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LA BIOGRAFÍA DE GARCÍA MÁRQUEZ: UN DEBATE IDEOLÓGICO

La publicación reciente de la biografía de García Márquez, escrita por Gerald Martin, ha dado lugar a un debate que inició la reseña de Enrique Krauze, aparecida simultáneamente en la revista The New Republic y en Letras Libres bajo el título de "A la sombra del patriarca".
La publicación reciente de la biografía de García Márquez, escrita por Gerald Martin, ha dado lugar a un debate que inició la reseña de Enrique Krauze, aparecida simultáneamente en la revista The New Republic y en Letras Libres bajo el título de "A la sombra del patriarca". 

Enrique Krauze es un notable historiador e intelectual mexicano, director de la revista virtual Letras Libres y antiguo colaborador de la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz. Su nombre se ve con frecuencia en revistas y periódicos de Estados Unidos como The New Republic, Foreign Affairs, Foreign Policy, The New York Times (en el cual participó, por cierto, en un blog colectivo internacional durante la copa mundial de fútbol de 2006) y The Washington Post.

LOS ARGUMENTOS DE MARTIN

En la misma revista Letras Libres salió una réplica de Gerald Martin al artículo de Krauze y una contra-réplica de este último. Martin sostiene que lo que escribió Krauze no es una reseña sino un ensayo sobre las relaciones entre García Márquez y Fidel Castro, tomando como pretexto la biografía recién publicada. Aparentemente, Martin queda sorprendido porque, de más de sesenta reseñas aparecidas sobre su libro, la de Krauze es la más extensa. Debe haber dedicado, dice, semanas enteras de su tiempo precioso a un libro que, aparentemente, no le ha impresionado. "¿Por qué este historiador conservador de México ha dedicado más páginas a mi libro sobre un novelista colombiano que cualquier otro comentarista en el mundo ancho y ajeno?". La respuesta del biógrafo a esta pregunta es la siguiente: "A Krauze no le interesa mi libro", simplemente lo utiliza para sus propios fines ideológicos. Martin describe esos fines en este pasaje:

"Me desconcierta y me sigue desconcertando que, año tras año, un historiador de la talla de Enrique Krauze siga publicando exactamente las mismas cosas, desde exactamente los mismos puntos de vista, citando exactamente las mismas ‘autoridades', pase lo que pase en el mundo externo. Krauze es una máquina de escribir y, especialmente, de traducir: entran pluralidades y pluralismos por una puerta y sale siempre lo mismo por la otra. A Krauze uno lo lee para ver una versión exquisita y autoritativa del veredicto de los conservadores mexicanos sobre lo que pasa en el mundo -pero no para descubrir ideas o análisis nuevos.

Pero bueno, la explicación es sencilla. Enrique Krauze, el bien conocido caudillo cultural, jefe de Letras Libres, no es, cuando escribe en Letras Libres, un historiador, ni mucho menos un crítico: es un ideólogo. Su misión es limitar y redefinir el cambio, negar la legitimidad de las izquierdas políticas y culturales y -bueno, todos somos seres humanos- aumentar y pulir su propia vanidad. Es, literal y literariamente, un biógrafo del poder".

La biografía de García Márquez, según Martin, no es más que una ocasión para que Krauze vuelva a una de sus obsesiones: Fidel Castro y la revolución cubana. Y agrega:

"Es interesante, y a primera vista sorprendente, constatar la hostilidad muy particular y especialmente virulenta de la derecha intelectual mexicana, dentro del contexto latinoamericano en general, hacia Fidel Castro -semejante, de una manera intrincada y muy sutil, a la relativa indiferencia del establishment mexicano hacia la figura de Bolívar".

Puede verse, por las citas anteriores, cómo la reseña de una biografía literaria se ha convertido en un debate ideológico sobre la historia y la política en América Latina, las posiciones actuales de la izquierda y la derecha en ese debate, y la cuestión, todavía crucial, de la revolución cubana.

El resumen del ensayo de Krauze, de su argumento central, en palabras de Martin, es éste: "Gabriel García Márquez es lacayo de Fidel Castro; y yo -no lo dice pero es el tema de su artículo, es su estrategia para deslegitimarme- soy lacayo de García Márquez". Martin no se abstiene de añadir esta observación, en la que el debate sube de tono y temperatura: "¿Y de quién o quiénes es lacayo Enrique Krauze? Los mexicanos lo saben. Plural: ¿pluralismo? ¿Letras realmente libres? Sinceramente, es para reírse".

