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La importancia de la educación como clave para el desarrollo personal y nacional.

Francisco ThoumiLa educación tiene funciones sociales (como la identidad nacional), pero también funciones privadas (como el mejor salario del egresado).  ¿Hasta dónde es un derecho? ¿Hasta dónde debe financiarla el Estado? La deuda estudiantil con Colfuturo ilustra estas controversias.        

Francisco Thoumi*

Para qué la educación

Hoy casi nadie pone en duda que la educación es la clave para el desarrollo personal y nacional. Tanto en la Constitución colombiana como en los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 de Naciones Unidas la educación de calidad es un derecho. Pero a pesar de ese aparente consenso, todavía muchas personas no tienen acceso a la educación necesaria para ser exitosos, y el principal obstáculo es el financiero.

Antes de analizar este problema es conveniente entender cómo aprende el ser humano y cuáles son los propósitos del aprendizaje. Todas las experiencias se pueden usar para adquirir saberes. Aunque el ser humano tiene instintos naturales, no viene programado para entender el misterio de la vida y el papel que cada cual juega en ella. Por eso, desde su nacimiento, el humano tiene una curiosidad que busca saciar con la formación recibida en la familia y el entorno, y esta acaba por influir también sobre su cosmovisión. Así, un japonés es distinto de un colombiano, y ambos son distintos de un alemán o de un mongol.

La educación formal es una parte esencial de este proceso de aprendizaje y tiene varios propósitos fundamentales:

  1. Facilitar la armonía social.
  2. Darle a cada persona las destrezas para disfrutar de las relaciones sociales.
  3. Impartir el conocimiento y las destrezas necesarias para ganarse el sustento.
  4. Promover la creatividad, que es la base del avance social y personal.

La financiación de la educación formal viene de diversas fuentes. Las más importantes han sido y son las familias y el Estado. Pero estas no son las únicas. También algunas empresas financian el entrenamiento de sus empleados, y las religiones o los partidos políticos han apoyado el estudio de sus ideologías.

Pero la educación formal tiene consecuencias sociales que van más allá de los posibles costos o beneficios individuales. Por ejemplo la necesidad de mantener el orden social hace que la educación formal sea un instrumento ideal para trasmitir una ideología o una cosmovisión que asegure comportamientos coherentes con el orden buscado.

Durante la mayor parte de la historia esos órdenes sociales han sido autoritarios, es decir, que el poder ha sido utilizado para imponer una verdad única. En este sentido, las religiones han sido un instrumento clave para establecer un orden social que, en muchos casos, ha sido aceptado más por temor que por convicción. Por eso, en países como Colombia durante mucho tiempo el catolicismo fue la doctrina del Estado y la base de la educación, y llegó a prohibir la lectura de textos que se oponían a sus enseñanzas. Por su parte en los sistemas comunistas se impuso la ideología del “materialismo científico”, que rechazaba la religión pero aceptaba el autoritarismo.

El respeto a la libertad individual y la separación entre las religiones y el Estado son fenómenos recientes que surgieron de la Ilustración y se popularizaron después de la Revolución francesa. Estos movimientos han buscado remplazar la ética basada en principios religiosos, raciales, tribales, étnicos o de género, por una ética cívica basada en la igualdad y la cohesión social apoyadas en evidencias científicas. Este ha sido un proceso lento y con altibajos porque, a pesar de haber crecido mucho en los últimos 250 años, la gobernabilidad democrática es una empresa en construcción con frecuentes retrocesos.

La falta de una identidad nacional y un proyecto de construcción de nación estructurado tienen consecuencias graves. Por ejemplo, en sociedades segmentadas y conflictivas como la colombiana diversas escuelas y universidades promueven ideologías opuestas que han acabado  por polarizar a la sociedad y que intensifican los conflictos sociales. Desde el punto de vista social, la educación es importante porque estimula valores que facilitan la convivencia dentro de un grupo, pero también puede producir antagonismos con otros grupos. Este ha sido probablemente la razón fundamental para que la universidad pública haya perdido la preponderancia que tenía hace cincuenta años.

¿Quién debe pagar la educación?

Entidad que facilita préstamos a estudiantes para acceder a la educación superior.
Entidad que facilita préstamos a estudiantes para acceder a la educación superior. 
Foto: ICETEX

En los países que han tenido proyectos nacionales bien estructurados el problema de la financiación es relativamente simple: el Estado debe garantizar la educación, como base de la socialización, porque de ella depende la gobernabilidad. El problema entonces es decidir el monto de la contribución estatal, hasta qué nivel y qué clase de educación se debe tener para cumplir este propósito.

En estos casos, el Estado debe determinar qué tipo de educación es necesaria para socializar a los niños y jóvenes, qué nivel de educación es una buena inversión económica y qué clase de educación produce externalidades sociales positivas. Además se requiere establecer hasta qué punto la educación es un consumo semejante a otros bienes y servicios cuyos beneficios son puramente individuales. Por ejemplo, ¿debe el Estado pagar la educación y el sostenimiento de estudiantes profesionales como ocurre en algunos países europeos?

