 
Foto: Wikimedia Commons 

Theresa May quedará atrapada entre sus principios y las decisiones que debe tomar en materia de seguridad nacional. Estas estarán determinadas por la magnitud de la guerra contra el terror, particularmente contra el Estado Islámico. Así, por ejemplo, los recortes a las fuerzas de seguridad que desde el año 2010 venía impulsando como cabeza del ministerio del Interior deberán revertirse si es que la hoy primera ministra quiere ganar las elecciones del próximo 8 de junio.

La idea de hacer más con menos, propia de los recetarios neoliberales que Theresa May venía aplicando muy juiciosamente desde el ministerio del Interior, ya en el 2015 había provocado la pérdida de cerca de 22.000 puestos en la Policía, lo cual implicaba dejar a Inglaterra con el mismo pie de fuerza de la década de 1970. Solo un mes antes del más reciente ataque, un informe preparado por el inspector de Policía de su Majestad (HMIC, por sus siglas en ingles), alertaba sobre el “estado de peligro” en el que se encontraban las fuerzas de seguridad debido a estos recortes.

Los sondeos más recientes le dan apenas cinco puntos de ventaja a May sobre sus adversarios laboralistas. Irónicamente, su propia jugada de convocar elecciones para aumentar la mayoría de los conservadores en el Parlamento podría sacar a Theresa May del cargo de primera ministra tras el atentado de Manchester.

Este es un entramado de violencias internacionales cada vez más complejo.

Así como Frank Underwood (protagonista de la popular serie House of Cards) desvió recursos del fondo de emergencias para garantizar su reelección justo antes de que, en la serie, Estados Unidos enfrentara un huracán de grandes proporciones, Theresa May, en la vida real, recortó de manera sistemática los recursos de la Policía británica cuando el nivel de amenaza terrorista aumentaba considerablemente.

Al parecer, Underwood contó con mejor suerte que la primera ministra británica, quien al final tuvo que sufrir las consecuencias de estos recortes al declarar un nivel “crítico” de amenaza terrorista para poder desplegar mil tropas en puntos críticos.

En lugar de reducir la cooperación en materia de seguridad e intercambio de inteligencia e investigación criminal con la Unión Europea (como parte de la agenda del Brexit o salida del Reino Unido de la Unión Europea), May deberá profundizar el intercambio de información con los servicios de inteligencia europeos.

A pesar de los conservadores, quienes seguramente seguirán endureciendo las políticas migratorias sin percatarse de que los mas recientes ataques han sido cometidos por sujetos nacidos en el Reino Unido, su seguridad nacional depende hoy de la efectiva colaboración con aquellos países de la Unión Europea de los que pretenden separarse.

 

* Experto en Seguridad y Defensa, becario Fulbright en el doctorado en Criminología, Derecho y Justicia en la Universidad de Illinois en Chicago.

 

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