LOS ARGUMENTOS DE KRAUZE

Krauze toma como punto de partida para su ensayo una anécdota contada por Martin en su libro y la reescribe a manera de parodia del párrafo inicial de Cien años de soledad:

"Muchos años después, frente a la redacción de sus memorias, Gabriel García Márquez había de recordar la tarde remota en que su abuelo le puso en el regazo un diccionario y le dijo: ‘Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca'.‘¿Cuántas palabras tiene?', le preguntó el niño. ‘Todas'. En cualquier lugar del mundo, si un abuelo regala a su pequeño nieto un diccionario le está dando el instrumento del saber. Pero Colombia no era cualquier lugar: era una república de gramáticos".

Es una muy sutil introducción al tema central del ensayo: la relación entre literatura y poder en la vida y obra de García Márquez. El ensayista se remite al historiador inglés Malcom Deas para recalcar que, en Colombia, la gramática es, o fue alguna vez, una forma de poder político, o de legitimación de ese poder, y una de las claves de la larga hegemonía conservadora. Unos párrafos más adelante, el ensayista recuerda que, en 1996, García Márquez "encabezó una pequeña revolución contra los diccionarios", al pronunciarse, con motivo de una reunión de academias de la lengua, por la abolición de la ortografía. Krauze recoge esta segunda anécdota, tan lejana en el tiempo con respecto a la primera, para ponerla en el mismo cauce de su argumentación: "El desplante era la victoria final del radicalismo liberal colombiano frente a la hegemonía de los gramáticos y latinistas conservadores. Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos". Se entiende por qué Uribe Uribe, el caudillo militar bajo cuyas banderas combatió el abuelo, y éste mismo, sonríen. Pero Krauze añade, para sorpresa del lector: "Y Fidel Castro sonreía también". ¿Por qué sonríe Fidel Castro? ¿La obsesión krauziana de que hablaba Martin? ¿O simplemente le complace la "pequeña revolución" como síntoma de afinidades más profundas entre el gran revolucionario y el pequeño? O se debe a la paradoja humorística implícita en el regalo que el escritor le hace a Fidel Castro, "en su cumpleaños setenta": el más fascinante de los regalos, un diccionario. Todo esto forma parte del material que Krauze utiliza para responder la pregunta clave de su ensayo: cuáles son "los orígenes psicológicos" de esa relación entre el escritor y "su patriarca personal".

"No hay en la historia de Hispanoamérica", escribe Krauze, "un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración, fidelidad, servicios mutuos y convivencia personal al de Fidel y Gabo". Según el escritor mexicano, las razones del dictador son claras y se miden en dividendos de legitimidad. Pero a García Márquez, que no sufre de apremios económicos, ¿qué razones lo mueven?

La cuarta anécdota que utiliza Krauze para armar su trama es el episodio del duelo que  enfrentó al abuelo Márquez con un amigo y lugarteniente suyo. Fue un "trance de honor", según lo recuerda García Márquez en sus memorias. "Ambos estaban armados", el adversario cayó muerto. Este episodio es la base para el guión de la película Tiempo de morir y reaparece en Cien años de soledad. Gerald Martin da otra versión: la madre de Medardo era la amante despechada del coronel; el hijo agraviado quiso lavar su honor; Márquez escogió "la hora, el lugar y la manera de la última confrontación" y lo mató a la mala: Medardo estaba desarmado. García Márquez se apega a la versión heroica, según Krauze, porque uno de los impulsos más fuertes de su vida fue la identificación con la figura del abuelo, con "su filosofía de la vida y su moralidad política, que cabía en una sola frase: ‘Volvería a hacerlo'".

EL PARAÍSO DE LA UNITED FRUIT COMPANY

El elemento central de la conciencia política de García Márquez, de acuerdo con la interpretación del ensayista mexicano, es el antiimperialismo, y éste se formó, sobre todo, a partir del hecho histórico, y sus "reelaboraciones literarias", de la United Fruit Company y  la matanza de las bananeras. García Márquez trata el tema en términos bíblicos, como "una maldición", "un vendaval" que vino a "desmadrar las aguas del paraíso original, violar su quietud, exprimir y envilecer a su gente y abandonar todo a su suerte". Sin embargo, Krauze retoma el episodio e invierte su sentido:

"En el arranque de sus memorias, al recordar su vuelta al origen con su madre a mediados de siglo, García Márquez evocaría su paisaje infantil como un apartheid caribeño: la ‘ciudad prohibida', ‘privada', de los gringos, con sus ‘lentos prados azules con pavorreales y codornices, las residencias de techos rojos y ventanas alambradas y mesitas plegables para comer, entre palmeras y rosales polvorientos [...] Eran apariciones instantáneas de un mundo remoto e inverosímil que nos estaba vedado a los mortales'.¿Hechos históricos o buenas historias? ¿Realidad vivida o reelaborada para ser contada?"