La capacidad de pago del Estado y la ideología de cada gobierno tienden a determinar la educación.

La financiación de procesos creativos presenta problemas más complejos porque tienen dos efectos importantes difíciles de cuantificar:

  1. El avance tecnológico, que hace que se puedan producir bienes y servicios que mejorarán la calidad de vida, y
  2. Un desarrollo que apela a los sentimientos para mejorar la calidad emocional de la vida por medio de la pintura, la poesía, el baile, y otras artes.

Con respecto de los desarrollos tecnológicos es posible, por lo menos teóricamente, cuantificar sus costos y beneficios sociales y económicos para llegar a establecer hasta qué punto el Estado debería financiar la investigación y el desarrollo. Pero cuando la creatividad busca influir sobre  los sentimientos, su financiación por parte del Estado es más complicada porque muchas veces los efectos de esta creatividad están relacionados con proyectos de nación e ideologías del Estado.

El problema radica en que no existen consensos teóricos al respecto y en el mejor de los casos lo que  se puede lograr es un consenso nacional. En la práctica, aunque se argumente que tal o cual clase o nivel de la educación es un derecho humano, la capacidad de pago del Estado y la ideología de cada gobierno tienden a determinar la educación que en realidad es considerada un derecho.

Por ejemplo, en países socialistas como Cuba se puede tener acceso a mucha educación, siempre y cuando esta no critique la ideología del gobierno. En países ricos como Alemania y Francia, muchos pueden obtener toda la educación formal que deseen, siempre y cuando hayan pasado rigurosos exámenes de entrada a la universidad. Por último, en los países pobres también se suele asegurar que la educación es un derecho, pero este derecho se suele promover apenas para la educación elemental o media.

¿Qué tipo de inversión es la educación?

Acceso a la educación superior.
Acceso a la educación superior. 
Foto:  Alcaldía Mayor de Bogotá

Como la mayoría de los beneficios de la educación superior se concentran en los educandos, cuyos ingresos aumentan sustancialmente, la financiación estatal de estos estudios tendería a beneficiar  personas que podrían considerarse de clase media, pero que en países pobres suelen estar dentro del 5 o 10 por ciento más rico de la población. En estos casos, los universitarios pueden estar convencidos de la legitimidad de sus derechos a la educación financiada por el gobierno, pero no puede negarse que este gasto público, aunque permita que personas pobres accedan a la educación, termina siendo muy regresivo.

Además, en un mundo globalizado la financiación de la educación superior por parte del Estado tiene el riesgo de producir profesionales cuya migración acaba siendo una fuga de cerebros y, en últimas, un subsidio que un gobierno nacional les da a otros países.

Es cierto que la inversión en educación puede ser muy rentable pero, como toda inversión, implica riesgos que en algunos casos pueden ser desastrosos. Por ejemplo, muchos estudiantes colombianos obtuvieron préstamos en dólares de una institución sin entender que las políticas del gobierno habían sobrevaluado el peso y sin prever la devaluación de más de 50 por ciento, de modo que su deuda se multiplicó en pesos de un momento a otro.

La economía neoclásica argumentó que como la educación es una inversión en capital humano, el estudiante podía endeudarse y cubrir su deuda con el aumento del salario obtenido después del grado. Por eso muchos jóvenes sin experiencia ni comprensión del funcionamiento del sector financiero esperan endeudarse y pagar sus deudas con el aumento de sus ingresos gracias a la educación. Pero esto implica predecir la demanda y la oferta de profesionales y esto requiere unas destrezas de inversionista que los estudiantes difícilmente tienen; por ejemplo tendrían que  disponer de información certera sobre la calidad de la educación ofrecida y de la rapidez del cambio tecnológico en su campo de estudio, para garantizar que su diploma no quedara obsoleto en poco tiempo.

La inversión en educación puede ser muy rentable pero, como toda inversión, implica riesgos.

No sorprende por tanto que las dificultades inherentes a la educación como productora de capital humano faciliten el negocio de universidades “piratas” o poco rigurosas que son apenas grandes negocios para producir graduados que no encuentran los puestos ni los salarios que esperaban. Estas universidades han sido comunes en Colombia y en el resto del mundo y tal vez su ejemplo más icónico ha sido la Trump University.

El triunfo capitalista de las últimas décadas generó una confianza desmedida en la efectividad del mercado. Esta visión ha entronizado a la educación como un instrumento para acumular capital humano y servir al desarrollo de la economía, pero ha despreciado el papel de la educación como creadora de identidad, empatía y solidaridad. Y el fracaso de esta última empresa puede tener costos que apenas están empezando a llegar.

 

* Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace

 

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