Gerald Martin deja en claro que el coronel Márquez fue uno de los beneficiados por la inversión de la empresa estadounidense y "dependía fuertemente del bienestar financiero, la intoxicación física y la resultante promiscuidad sexual de la muy despreciada ‘hojarasca', pero se le escapa, dice Krauze, "la ambigüedad de la familia ante la Compañía, actitud de amor-odio frente a los yanquis típica del Caribe. A la Compañía se le reclamaba su abandono, no su existencia. En sus memorias García Márquez consigna que su madre Luisa Santiaga (personificación de Úrsula en la célebre novela) ‘añoraba la época de oro de la Compañía bananera', sus tiempos de ‘niña rica', sus clases de clavicordio, de baile y de idioma inglés". El paso siguiente en la argumentación de Krauze es previsible: la United Fruit Company no destruyó el paraíso, "el paraíso era el mundo creado con la llegada de la Compañía". No obstante, habría que mantener la palabra "ambigüedad" que Krauze utiliza y luego olvida cuando llega a la conclusión que buscaba. Son dos paraísos: para que el argumento funcione hay que mantenerlos ambos a la vista, con toda su ambivalencia. García Márquez seguramente diría que hay uno solo: el primitivo, el anterior a la modernidad. El otro sería el falso paraíso del capitalismo, detrás del cual vendría el vendaval destructor.

LA NOVELA DE FORMACIÓN

Krauze se refiere brevemente al 9 de abril de 1948, al "bogotazo", y afirma que fue como el "damasco político" del escritor colombiano: "reabrió el agravio de 1928, ahondó su odio al imperialismo estadounidense y despertó sus simpatías por el comunismo". Son como los capítulos de una novela de formación, a lo largo de los cuales va cristalizando en la conciencia política del joven novelista, de manera equivocada, por una visión infantil de la historia de su país como un conjunto de horrores e injusticias, el "descrédito de la democracia representativa y los valores republicanos", punto final al que tiende todo en este ensayo. Krauze dispone los elementos necesarios para llegar a su demostración y no duda, en su intento de mostrar la equivocación del camino emprendido por García Márquez, en revisar a grandes rasgos la historia de Colombia, otra vez de la mano de Malcom Deas, con afirmaciones de este calibre:

"Según Malcolm Deas, desde muy temprano en el siglo XIX, en los lugares más apartados la gente en Colombia ha vivido alerta a la política nacional, participando en elecciones periódicas, limpias y competitivas, con una división de poderes real y, al menos en el siglo XX, leyes y libertades no despreciables".

Como ocurre con toda tesis en este nivel de generalidad, habría que borrar largos trechos de la historia de Colombia para llegar a semejante conclusión. A pesar de toda la sofisticación argumental del ensayo de Krauze, con citas como la anterior no es posible llegar muy lejos. Hay tanta abstracción en ella, que la versión contraria sería tan verdadera, tan parcialmente verdadera, como la que se pretende imponer para demostrar una tesis eminentemente discutible, formulada de manera tan infortunada y unilateral por Krauze. En este punto se aclara lo que quiso decir Martin cuando sostuvo que el historiador se convierte por momentos en ideólogo, cuando quiere sacar valedera una tesis inverosímil, indemostrable, pero esencial para el argumento de conjunto.

De hecho, todas las baterías disparan en la misma dirección: el joven escritor, desengañado de las ideologías liberales, de la democracia representativa y de los valores republicanos, llega a la conclusión de que solo "un hábil despotismo puede regir a la América", en palabras de Bolívar. Y aquí se juntan todos los hilos: "Un déspota hábil, un patriarca bueno, un nuevo Uribe Uribe pacificador y antiimperialista: ese sería su elemental ideario político". Bolívar, Fidel Castro, el abuelo Márquez, todos reunidos en una sola figura, la meta última de la identificación psicológica y política: el pueril ideario de un novelista, de un realista mágico. Así, por la vía de la crítica política se llega directamente a la crítica literaria y se desmonta la elemental visión de la realidad que se esconde tras la imaginación del narrador. Como si fuera poco, Krauze, que antes había elogiado la prosa de García Márquez, refuerza sus baterías con la cita del conocido juicio crítico de Octavio Paz: "La prosa de García Márquez es esencialmente académica, es un compromiso entre el periodismo y la fantasía. Poesía aguada. Es un continuador de una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica".

EL OTOÑO DEL PATRIARCA

El otoño del patriarca es la novela que parece condensar, para Krauze, "el aspecto más adolescente y elemental" del realismo mágico y de la obra narrativa de García Márquez. Por eso mismo, es la que mejor representa la simplificación del mundo interior y el esquematismo moral y político de los personajes.

"El eje fundamental es el yo lírico y sentimental de un déspota, lo demás (la Historia, la política, los muertos) queda reducido a un escenario para el despliegue de ese yo. Las víctimas son de utilería. Si García Márquez se acerca al déspota no es para exponer o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir compasión por un pobre diablo, viejo y solitario. El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad", afirma el crítico mexicano.

No es difícil olfatear qué se cocina en este juicio, dados los antecedentes ya conocidos en los párrafos anteriores. "La misma novela que desdibuja la realidad del poder y deshumaniza a las víctimas convierte la dictadura en un melodrama y humaniza al dictador", dice Krauze. El lector queda con ello en posición de anticipar lo que viene: la complicidad del narrador con el personaje del dictador es la otra cara de la complicidad del escritor con el tirano de Cuba. Si todo el grano va al mismo molino, nada raro que toda la  harina vaya al mismo costal. Si detrás del patriarca de la novela está Fidel Castro, detrás de Castro no puede estar sino el abuelo. Así se desenvuelve el argumento, entre política y psicología. "Tal vez El otoño del patriarca representó la definitiva conjuración literaria del episodio del abuelo, una novela en la que la palabra ‘tirano' se suaviza dulcemente en ‘patriarca', un patriarca que dicta la novela entera: sin resquicios, ni puntos, ni comas, ni aire para que nadie respire sino él".

La armazón argumentativa del ensayo es muy fina, pero la sutileza con que se desliza de un paso al siguiente deja al lector impresionado, no convencido. La conclusión final, que es la misma de cada párrafo, subrayada y anotada, es el producto de un debate puramente  ideológico en el cual cada parte se queda con lo suyo, porque la retórica de la persuasión naufraga (repetir una tesis muchas veces no la hace más verdadera sino más exasperada) aunque la coherencia interna del texto sea impecable.

EL GENERAL EN SU LABERINTO

Es Gerald Martin quien sugiere que El general en su laberinto es un libro en el que la figura de Bolívar está inspirada en rasgos de Castro, una síntesis que viene como anillo al dedo a la argumentación central del ensayo de Krauze. Este no la deja caer y vuelve a anudar en el mismo hilo a Bolívar, a Castro y al abuelo:

"Al escribir las últimas páginas de El general en su laberinto, García Márquez había recreado a Bolívar delirando en sueños al recordar su orden de fusilamiento al bravo general Manuel Piar, mulato invencible contra los españoles y héroe de las masas. ‘Fue el acto de poder más feroz de su vida, pero también el más oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó el mando y despejó el camino de su gloria'. Al remate del capítulo, García Márquez pone en la boca de Bolívar las palabras de su abuelo, el coronel Márquez: ‘Volvería a hacerlo'".

Una mención del juicio contra el general Arnaldo Ochoa y los hermanos Antonio (Tony) y Patricio de la Guardia, en Cuba, bajo el cargo de narcotraficantes y traidores a la revolución, entra, en el texto de Krauze, en simbólica conexión con el fusilamiento de Piar y con el asesinato de Medardo a manos del coronel Márquez en el falso duelo. Tony de la Guardia era "protegido" de Fidel y amigo íntimo de García Márquez. El ensayista mexicano entreteje los tres episodios de esta manera:

"Un ciclo muy antiguo de complicidad se cerró con esa ejecución. Había comenzado con una ejecución en el círculo íntimo del niño García Márquez (la cometida por su abuelo contra su amigo y lugarteniente Medardo, hijo de su amante) y terminaba con otra ejecución en su círculo íntimo (la cometida por el comandante en la persona de su amigo Tony, ‘que sembraba el bien'). Así, el escritor que adoptó desde muy joven la ‘moralidad política' de su abuelo, el ‘que con bastante sangre fría antepone la política a la moralidad', el que vio a Castro como la ‘representación de su propio abuelo, el único hombre a quien no podía, no pretendería y ni siquiera querría, vencer', había tenido que probar su teoría en carne propia. Y había aceptado el veredicto del poder".

Este entramado tiene una función muy clara en la argumentación de Krauze: la misión de un escritor como García Márquez consiste en legitimar simbólicamente el poder del tirano, mediante esos lazos que, en una dimensión poética del tiempo, por medio de la imaginación, funden en uno varios hechos reales que ocurrieron en momentos muy lejanos entre sí. La legitimación que da la literatura. Pero el escritor, a su vez necesitado de legitimación, ¿cómo se legitima? El ensayista mexicano no se permite ambigüedades al respecto. García Márquez ha sido, a lo largo de su vida y de su carrera como novelista y periodista, un cómplice de las dictaduras comunistas. Lo que Krauze espera de él es una retractación pública de sus errores y una profesión de fe en la democracia liberal y sus valores morales y políticos correspondientes. Profesión de fe tan debatible como la que adoptó García Márquez en su momento, al adherir a las tesis del socialismo, aunque hoy menos riesgosa, por ser la ortodoxia reinante.

UN MARXISTA LEGENDARIO

Por vía de comparación, podría ser interesante comparar el juicio de Krauze sobre García Márquez con el muy semejante a que somete al gran historiador inglés Eric Hobsbawm. El artículo publicado, igualmente, en Letras Libres, en julio de 2008, fue escrito con ocasión del texto que Hobsbawm leyó como invitado, virtual, a la cátedra inaugural en el Seminario Internacional sobre "América Latina: ¿Integración o fragmentación?"  

Krauze no puede menos que reconocer las altas calidades académicas de Hobsbawm, la altura intelectual de su obra historiográfica e, incluso, las virtudes de su estilo literario. Pero tiene un problema, grave desde la perspectiva del mexicano: es un marxista "orgulloso" de serlo y, lo peor de todo, "impenitente". Igual que en el ensayo sobre García Márquez, aquí se emprende la tarea de encontrar los antecedentes psicológicos e históricos de la enfermedad. Krauze lo hace, con lujo de competencia, en este párrafo:

"Un odio irreductible al nazismo y al fascismo, una prevención no menos marcada contra los fanatismos nacionalistas o étnicos basados en la pasión por la tierra o por la sangre, y una atracción irresistible hacia los sistemas intelectuales que pretenden explicarlo todo a través de leyes científicamente irrecusables. Hobsbawm, en suma, no se hizo marxista por una moda pasajera, un contagio generacional o una mera conveniencia académica. El marxismo para él fue -sigue siendo- su verdad revelada y su tierra prometida".

Krauze intenta una rápida esquematización de los diferentes marxismos, según diferencias nacionales: el ruso es ortodoxo y revolucionario; el latinoamericano, dogmático; el alemán, historicista y hegeliano; el francés, teórico y racionalista, aunque también existencialista y con respetabilidad académica. El inglés es el mejor de todos: empírico, no profético ni revolucionario. De ahí que los marxistas ingleses más connotados no hayan sido filósofos ni guerrilleros sino economistas e historiadores.

Hobsbawm, dice Krauze, "combinó sus afanes intelectuales con una militancia que no se plegó fácilmente a los dictados de Moscú". Sin embargo, "ha recibido críticas acerbas por su fidelidad a la antigua Unión Soviética". Krauze concluye de acuerdo con su correcta ortodoxia: "La opinión liberal es que su credo marxista lo ha llevado muchas veces (yo diría que algunas veces) a distorsionar la realidad para ajustarla a sus esquemas predeterminados. Y Hobsbawm, ésa es la verdad, ha llegado a la fase autocrítica demasiado tarde". Esa misma ortodoxia dictamina: "la sombra (la mancha, debemos decir) de su filiación con ese régimen lo seguirá persiguiendo toda la vida, induciéndolo a caer en salvedades imposibles o contradicciones inadmisibles". Si Krauze no es un idólogo, por lo menos habla y discurre y sentencia como un ideólogo. Y como ideólogo y moralista, se permite consejos como el siguiente:

"Hay otra América Latina: es la América Latina que se ha ido a vivir a Estados Unidos. Se ha escapado de esta realidad anclada en el pasado para irse al futuro. No buscan una utopía o una redención. Sencillamente buscan una vida mejor para sus familias. Esa modestia elemental de sus vidas, la dificultades con las que topan y el éxito que en general consiguen deberían ser el mejor argumento contra quienes piensan que para América Latina hay otra vía distinta que la edificación de una sociedad democrática liberal, obediente de la ley, con economía de mercado y un Estado debidamente vigilado y acotado para servir a los ciudadanos, no para servirse de ellos".

Todo un ideario, en su elegante combinación de simplicidad y dogmatismo, que borra con la izquierda la mitad de la realidad, para resaltar con la derecha la otra mitad.  Un ideario para contraponer a los romanticismos utópicos del comunismo, como el de Hobsbawm, de quien dice Krauze que sigue siendo, en su vejez, "un romántico genuinamente enamorado, desde los años treinta, de la idea universalista del comunismo", "utopía ensangrentada", que "los latinoamericanos del siglo XXI haremos muy bien en esquivar".

  David Jiménez

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